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martes, 14 de febrero de 2017

Fronteras

Salgo al corredor para conectarme a la red. Tengo una mesa plegable y una silla de plástico. Puedo acomodarme sin ninguna dolencia de rodillas y no imagino el encierro dentro de una caja de fósforos. Me refugio en un pasillo con el hancho y el largo de dos jockeys acostados, uno al lado del otro; es la frontera entre mi departamento y el de Fredy, el peruano que llegó al periódico como editor en jefe de la Local. Conmigo se la lleva bien porque le he pasado algunos temas vallenatos y La pipa de la paz de los Atercio. Soy su vecino, claro, la cordialidad sudamericana impera.

Fredy dice “¡Pucha, Tavo!” cuando me ve en el corredor en la madrugada, pues estoy sentado frente a mi computadora y él no espera toparse con alguien despierto al subir las escaleras y abrir la puerta de su departamento. Yo saco mi silla y mesa, enciendo el primer Camel y entro en la red. La señal en mi habitación es nula. Cómo no sentir ese impacto de lo inesperado al encontrar el rostro de un muchacho tergiversado por la insípida luz de la pantalla y la nicotina. Mi vecino llega con una carga de nombres y voces que se olvidarán porque alguien obliga a hacerlo. No quiere pensar en tipos desvelados y entregados a ese mundo en el cual el peso de la saliva en la boca o de la tierra en las uñas resulta un simple juego virtual.


“Qué pasó, parce”, le digo sin apartar la mirada de una serie de videos de personas maniatadas y pixeladas. Me quito los audífonos, claro. “Nada, Tavo, nada pasa cuando lo ordenan. Tu qué ves ¿Algo interesante?”, “Nada, siempre es el mismo contenido exagerado”, aclaro y dejo salir el humo de mi boca mientras Fredy enciende el cigarrillo que le entrego, le da una chupada y lo avienta por las escaleras. “Ya va a salir el sol”, dice al revisar el adorno de su llavero con el logotipo del periódico y escrudriñar su reloj de mano, “Ya es hora de dormir, Hoy la chamba estará cabrona”, “Si, parce, ya me voy a desconectar”. Pero yo no aviento el último Camel a medio fumar: lo apago en un borde de la mesa y lo guardo en la cajetilla.

miércoles, 21 de diciembre de 2016

Manifiesto espejográfico

Hay una literatura dedicada a los espejos. Es posible hallarla entre historias de ficción y otras también reales. Hemos impulsado una profesión necesaria ante la búsqueda de aquellas evidencias imprescindibles de los dobles, los fantasmas, los narcisos y los vórtices. El espejólogo renueva las indagaciones archivísticas y las precauciones supersticiosas cuando se habla de siete años de mala suerte. Es un voraz investigador de las ocurrencias reflejadas en los camerinos o en los laberintos de las ferias dominicales.

Reducir a contextos míticos o a la clandestinidad de las sectas el origen de un espejólogo, equivale a saturar de fantasía su formación. Tampoco se puede definir dentro de una vertiente etnográfica de baños públicos o peluquerías. Hay un término medio, y quien dedique el timbre de su voz y la tinta de su pluma a un oficio manoseado sin rigor por la comunidad científica, los metafísicos, el cine de terror y algunos lectores de Carrol y Borges, reconocerán la importancia analítica tanto del pavor del vampiro al no ver su imagen, como de la obsesión humana por escribir mensajes de venganza o de amor sobre los espejos.


¿De qué manera se ha utilizado ese objeto hecho de metal, mercurio o agua?, aquí la pregunta agitadora en los estudios espejográficos. Los físicos reclamarán la paternidad del oficio, alegarán manías de la reflexión de la luz. Los poetas no cederán terreno, rememorarán la muerte de la gorgona para argumentar un punto de partida. Incluso ese meticuloso y alérgico clan llamado Boy Scout tomará protesta y vindicará la supervivencia en bosques. Pero esos debates son nulos, y poco importa una validación en otras áreas del conocimiento. El simple hecho de descifrar las palabras escritas con un dedo sobre un espejo empañado en una tarde fría, alimenta cualquier inquietud indagada en novelas barrocas o estudios de la Posguerra. Alguien pega adhesivos o cartas en los bordes de la superficie donde cada mañana escudriña sus ojeras. Alguien observa sus arrugas cuando cepilla los dientes y descubre, quizá descubre, una sombra detrás de su figura ¿Quién grita al estar frente un espejo? Yo o mi reflejo ¿Quién es el mudo? Los espejólogos queremos descubrir la respuesta. No hacemos el objeto, preguntamos quién lo inventó.

lunes, 21 de noviembre de 2016

Teoría de la fila

¿Esta es una fila, caballero? ¡Oiga!, si le comentara los errores cometidos por olvidar la duda. Los ojos engañan, y podríamos estar ante un error. No es fatalismo inquirir, quitar el velo del rostro de tanto ente citadino. Usted y yo lo haremos ahora, ponga atención:

Las personas se ordenan una tras otra hasta dar la impresión de esperar algo, es un efecto de la ley general de la paciencia y los menesteres burocráticos. Cuando observamos esa rutina en una estación de bus o una dependencia bancaria, ejercitamos la suma de unidades y contamos cabezas; aunque, ¿por qué no pies o brazos? Para nada incomoda la pregunta. Un par de extremidades hacen parte de un cuerpo, lo debe reconocer, y el resultado tendrá un valor real con el movimiento de nuestros dedos índices al señalar a cada integrante de una fila y dibujar entre sus frentes los nacientes arcos imaginarios. Son los saltos de gran cresta, así lo he nombrado, se llama conceptualizar, atrapar la realidad en unas pocas palabras con la intención de reclamar encomillados y bibliografía en libros académicos.

Tómese su tiempo, piense mi argumento, nada de rechiflas y alegatos por la demora. Abrirán pronto la puerta, debemos creerlo. Si no, cuál es la razón de yo verle su espalda y usted ver la de la persona en frente suyo. Es imposible el engaño. La fila se hizo dentro de la espera. Vea la división internacional de los ritos baristas. Hay una fila para pedir cerveza, hay otra para el orinal. Las dos son paciencia y menesteres burocráticos. Pero ahora yo soy el último y usted, el penúltimo. Somos el final, no el principio ¿Y cuándo integramos el final, cuándo? En esta teoría puedo citarme: “..al haber menos de diez cabezas detrás de quien cuenta, o menos de veinte manos si corresponden con la simetría de extremidades de cada cuerpo”. Dirá usted que es insano. No lo veo así. De diez en diez argumentamos los beneficios.

Ser miope, o tener queratocono y lentes con una muestra geométrica de los rayones, ayudará a reconocer el punto de inicio del final. Caballero, no me mire así. Es pura lógica visual. Ver nítida la puerta significa ser parte del principio. Lo contrario resuelve el problema: no estoy en el principio porque veo borroso y hay una cantidad considerable de personas delante mío que poco a poco se acercan al número uno. Perderé la silueta de sus espaldas después del diez, nada para alarmarse, así sabremos el inicio de la sección de la fila cuya identidad nos define.


Sabe, son problemas relacionados con el tiempo. No se ponga metafísico, exigirán. Craso error. Si yo me hubiera levantado temprano no estaría en el final. Y aun con ese remordimiento, tanto el último y el primero esperan lo mismo y siguen de pie en orden similar. Bueno, el primero será el primero en entrar por la puerta y será el primero en salir. Yo, usted, el siguiente compañero, también entraremos y saldremos, demoraremos en llegar, aunque ya está asegurada la cruzada de la puerta. Entonces me cito: “el tiempo gastado es el mismo”. Reflexione conmigo: el primero se levantó temprano; nosotros, no creo. Él, o el segundo, o el tercero, los veo borrosos, llevan una cantidad de horas en espera antes de nosotros preguntar la razón de la fila y hacerla. Eso permite igualarlos en cuestión temporal. Y adentro los minutos se cuentan como afuera, ¡lo dejo grabado en piedra y escupo para arriba y no me cae en la cara! No le veamos cuatro patas al gato, podemos contar de par en par y dividirlo por cabeza, nos dará el número ¡Caray! y si pensamos en una hilera, cómo podemos definirla. Imagine no más, para crear hileras debemos llevar mochilas de campamento o lentes playeros, pagar un café o aguardar el turno en los juegos mecánicos. ¡Oiga!, y si es una cola y no una fila ¿cuando la puerta se abra nos darán un número de llamado? Ojalá sea de una cifra.  

lunes, 31 de octubre de 2016

Por favor, lea las indicaciones

La nota sobre la pared decía: Espere aquí, abriremos pronto. Quien la leyó esperó. Debió recostarse contra el muro y prender un cigarrillo para poder suspirar y mirar el reloj de mano. En casa comprenderían el retraso. Nada más urgente había en el día aparte de esas dos oraciones en letra cursiva y separadas por una coma.

jueves, 22 de septiembre de 2016

Sobre tildes que desaparecen en la gastronomía


Existe una palabra campesina con tilde sureña, una palabra que en el norte pierde ese pequeño hipo lineal y deja el arrebato fonético de las esdrújulas. Ya no es arepa ni patacón, ya no es huevo frito con yema explosiva ni aguapanela o jugo de maracuyá. Quién pedirá una cazuela montañera donde el arroz sea un deber estético, una lengua hecha agua, la sal en una caída sin cordura.


En el inicio del sur la palabra se pide espesa, prevalece como aroma festivo en medio de la jornada laboral, vaticina el chocolate junto al calentado en la mañana. En los fogones cercanos al Trópico de Cáncer, su pronunciación alimenta la gramática de las graves; es tortilla, sope, gordita y tlayuda. Está en medio del maíz, sobre el maíz. Provoca las ansias en los puestos ambulantes o en las casas al desayuno. Viene el bistec, las cebollitas y el queso panela u oaxaca, vienen las salsas de chile y el ardor apaciguado por un agua de jamaica; viene, también, el aguacate, pero el aguacate cruza fronteras sin inquietudes de tildes o acentos, y en ninguna latitud surge la discordia ante el instante pacífico de tal elogio común.

miércoles, 29 de junio de 2016

Biblioteca Municipal

Los pasillos de la Biblioteca Municipal fueron recorridos por personas en busca de libros. Me parece absurdo disfrutar de un lugar donde repiten las letras, las palabras y hasta las aflicciones. Sólo hay confianza por preguntas y nombres muertos.

Fui su visitante accidental. No diré cómo llegué a ese lugar de un tiempo frívolo, pero al deambular entre las salas de lectura y las colecciones (“Sala de lectura Vidales”, “Sala de lectura Tejada”, “Colección Chicana”, “Colección Poesía Cósmica”) encontré una similitud con los recuerdos de los abuelos donde existía el polvo y los anaqueles. Tomé un libro de fotografía, uno de “Históricas Teleológicas” y me senté en la mesa con iluminaria oxidada.

Observé las primeras imágenes. Identifiqué ciertos lugares de la ciudad. En ninguno asomaba una fuga de color aparte del gris, estética apropiada para un modelo absurdo y ya destruido. Aunque es un exceso arquitectónico, la biblioteca resultó menos molesta de lo mencionado en las clases de ‘Autoestima’. Así que decidí quedarme hasta revisar algunos apartados del libro sobre la guerra civil, el asesinato de los tres mil empleados bananeros, la muerte del Caudillo, La Contra-revolución, las tomas y las retomas, la violencia de los colores y las bombas lanzadas a los edificios por motociclistas jóvenes. Al final había un capítulo, ‘Perspectivas’. Detallé un dibujo con anotaciones sobre la ciudad en un futuro, mi presente, el futuro de los cadáveres. Nada anormal encontré, eran posibilidades de un proyecto masivo. Aunque lo sabemos: es nula la relación con nuestra realidad. La sociedad anterior basó sus rituales informáticos en este monumento al tugurio, al desborde, al basural. Y ese trabajo fotográfico pertenecía a otra colección, no a la de  “Históricas Teleleológicas”, pertenecía, no tengo duda, a los ejemplares de “Horror Cósmico”. Ahí lo dejé.

sábado, 21 de mayo de 2016

Enanitos

Antes de dar vuelta a la llave, intento observar el interior de mi apartamento por el ojo de cristal de la puerta. No me hablen de un esfuerzo inútil. Conozco las críticas, malditos apologistas de enchapes y seguridad en hogares. Acepto mi rebeldía con las prácticas habituales de esa mirilla que agradece nuestro “yo” egoísta, sobre todo el fin de semana, cuando llegan amigos anhelantes de ejercicio o hay alguna deuda pendiente con el casero. Sí, es como utilizar un telescopio al revés, acercando un ojo, el más apreciado, yo utilizo el izquierdo, al lente desde el cual nos llega una constelación o aquella habitación de una unidad residencial vecina. Pero no importa, tengo mis razones, y mis razones son los enanitos que hacen de mi hogar el suyo.
No son enanos, pues son más pequeños. No son gnomos, duendes o duendecillos, no hay una pregunta relacionada con ollas de oro y tipos de barba roja; y aunque tienen el tamaño de los duendecillos, parecen reprochar los atuendos bucólicos y las posibilidades del extranjerismo. Así, en Bogotá, son enanitos, y poco o nada les agrada cosa alguna. Son hombres y mujeres del tamaño de un pulgar en busca de alegatos que, al juntarse, forman un sonido, una vibración para el oído humano definida dentro del murmullo. Como yo, usted, quien lee esta fábula, lo reconoce: el temor por lo desconocido nos impone ciertas anormalidades. Un ejemplo claro es el cruzar una calle en la noche, con poca iluminación pública. Ahí están los murmullos a sus espaldas, encorvados en un poste de luz o recostados contra una pared. La imaginación vuela. Piensa en una abducción, la lucecita cayendo del cielo, o en el encuentro con una horda de zombies, ahora que las películas de terror gringas han dejado a un lado tanto gremlin y creater, anhelante de morder su cuerpo y, de paso, supone usted al vivir en una ciudad colombiana, interesada en el poco dinero atesorado en su billetera hasta sentir el alivio del próxima pago.
Suele pasar que ante los murmullos decida reemplazar las comidas nocturnas, piense en hacer ejercicio y, quizá, en dormir. No lo haga, no hay fantasmas o malos hábitos, son los enanitos, estoy segura. Soy experta en ellos, sus vocecitas reunidas me persiguen desde épocas universitarias. Es un murmullo, un sonido difícil de comprender, escondido, molesto, y los enanitos tiene un tono de voz muy agudo, casi imperceptible, solo al acumularse se escucha algo. Ellos sufren de enojo constante, ya lo dije. La gritería es la base de su convivencia.
No los vemos, lógico. Qué individuo con una estatura de diez centímetros se deja ver. Sin embargo, conocemos su existencia. La documentación en libros y videos es basta. También estamos enterados de sus padecimientos cleptómanos. En mi casa se pierden las cosas. Mis familiares y amigos señalan, con alguna irritación aparente cuando me piden devolver un libro o un disco prestado, rasgos de la amnesia. No es cierto, soy la persona más memoriosa de este país, soy periodista, entonces como no serlo. Yo no les respondo. Ellos saben la causa del embolate, ellos también, en algún momento, han dejado algo en cierto lugar y al buscarlo no lo encuentran. El problema es que estos enanitos son enanitos colombianos, enanitos colombianos citadinos. Entre ellos debe haber algunos malandrines, integrantes de un cartel de amigos del griterío y los objetos gigantes. No hay otra manera de explicar las desapariciones.
He llevado una investigación; registro con fotografías y audios la existencia de los enanitos. Me irrita que en nuestra sociedad no nombremos al miedo. Todo lo ocultamos bajo las caras de extrañamiento, palmaditas en los hombros y una sonrisa entre burla y admiración. Ahora lanzo una hipótesis: los murmullos crecen cuando damos la espalda. A veces, en el trabajo, o en una reunión de amigos, al finalizar un diálogo, ya sea por mi labor editorial, obligada a revisar comas, o porque alguien no deja correr mi lista de reproducción de El General o Vanilla Ice, y dar la espalda, escucho los murmullos. Entonces lo sé. Están ahí, detrás mío se organiza un grupo de enanitos. A veces me entra la duda, error imperdonable, y volteo para detallar a las personas que dejé atrás y están calladas y me sonríen. Una no puede considerar esas situaciones de complot, es una influencia originada en las telenovelas.
Por eso intento observar el interior del apartamento. Desde adentro me llegan murmullos, hacen eco de mis palabras y entonces veo manchas grises que saltan de un lado a otro y tumban lámparas de mesa u olvidan plumas debajo de las sillas. Las veo trepar en la biblioteca e intentar tomar algún libro ¡Quién me puede explicar las anomalías sin los enanitos! Aún, cuando desaparecen de mi vista, del visor de la mirilla, y siento un golpe en la puerta. Me sobresalto, entonces, con cuidado de no hacer ruido, abro de sorpresa.
¡No están! usted lo sabía, maldito lector-oráculo que se parece a mis compañeros de trabajo, malditos entes de ortografía fatal, a ellos sí se les pierden las comas sin la ayuda de los enanitos. Aunque usted no presintió el ánimo inquietante en mi hogar, de migajas de Chocoramo en el comedor y una nota sobre la biblioteca, de muy bonita caligrafía y rigurosas comas y diversas palabrotas, donde se indica una amenaza para disuadirme de continuar las investigaciones y los informes de enanitos en la vida bogotana de taxis y corbatas y bares ¡Ah! y según la posdata, los Chocoramos fueron devorados por mi gato.

Noto que la ventana de mi habitación está abierta, de par en par. La había cerrado en la madrugada, estoy segura.