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viernes, 31 de enero de 2014

Protocolo familiar

La noticia llegó por teléfono celular. La recibió como se recibe un aviso sobre cambio de horario en el trabajo o información acerca del contenido de un examen. Solo era un informe familiar comunicado algo tarde.
Había dejado su libro de estudio para atender la llamada e intercambiar cuatro o cinco frases antes de tocar el tema central. Cuando debía decir “Gracias” lo decía, y tal vez “Salud” al oír un estornudo. Sintió una emoción leve al escuchar la voz de su madre, pero ya era un estímulo lejano, ausente de sus portarretratos; y a la mujer sobre la cual conversaban, esa de una comida en alguna noche de diciembre, pudo nombrarla al identificar su clasificación dentro del árbol genealógico.
Agradeció el aviso al terminar la llamada. Colgó. Volvió a su libro de estudio y recordó una fotografía de la abuela perdida en algún lugar de su cuarto. Pensó que unas flores serían lo mejor para terminar el protocolo familiar. Las compraría después del examen y de cobrar en su trabajo nocturno.


jueves, 9 de enero de 2014

Queda algo de carne en el congelador

¡Qué poca cordura! Les he dicho a mis hijos: la carne no es para dejarla fuera del congelador; tampoco debemos quitarle la sal ahora que se acaba. Es el último gesto de amor de su padre, un esfuerzo final por darnos algo en estos tiempos difíciles, sin trabajo, sin dinero, intentando continuar en un lugar donde ya no hay camino. Una pared se levanta y eso llamado vida, ese sudor obligado, no sabe de muros o de cosas pesadas. Mis hijos son pequeños durmientes en busca de alimento, y yo acabé con las historias o los juegos para olvidar sus dolores. No encuentro la manera de hablarles sobre el amor de su padre, quien debió estar dentro de nosotros si queríamos comer. A cada uno le tocará seguir su ejemplo, pronto será mi turno, y la mayor seguirá buscando un hueco en esa pared. Le he dicho todo. Ha comprendido la necesidad de su participación. Prometió hacerlo cuando llegue el momento y sea ella la responsable de sus hermanos. Ojalá no pase, ojalá un dios me escuchara, ojalá… Pero tienen que vivir y alimentar al menor, como supadre lo hizo, como yo lo haré al terminarnos la carne guardada en el congelador.