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viernes, 7 de marzo de 2014

Cónica sobre Charlot

Charlot, presiento, quiere bajar de la pared. Lo hemos colgado para ostentarlo. Quien entra al bar y busca una mesa puede verlo. Es imposible pasarlo por alto, olvidar su sombrero diminuto y el bigote trémulo. Luego recordar, porque recordamos a Charlot, su bastón malabarista y los zapaticos de baile. Él, destinado a los aplausos en cualquier lugar, en su siempre tiempo en grises, con su tamaño de niño y mirada de olvido, intenta algo de vida en el bar cuando los primeros clientes lo suponen en silencio y buscan saludarlo al acercase. Observan, esperan, anhelan.
No sé definir esa promesa existente en su figura, a Fifo y Miguel les pasará igual. Sé que también indagan detenidamente sus pies, sus manos, lo hacemos de reojo al pasar cerca de él mientras llevamos un pedido de café. Los comensales alzan sus cejas si los topamos en el camino, no para reclamar la orden de bebidas atrasadas, sino para conocer la posibilidad de verlo en nuestra mirada; nos asimilan en su momento fantástico y abren sus manos en un "ojalá pueda ser" que seguro compartimos.
Llega la noche y Charlot se pierde entre la multitud. A veces una mujer se acerca y toca su bastón, sus hombros, su rostro de fotografía. Piensa en el swing saliente de las bocinas y lo observa saltar de mesa a mesa con un baile tap. Nosotros lo dejamos descolgarse y caminar hacia la barra, señalar un vaso y atreverse a abrir la llave del lavaplatos. Aunque Molina es quien hace presencia (tal vez acompañado de Carlos. Extraño, porque Carlos hizo a Charlot y Molina lo trajo al bar) y busca lugar en la barra sin olvidar tomar una Póker escondida en el refrigerador. Suena el "pop" fresco y vacío de la tapa volando cuando Molina se dedica a la cerveza. La sostiene, la sopesa, hace una mueca y bebe lento. Espera gastar el tiempo hasta la hora de cierre.
Poco a poco los altivos cafelómanos o etílicos nocturnos buscan la salida del bar. Y como en iglesia frente a Cristo redentor, antes de pisar calle, voltean para dar la última mirada a Charlot. Algunos aprietan sus manos con fervor y las sumen, bueno, eso parece, en el pecho. Pero al no encontrar reacción ante sus súplicas se encogen de hombros y bajan la cabeza. Nos miran también, nos miran con odio pequeño, esperan una respuesta. Sólo Miguel intenta tranquilizarlos, se encoge también de hombros. Entonces comprenden: ese día no será, y se marchan apresurados por la imagen de Fifo recostado contra la puerta de la entrada. Al sabernos solos  abrimos seis cervezas pues el Paisa caerá con el otro Carlos. Esa noche estamos rendidos.

Allí sigue Charlot, y Molina da el primer sorbo, Observa de reojo la figura colgada en la pared y mueve su cabeza igual a un medium frente la incertidumbre de quienes aún no comprenden.