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jueves, 17 de enero de 2013

Fotografía 1

De aquí a lo que venga en el blog algunas postales para compartir

En el bar ‘La Urbana’, al llegar a una esquina pereirana llamada ‘Sexta con 22’, y sentir bajo los pies el crujir cinematográfico de los escalones gastados, entrada a casona que se antoja inglesa (aunque no lo sea ni parezca), me despego del aliento innato del nevado recorriendo aquella calle estrecha y recta, contenida en Transporte Masivo, focos de luz sueltos y fiesta.
En su interior, doblo hacia la derecha y paso la biblioteca de nuestras presunciones mínimas y decoración al azar. Llego a la sala con mesas de cantina y un sofá perpetuo. El suelo de madera suena con el tono de las escaleras. Bajo su añejamiento vive un hombre solitario, dueño de un tanque de gas que deja un hilo de olor en el bar al filtrarse por las hendiduras del piso. Los rayos de sol cruzan las ventanas, caen sobre las paredes del interior y parecen abrir portales. Hay unas cuantas fotografías de gente  gustosa de jugar con las palabras. Hay carteles para significar ‘La Urbana’, hay un Chaplin de maqueta gracias a Molina y hecho por Carlos.

Se me antoja una tarde en el bar; en el inicio del devenir entre cervezas, café y charlas de comensales. Fifo inventa con las botellas de licores y presume piruetas en la coctelera detrás de la barra. El Paisa asoma una bienvenida en hipo cuando ejerzo la alegría rutinaria: saludo, paso la puertita de la barra y llego al corredor que desemboca en la cocina, con sus paredes de acrílico blanco y frío enterrado. Encuentro a Molina y Miguel habituados a mirar sin decir nada en la llamada “Oficina”, de mesa maderera improvisada y proyectos de mercadeo e investigación de la revista apilados en una esquina, cerca de las cajas de Costeña y el contenedor de hielo. Hay una hamaca donde Mariel duerme. Detrás suyo, en la última pared, antes del patio con su botadero de proyectores de cinema, está la fotografía, el génesis de un viaje como imagen mía en el bar ‘La Urbana’, nuestra memoria de lenguaje, está allí, es una mirada lejana de tonos grises del Zócalo de Ciudad de México obsequiada por Luisa, quien la trajo en forma de afiche sin hablar de anhelos. Es un agujero por donde viajo para caer sobre sus plataformas labradas en huelgas y festivales, y hallo un color de antaño, y me asombro al cruzar con María la calle 'Tres de Febrero' cuando veo abrirse el ombligo de la luna con su bandera orgullosa. Imagino que allá en Pereira aún cruzamos los recuerdos.