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domingo, 22 de julio de 2018

Goles en el transporte público



- Ya nos chingaron –dijo el joven mientras observaba en su teléfono como el defensor mexicano Edson Álvarez no pudo despejar un balón que pasó entre sus piernas, rebotó en el suelo y empujó con su mano izquierda al interior del arco custodiado por Memo Ochoa. Los suecos celebraban su tercer gol.
Fue el 27 de junio del Mundial de Rusia. Era el minuto 74. En el estadio de Ekaterimburgo nadie coreó el nombre de Hirving 'El Chucky' Lozano como si cada letra fuera una nota de Seven Nation Army de The White Stripes. “Ya nos chingaron”, dijo el joven antes de las 9 a.m., hora Pacífico, en Tijuana, y desconectó los audífonos del teléfono, subió el volumen y nos dejó escuchar, a quienes íbamos en el asiento trasero, las especulaciones de los comentaristas del México-Suecia sobre la caída de Alemania ante Corea del Sur, el otro último encuentro del Grupo F. Si los campeones de 2014 eran eliminados, y fueron eliminados, habría una nueva oportunidad para cantar los goles de la selección mexicana en el transporte público tijuanense.
Un día después, Colombia enfrentó a Senegal en la ciudad de Samara. A las 7 a.m. inició el partido, hora Pacífico, claro. El primer tiempo lo vi en casa. Un amigo me pasó un link por redes sociales de un sitio web que registraba otros links de otros links donde transmitían el Mundial. Pero el cabezazo a lo Yerry Mina, en el minuto 74, llegó cuando ya estaba dentro de una furgoneta que en Tijuana llaman taxi y en la cual caben ocho o diez personas, aunque el conductor insista en meter doce o quince. Uno de los pasajeros era el joven “Ya nos chingaron”. Así que al sentarme a su lado le pregunté por el partido. Él volvió a desconectar los audífonos y volvió a subirle el volumen al teléfono. Vimos como Mina se alzaba entre los defensores senegaleses y encontraba el balón en el aire. Cantamos el gol. No era momento de negar uno de los pocos sufrimientos voluntarios y compartidos en este continente, sobre todo antes de iniciar la jornada laboral.

miércoles, 27 de junio de 2018

Tijuana y el debate presidencial


En un domingo de mayo con el número 20 en los calendarios, Tijuana apareció en los medios de comunicación mexicanos como la alfombra de un evento de aplausos, cámaras y gafetes. El segundo debate presidencial inició a las siete de la noche, y para transmitirlo y hacer preguntas y dar respuestas, el Instituto Nacional Electoral y el Estado Mayor Presidencial abrieron micrófonos, alzaron campamentos y cercaron la Universidad Autónoma de Baja California.
Desde la mañana, las calles se llenaron de mujeres y hombres que ondeaban banderas y lucían camisetas con los apellidos de los cuatro finalistas. Era el momento de señalar al otro, entregar volantes, distribuir tortas e iniciar la batalla sonidera en los semáforos con cumbias hechas himnos de urnas.
Pero entre los vociferantes de quienes son sonrisa y abrazo electoral, aparecieron los carteles con la imagen del miembro de Mexicali Resiste liberado tres días después del debate: “Libertad a León Fierro”, “Preso político”, “#somosleon”. Aparecieron pancartas dirigidas a Francisco Vega, el gobernador de Baja California: “El agua es vida y se defiende”. Jóvenes, señoras, señores y treinteañeros marcharon en medio de banderas, cumbias, reggaetones, volantes y tortas. Prendieron megáfonos y frente las rejas y los custodios de cachiporras hablaron de los desaparecidos, de la fibromialgia y su nula cobertura en el seguro social, del derecho al agua, de las desaladoras, de Constellation Brands, de los recortes presupuestales a la educación.
Hablaron para hacer llegar sus mensajes al coliseo de la UABC, que al fondo parecía un castillo de vampiros rumanos en la cima de una montaña. Allí estaban los de corbata y atril, tuteo a quien no ven al acercarse a las cámaras y sonrisa de ladrón al encontrar a un ebrio dando tumbos por la calle. Aunque nada de desaparecidos, fibromialgia, agua, desaladoras, cerveceras o presupuestos. El debate fue observado en México como un programa de concursos del cual saldrá un ganador este primero de julio, porque así es la democracia.

sábado, 9 de junio de 2018

Emilio


El 5 de junio de 2017 nació Emilio Puello Vargas. Nació en Montería, una ciudad colombiana donde las iguanas orientan sus pesquisas camufladas en el prado, y el río Sinú se hace arruyo nocturno antes de desembocar en el mar Caribe.
En su casa, Emilio se preguntará por qué el tambor es de cuero y el acordeón parece sonreír, escuchará la cocción del arroz con coco a la hora del almuerzo y se hará simpatizante del ají en la arepa de huevo. Intentará definir con gestos y onomatopeyas el sabor de una yuca o un patacón bañados con suero costeño. Y cuando busque el campo, observará a los árboles surgir de la tierra para poblar la sabana como si fueran fanáticos de las mirandas hacia el horizonte
Pero ese es un futuro sin sarpullidos que imagino en Emilio, una vuelta de hoja sin bordes doblados o café regado sobre la letra de molde. Nada suyo puede ser un hombre tocando en una puerta al mediodía porque en los clasificados de un periódico apareció una dirección y no había de otra, paila. Emilio contradice esos momentos de corbata y tests psicológicos en oficinas de recursos humanos carentes de ventiladores. Yo lo imagino con un mapa en la mano mientras recorre la geografía bajacaliforniana, quizá a los 18 años, cuando venga a visitarme.

lunes, 21 de mayo de 2018

“Agua para todos”


Es el primer domingo de mayo en Tijuana, y en el Monumento a Cuauhtémoc, sobre la avenida Paseo de Los Héroes, las voces que intentan sobrepasar el ruido del tráfico vehicular exigen la liberación de un hombre.
“No más presos políticos”, dice uno de los carteles. Lo sostiene un joven que pisa el borde de la glorieta donde se alza la efigie del tlatoani mexica. En otro, una señora, quizá una madre, quizá una abuela, escribió: “Justicia a León Fierro”.
Los mensajes están dirigidos a Francisco Vega. Al gobernador de Baja California le recuerdan la detención de León Fierro en la ciudad de Mexicali. Policías estatales acusaron al activista de un supuesto intento de asesinato a uno de ellos en una protesta por la defensa del agua a principios de este año. Y aunque su caso se reclasificó como lesiones dolosas, una jueza le dictaminó prisión preventiva por dos meses al considerarlo “peligroso para la sociedad”.
En el Valle de Mexicali, un desierto de películas postapocalípticas, se construye parte de una planta cervecera de la multinacional Constellation Brands. Su puesta en marcha, dicen los habitantes del Ejido Joropo y algunos colectivos ciudadanos, disminuiría el recurso hídrico de la capital bajacaliforniana, concentrado en el río Colorado. Por eso, en un martes de enero, intentaron parar las obras. Pero los hombres con insignias del orden público pusieron sus escudos de plástico frente a ellos mientras las retroexcavadoras abrían la tierra. Allí estaba León, como integrante del movimiento Mexicali Resiste, allí sus acusadores lo vieron subirse a su auto con la intención de embestirlos.
Constellation Brands pone los tubos de extracción de agua porque Francisco Vega lo autorizó, señalan algunos medios informativos mexicanos. Esa autorización también la tienen presente los tijuanenses reunidos el primer domingo de mayo. Al político rodeado de cámaras y micrófonos que niega la figura del preso político en su gobierno, le dejan un mensaje en una manta extendida bajo los pies del monumento a Cuauhtémoc: “Kiko, Tijuana te exige libertad inmediata a León Fierro ¡Agua para todos!”.

lunes, 7 de mayo de 2018

Historia de libreros: El nuevo libro



La librería estaba frente al Coliseo menor, sobre la Carrera cuarta. Se reconocía por su fachada amarilla y la motocicleta de “Servicio a domicilio” estacionada a un costado de la entrada.
La librería se inauguró en 1974, cuando un joven Gustavo Orrego buscó un espacio en Pereira donde sus contemporáneos encontraran lecturas sobre un “momento universal”. En las calles de la ciudad se escuchaba la palabra revolución, y las bibliotecas personales de ladrillo y madera se llenaban con las obras de Marx, Engels, Lenin, Mao Zedong y Jorge Salamea.
El nuevo libro era la novedad en los tiempos de auge de las librerías “pioneras”: La Nogal, en la cuadra del Palacio Municipal, la Rego, cerca de la Catedral, y la Quimbaya, visitada en algún momento por Gonzalo Arango y Germán Arciniegas.
35 años después, en 2009, la palabra novedad se transformó en un “aquí estamos”. Esa era la frase de un Gustavo canoso, que sólo vestía de blanco, cuando caminaba entre las paredes y mesas de libros, La guía eran las flechas colgadas en el techo. Pasaban de la psicología a la literatura, y las ediciones de lujo del Canto general, Hojas de hierba y El Quijote debieron compartir lugar con las económicas de filosofía, las cartillas para colorear, los textos de colegio y los títulos esotéricos y religiosos.
Pero el “aquí estamos” dejó de repetirse, y frente al Coliseo mayor, sobre la carrera cuarta, la novedad de Gustavo de los años setenta dio lugar a otra: Librería nueva época. Por lo menos eso dice el cartel de la entrada al leerlo en este presente.

martes, 17 de abril de 2018

¿Por qué canta Raúl?


Raúl Candelario sube a la tarima y el grupo Radio Guacamaya hace sonar las jaranas.
Frente a él está el público, son unos cuantos necesitados de son jarocho reunidos esa noche de marzo en el bar tijuanense La Antigua Bodega de Papel,
“Venga, venga”, le grita una mujer desde una de las mesas del bar al verlo acercarse al micrófono.
“El viaje de la vida me trajo a la frontera, a California. Vengo de versadores, de bailadores, y a través de la música reviví a mis muertos”.
Su voz es la del mexicano que ha buscado un lugar en el otro lado, también llamado Estados Unidos: cuando pronuncia la “jota”, parece arrastrarla hasta el punto de convertirla en una “ge”.
"Siempre traigo mi jarana, en mis versos soy sincero, en el norte o en el sur siempre canto lo que quiero".
Raúl luce un sombrero de cuatro pedradas de palma de jipi, un símbolo del campesino veracruzano. Él es uno de esos hombres y mujeres cercanos al río Papaloapan hechos “de noche, de cocuyos, de mañanas en torcazas”.
Él es, también, “un cenzontle de sabana”, “un vaquero”, “un pescador en tiempo de agua”. Es quien nació “entre el llano y la sabana, entre ríos y lagunas, loros y caña”.
Así canta su vida Raúl mientras las jaranas de Radio Guacamaya suenan. Cuando baje de la tarima, beberá una cerveza Tecate y le pedirá a los músicos el son El Cascabel.


sábado, 7 de abril de 2018

Historia de un librero en Pereira

Un hombre le vendió a Duván su bliblioteca personal porque los “ángeles” se lo ordenaron en un sueño. Esa colección terminó distribuida en los anaqueles de la Librería Mito.
En casas del centro de Pereira iniciaba la búsqueda de libros. Eran ejemplares exhibidos en una ventana, apilados en un rincón o amontonados sobre una mesa donde parecían montañas de una maqueta cuyo tema pudo ser un paisaje rocoso. A las librerías llegaron novelas con dedicatorias escritas en las portadas o anotaciones hechas en los márgenes de sus páginas. La Mito fue parte de esa ruta lectora de universitarios y románticos del papel amarillo, y Duván, un joven sacado de algún concierto de Sui Generis, se convirtió en su librero.
La Mito inició en 2006, en la casa esquinera de la carrera 5 con calle 26. Duván ofrecía obras literarias de Oveja Negra y Seix Barral, enciclopedias incompletas, ediciones viejas de Selecciones y El Malpensante y folletos para aprender a tejer. Su oficio radicaba en el copyleft, decía, en la distribución libre del conocimiento. Por ello sugería acercarse a autores como Raúl Gómez Jattin, Pablo Neruda o Julio Cortázar a través de audiolibros descargados de internet. También promocionaba el cine documental e “independiente”, y tenía activa una fotocopiadora sobre la cual su gata, Dotora, dormitaba.

Pero en 2009 llegó La Librería Nacional a la ciudad, luego abrió la Panamericana. Apareció un catálogo de novedades editoriales que ilusionó a los lectores pereiranos. Entonces algunas librerías del centro, como La Mito, cerraron, y sus libreros, esos estudiantes de literatura o bibliófilos veteranos, dejaron de comprar bibliotecas personales.