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lunes, 30 de junio de 2014

Rutina en los bancos

No llegar a tiempo al banco es una obsesión. Debía pagar la deuda hipotecaria y faltaba poco para la hora de cierre. Por las calles, corriendo como si escapara de una maldición, ya imaginaba al pelotero de gente en la fila y estallando en ira contra el cajero, el portero, la casi modelo de atención a clientes y la gerente bancaria con su café en mano. "Que güevonada " pensó y se imaginó también entre alegatos, apresurando a la ancianita del frente que pagaba una deuda de las prestaciones de salud con monedas de baja denominación (EPS y ancianita en un banco: clásicas del tedio en Colombia). Cuando llegó la puerta estaba cerrada. Lo recibió la cara de mala leche del portero. "No pasa joven, ya son la cuatro de la tarde ¡madrugue!".
Quiso resignarse y salió a empujones de la muchedumbre tardía, formada frente al portón: pedía, imprecaba y suplicaba al guardián un chance para pasar. Y aunque no había duda en la resistencia sólida, la presión no tuvo escrúpulos y en una desbandada, concierto gratis de emisora popular, los morosos se abrieron paso entre apretujones y manotazos, eliminaron la autoridad. "Ya pase" le dijo el portero sin importarle nada.
No lo pensó dos veces y corrió hacia las cajas mientras el desazón le empezaba a llegar, junto al calor de la tarde, la gastritis frenética y la fiesta de insultos en una fila que no dejaba de crecer en tamaño como el paseo familiar financiado por la empresa donde labora su padre. No podía hacer el trámite otro día. Tomó su lugar, el último, e imaginó una recompensa ante la espera tortuosa, algún descuento sorpresa o la suspensión de los intereses. Si no era así, por lo menos tener la posibilidad de ser atendido por la linda cajera de la semana anterior. EL recuerdo de su guño de ojo y el tuteo eran suficientes.
“¿Me cuida el lugar por favor? No se cole, respete  Por eso estamos como estamos Me faltaron unos papeles y me va tocar mamarme de nuevo esta cola”. Palabras comunes en un lugar común. Ni siquiera el mural de Lucy Tejada en frente podía salvar la alegría en un ahogo de papeles y héroes de la patria quizá falsificados.
"Señor Vargas ¿Viene por lo de la hipoteca?" Le dijo alguien de corbata y zapatos lustrísimos. "Bueno. Le tenemos un lugar especial para que pague". Brisa refrescante, pintadito con pandebono esquinero, tarde sin preocupaciones para ver el cotejito futbolero de taxistas rodillones en el parque Gaitán. Ahora dejaba el fracaso, el sudor, el asma de la burocracia e iba caminando detrás del hombre del llamado a los más nobles, hacia su reconocimiento y victoria.

Por primera vez agradeció en un banco. Sintió alivio al contar diez personas en espera antes que él. Los de la serpiente de deudas y dinero le miraban con odio sincero. Suspiró, detalló a sus compañeros de fila, alegres y exitosos. Sostuvo con ellos comentarios sobre el buen clima del día, aconsejó playas vírgenes para celebraciones de bodas de plata, memorizó alguna serie recomendada alojada en Internet, rio con cierto cretino y su canita al aire. Vio al cajero de buen semblante, de camisa blanca, cabello engominado, certero, recibiendo el dinero con una sonrisa de dientes perfectos. Vio a la señora de los tintos ofrecerle un vaso con agua o un café cargado. Faltaban pocos, tres a lo mucho. Vio billetes nuevos y seguros de un capital, vio sonrisas, ojos, conteos, dedos índices mojados con saliva para hojear papeles... Pero algo penetró en él y olvidó contestarle al compañero de fila quien le preguntaba si Colombia pasaría a cuartos de final. No supo organizar el dinero, ni tener listos los recibos mientras se anunciaba su turno. Su cuerpo no respondió, parecía cargar un error del día, una prisión del destino. Sólo suspiró y lo supo: la gastritis y los malos pensamientos volverían cuando dejara al hombre del 5 - 0 a favor de Colombia con la palabra extendida y tomara el último lugar en la antigua fila, en su ecosistema real, en las crecientes mentadas de madre aseguradas por casi dos horas hasta ser atendido.

miércoles, 4 de junio de 2014

“Pásele, pásele a los tacos”



.Los tacos no son premeditados. No se presentan como antesala o reflexión gastronómica a la hora de posibilidades alimenticias, según las normas del mediodía y de la noche. Fíjese en la orden de cinco al pastor, en la mano temblorosa del comensal a su lado que admite las ansias de un campechano sin reproches de salsa verde y una posible gastritis. Lea el júbilo de comida de mamá, cerveza bajo el sol o arepa con queso en una mañana sabatina. Lea esos ojos incitadores de algo más que un gusto; relegan el hecho básico del hambre para reinventar un instante feliz, quizá de cinco o diez minutos, cuando usted se acerca a un puesto cualquiera donde el olor es genuino y el hombre del delantal grasoso saca de la paila un pedazo de longaniza y otro de suadero. Con un cuchillo de asesino en busca de fiestas precoces, corta la carne en pliegos sobre un tronco de madera, mientras las tortillas miniatura se calientan y hay tiempo de envolverse en la fritanga: dejar la ciudad a un lado, la ciudad donde en cada esquina unas lucecitas brillan y retienen a la gente en casetas blancas, “Pásele joven”.
“¿Con todo güerito?”, le dice el elocuente hombre del delantal. En una taquería siempre hay “güeritos” y nadie deja la juventud. Y el “todo” son pedazos de cilantro y cebolla (a veces piña) sobre la longaniza o el suadero envuelto en dos tortillas. Pastor, cabeza, ojos, lengua, nada se desperdicia. Pide una orden de más de dos o cinco tacos y admire de nuevo el arte de su preparación, el humo saliendo de la paila y la mano que le extiende el plato de plástico con su otra tanda. Aprenda a agarrar el taco y a morder de uno de sus extremos, por el otro ve caer al plato el envuelto líquido de la fritura. Quizá piense en una sangría o un jugo de frutas, esos niveles “extremos” de azúcar que reprime la Secretaría de Salud Federal.
El hombre de corbata, el jornalero de mochila, el bolero de la plaza, la mujer de ropa deportiva, la pareja de jóvenes borrachos, el extranjero, el campesino, el Jefe de Gobierno, el dueño de la telefonía. Nadie come sentado. Nadie suspira por sus tacos en una mesa, con reservación previa. Es una comunión, un gozo inicial del maíz y en el cual hay un pacto no mencionado.
Esa reunión improvisada alrededor de la caseta, donde hay un club de bocas ardiendo por el picante de las salsas; esa orden de tres a quince pesos dependiendo de la proveniencia de la carne, esa noche en la cual las luces esquineras llaman a calmar sus inquietudes comilonas, esa involuntaria búsqueda de una felicidad fijada en la taquería cerca de su trabajo o casa, no permite la soledad. Usted reconoce su hermandad con todo ser humano y el futuro promisorio que lo agita pareciera una epifanía sobre dos tortillas doradas, su altar más terrenal. “Pásele, pásele joven”.