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sábado, 21 de mayo de 2016

Enanitos

Antes de dar vuelta a la llave, intento observar el interior de mi apartamento a través del ojo de cristal de la puerta. No me hablen de un esfuerzo inútil. Conozco las críticas, malditos apologistas de enchapes y seguridad en hogares. Acepto mi rebeldía contra las prácticas habituales de esa mirilla agradecida por nuestro “yo” egoísta, sobre todo el fin de semana, cuando llegan amigos anhelantes de ejercicio o hay alguna deuda pendiente con el casero. Sí, es utilizar un telescopio al revés, acercar un ojo, el más apreciado (yo utilizo el izquierdo) al lente desde el cual nos llega una constelación o aquella habitación de una unidad residencial vecina. Pero no importa, tengo mis razones, y mis razones son los enanitos. Ellos hacen de mi hogar el suyo.
No son enanos, son más pequeños. No son gnomos, duendes o duendecillos, no hay una pregunta relacionada con ollas de oro y tipos de barba roja; y a pesar de tener el tamaño de los duendecillos, parecen reprochar los atuendos bucólicos y las posibilidades del extranjerismo. Así, en Bogotá, son enanitos, y poco o nada les agrada cosa alguna. Son hombres y mujeres del tamaño de un pulgar en busca de alegatos que, al juntarse, forman un sonido, una vibración para el oído humano definida dentro del murmullo. Como yo, usted, quien lee esta fábula, lo reconoce: el temor hacia lo desconocido nos impone ciertas anormalidades. Un ejemplo claro es el cruzar una calle en la noche, con poca iluminación pública. Ahí están los murmullos a sus espaldas, encorvados en un poste de luz o pegados a una pared. La imaginación vuela. Piensa en una abducción, la lucecita cayendo del cielo, o en el encuentro con una horda de zombies, ahora las películas de terror gringas han relegado tanto gremlin y creater, anhelante de morder su cuerpo y, de paso (supone usted al vivir en una ciudad colombiana) interesada en el poco dinero atesorado en su billetera hasta sentir el alivio del próximo pago.
Quizá decida erradicar las empanadas y el chocolate de su alimentación nocturna ante la aparición de los murmullos. También querrá hacer ejercicio y dormir más de nueve horas. No lo haga, no hay fantasmas o malos hábitos, son los enanitos, lo escribo en piedra. Soy una experta en sus formas de comunicación, sus vocecitas reunidas me persiguen desde épocas universitarias. Es un sonido difícil de comprender, escondido, tienen un tono de voz agudo, sólo al acumularse se escucha, pues sufren de enojo constante, ya lo dije. La gritería es la base de su convivencia.
No los vemos, lógico. Qué individuo con una estatura de tres centímetros se deja ver. Sin embargo, conocemos su existencia. La documentación en libros y videos es basta. También estamos enterados de sus padecimientos cleptómanos. En mi casa se pierden las cosas. Mis familiares y amigos señalan, con alguna irritación aparente cuando me piden devolver un libro o un disco prestado, rasgos de la amnesia. No es cierto, soy la persona más memoriosa de este país, soy periodista, cómo no serlo. Yo los dejo hablar. Ellos saben la causa del embolate, ellos también, en algún momento, han dejado algo en cierto lugar y al buscarlo no lo encuentran. El problema es que estos enanitos son enanitos citadinos. En su comunidad habrá algunos malandrines, integrantes de un cartel de amigos del griterío y los objetos gigantes. No hay otra manera de explicar las desapariciones.
He llevado una investigación: registro con fotografías y audios la existencia de estos seres evasivos. En nuestra sociedad evitamos nombrar al miedo. Todo lo ocultamos bajo las caras de extrañamiento, palmaditas en los hombros y una sonrisa entre burla y admiración. Ahora, lanzo una hipótesis: los murmullos crecen no delante, sino detrás de nosotros. A veces, en el trabajo, o en una reunión de amigos, al finalizar un diálogo, ya sea por mi labor editorial, obligada a revisar comas (o porque alguien no deja correr mi lista de reproducción de El General o Vanilla Ice), y dar la espalda, escucho los murmullos. Lo sé. Ahí aparecen: un grupo de enanitos se organiza. A veces me entra la duda, error imperdonable, y volteo y detallo a las personas que dejé atrás, están calladas y me sonríen. Una no puede considerar situaciones de complot, es una influencia originada en las telenovelas.
Por eso intento observar el interior del apartamento. Desde adentro me llegan sonidos, hacen eco de mis palabras y entonces veo manchas grises, corren de un lado a otro y tumban lámparas u olvidan plumas debajo de las sillas. Las veo trepar en la biblioteca e intentar tomar algún libro ¡Quién me puede explicar las anomalías sin los enanitos!, incluso persisten cuando desaparecen de mi vista, del visor de la mirilla, y siento un golpe en la puerta. Me sobresalto, y con cuidado de no hacer ruido, doy vuelta a la llave de un tirón.
Pero no están. ¡Usted lo sabía!, maldito lector-oráculo parecido a mis compañeros de trabajo, malditos entes de ortografía fatal, a ellos sí se les pierden las comas y no necesitan la ayuda de ladronzuelos diminutos. Aunque quien haya seguido esta confesión de manera fiel, nada supuso del ánimo inquietante en mi hogar, de migajas de Chocoramo en el comedor y una nota sobre la biblioteca, con muy bonita caligrafía y rigurosas comas y diversas palabrotas, donde se me intenta disuadir de continuar la investigación sobre los enanitos en la vida bogotana de taxis y corbatas y bares. ¡Ah!, y según la posdata, me repondrán los Chocoramos cuando muestre evidencias de haber acatado el consejo.
La ventana de mi habitación está abierta, de par en par. La había cerrado en la madrugada, eso creo.