Etiquetas

sábado, 16 de junio de 2012

Caja de monerías

Existe una caja sellada sobre cualquier mesa. Preguntarse por el contenido en su interior es entrar en problemas mitológicos cuando una Pandora repite en vano “la curiosidad mató al gato” y rasca su cabeza, recordando tiempos rotos al lado de Prometeo. Pero esta caja de madera, tan simple que llama la atención, no se hizo para estar cerrada. Alguien necesitado rompe sus sellos como misterio y… bueno, la sorpresa al abrirla es un fondo vacío y desconcertante frente a la paciencia muerta, forma de gastar la imagen de objeto oculto sin querer aparecer.

Habrá pensado en una caja de monerías repleta de hojas secas, mensajes en papeles rasgados, fotografías de uñas, recortes de periódicos sobre coincidencias en gazapos o cartas olvidadas que un amigo del servicio de mensajería le regala e insiste en coleccionar. Habrá pensado en ello y se siente decepcionado al no hallar esas prioridades. Quizá supone un doble fondo, espera encontrar un compartimiento oculto a la vista y lógica de quien piensa en cajas y objetos conformes. Es una lástima: en esta oportunidad no asoma tal atino del secreto bien guardado, y mejor dejar el lloriqueo, será posible volver a intentar en otra caja sellada y así dar con una mínima seña de esas monerías suyas fugadas. Mejor dejar el lloriqueo y buscar antes de que aparezca una persona llena de reproches hacia sus inquietudes por olvidar monerías en la intemperie, como si fuera un agrado tenerlas cerca al ser ajenas.

6 comentarios:

  1. Tu texto me ha hecho recordar una situación real. Un día de lluvia, iba caminando yo por un barrio no muy concurrido de Buenos Aires y en el bordillo vi una caja que parecía ser muy antigua. La tomé y cuando quise abrirla, no pude pues estaba cerrada con llave, pero se notaba que contenía algo. En casa la abrí y sólo había un rejunte de objetos inservibles, pero el misterio que se apoderó de mí hasta abrirla, fue casi insostenible.
    Creo que es la curiosidad que siempre nos acompaña.
    Un abrazo.
    HD

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Así es Humberto, es imposible de dejar a un lado a la curiosidad. Si pudieramos qué gracia tendría encontrar algo desconocido.

      Eliminar
  2. Es difícil expresar el valor de los recuerdos ajenos, ese montículo de incógnitas que encontramos a veces (a la muerte de un familiar, por ejemplo, en su casa) en un cajón... Este relato expresa muy bien esa sensación de "ajenidad".
    Besos

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Bueno Susana, cada uno tiene sus lugares para guardar sus objetos más íntimos, sea un juguete o una carta de amor. Mejor, uno guarda sus recuerdos. Y tienes razón, uno supone que es algo importante para otros, pero el valor no lo sabemos. Abrazos.

      Eliminar
  3. Yo tengo muchas cajillas...existen las que he dejado olvidadas y cuando las llego a encontrar no sabes la sorpresa! :D saludos primo guaperrimo colombiano jaja :P

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Ah Caray Prima, en una de ellas habrà un trèbol de cuatro hojas y miles de alebrijes. Saludos Señorita.

      Eliminar