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viernes, 25 de julio de 2014

Palmillas

Piso el suelo de Palmillas. El viento tiene algo de polvo y abandono. He bajado del autobús. Hay un preámbulo de calor. Una corriente tibia y lenta pasa como agonía. He bajado en medio de la autopista con sus autos sin espera. Es directa, nada la detiene, ni el paisaje de caña y campesinos recostados en sus sillones o alguna tienda despreocupada al borde de la carretera con promesa de cerveza y Coca-Cola.
Si hubiera seguido el viaje tendría un inicio de mar. Me recibiría una cabeza olmeca y podría divisar el horizonte desde la playa. Imaginaría a Cortés acercándose con su cruz. Cantaría el recuerdo de Agustín Lara sin ritmo ni memoria, pero reconociendo que Veracruz me llevaría a una noche en otra ciudad amurallada, donde sólo una vez he estado y junto a quienes llamo Daniel y Mayra escuché vallenatos destinados a un panameño y una canadiense. Un amor de besos y viajes frente al reflejo de la luna en el Caribe.
Pero piso el suelo de Palmillas mientras el hombre frente al volante me da instrucciones sobre cómo volver a Córdoba, la ciudad donde está la sala de redacción del Diario El Mundo. Aunque las indicaciones reafirman el sentido paternal de los mexicanos. Ellos pueden echar su vida al olvido con tal de ayudar si hay un “gracias” al final. Una palabra que para otros es mera cortesía, en la paciencia del conductor por oírla es un objetivo de cordialidad cumplida. Volver es fácil. Se debe cruzar la autopista y esperar el arribo de otro bus en dirección contraria. No es necesario el señalamiento de cartógrafo. Sin embargo es importante decirle “Gracias”.
La vía me recuerda a Guayabal-Armero, mi pueblo colombiano en plena transición carretera de ciudad a ciudad. Veo a un anciano de piel quemada y alpargatas recostado en el portal de una casa. Pregunto por la carrera de caballos de la feria de Palmillas. Son casi la una de la tarde y los sombreros parecen ser el símbolo patrio de este pedazo del municipio de Yanga “El primer pueblo libre de América”, dice sus carteles turísticos, una comunidad ejido gracias a las reformas agrarias y los juegos de poder de la Revolución Mexicana. “Tierra y libertad” es la memoria moldeada con artificios políticos en la imagen del revolucionario de bigote envidiable Emiliano Zapata. Una herencia artificial posible de leer en las paredes de la sede de cualquier sociedad de campesinos en Veracruz.
Dentro de un murmullo el anciano señala una calle estrecha, lleva directo a la plaza central. Siento a cada paso como se derrite la suela de mis botas. Por mi espalda baja una gota de sudor. Necesito sombra y cerveza. En la primera tienda que veo una jarocha duda de mi acento y reconoce mi origen cafetalero, pero de Veracruz. Mientras tomo una ´Victoria´ y pienso en una ´Póker´, recorro con la mirada la forma del pueblo, una especie de urbanización olvidada, una inversión cancelada por aburrimiento. Palmillas tendrá la figura de un círculo, sus calles, de asfalto gastado y montículos de tierra en los costados, siempre llevan hacia la plaza, el lugar donde es necesario ir si se quiere tomar otro rumbo.
Llego al ombligo de Palmillas. Para estar en tiempos de feria hay silencio. Entro en una iglesia pues es el lugar menos caliente. Pregunto por el sacerdote. “Descansa”, me dice una señora que limpia los pies de los santos en sus pedestales. Le pregunto entonces por el ejidatario y me hace esperar mientras lo buscan en su rancho. La mujer envía a un niño con cuerpo de garza que al correr podría ser alejado del suelo sí asomara un viento descorazonado.
Mientras aguardo en la plaza recorro los juegos mecánicos. Al mediodía están en la soledad de algo infértil y en sus sombras proyectadas yacen los operadores, comen tacos placeros y toman cerveza o Coca-Cola. Pareciera como si el ruido se desvaneciera y en cambio un régimen de sopor intaurará la lógica. Los movimientos son lentos en las pocas personas alrededor y hasta los papeles de colores, amarrados a los metales vencidos de la rueda y los carritos chocones, dan la sensación de algo pesado, insoportable para la vista.
Sin otra idea de cómo esperar al ejidatario decido subir al quiosco de la plaza. Subo por una escalera tambaleante a esa atalaya sin paredes. En su base, recostados contra sus columnas, charlan algunos ancianos, comentan la carrera de caballos. Vendrán los “más chingones” de  otras comunidades, dicen, hasta de la sierra. Desde lo alto la perspectiva del pueblo cambia. Encuentro en sus casas y habitantes algo de refugio; la tranquilidad de un orbe que olvida el resto al ser olvidado. Observo un salón comunal cerca a la calle por donde llegué a la plaza y veo en su patio a un grupo de activistas políticos del Partido Revolucionario Institucional. Traen pancartas, el estandarte rojo, la música de cumbia y banda, la primera bulla del día.

Manu, mi editor, un español muy latinoamericano, me recuerda no prestar atención a cualquier actividad panfletaria, menos si son de los partidos grandes de México. Doy la espalda y, entonces, veo la postal, las dos tiendas de sorpresas bajo sendos árboles que despuntan en un amarillo y verde difícil de evadir. Buscan ampliarse, inflar sus cuerpos de madera. Están unidos al quiosco por una serie de papeles de colores, un recuerdo de mejor tiempo. En ese momento Palmillas no es un simple gasto de lo normal en un día caluroso de fin de semana. Allí hay otro lugar, un mensaje, una suerte de susurro o guiño capcioso,  el poder engañar al reflejo y divisar el fondo en el espejo. Algo no definido completamente y es su tranquilidad mantenerse así, atento a cualquier asombro para dejarse habitar por un instante y ser un lenguaje hallado en la búsqueda de casualidades. Poco dura lo que intento describir. Me quedo con su memoria, mi manera de retenerlo. Bajo del quiosco. Un hombre junto a un niño me saluda desde una esquina. Un anciano confirma la llegada del ejidatario.