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lunes, 30 de noviembre de 2015

Carta para viajar

Me llegó una carta anónima. Los viejos estaban contentos por tan gran honor gracias a mis esfuerzos en el trabajo. Los colegas no dejaban de aplaudir mi intachable labor. Incluso los de la competencia tuvieron un gesto de respeto conmigo. La verdad, lo de recibir la carta no era una buena motivación, hasta sentí el retorno de la gastritis cuando mi señora me la pasó con esas ansias de leerla rápido. Y no mentiré, al hacerlo me subió un frío ártico por toda la columna, pero la familia entera celebraba una meta más, y hubo una fiesta el fin de semana. Los primos lejanos y las tías perdidas dejaron de lado cualquier excusa y arribaron a otra reunión familiar, La vieja, de tanto orgullo, mandó a enmarcar la carta con la intención de mostrársela a sus amigas, y entre vecinos y compañeros se armó tremenda rumba antes de tomar la decisión de irme, pues en realidad ese era el mensaje, un viaje otorgado siempre a los destacados en mi oficio.
Fue difícil creerlo. Los vivas y las felicitaciones llegan con un guiño de ojo. Tenía miedo, nada de negarlo. Aunque ver así a mi gente, confiada en mi desempeño, fue un impulso para seguir la investigación. Ya sabré luego si el viaje será necesario.
Ahora les leo la carta, es corta:
Periodista, lo tenemos fichado, no siga metiendo sus narices en lo que no debe o sino se va de viaje”.

domingo, 15 de noviembre de 2015

A

Querida A:
Es mi última carta. Le he escrito otras. Cada una es un intento de verla, una invitación a tomar un café. No hay nada de malo en un café. Es una opción recurrente, dirá usted, pero la virtud del café está en el diálogo introductorio. Hay algo en él que incita las indagatorias básicas evadiendo los tropiezos. Uno puede meterle datos extras, puede darse el lujo de encontrar semejanzas o jurar el préstamo de un disco de Pearl Jam o Carmelo Torres. Además la primera invitación es una promesa de no retardar el encuentro. Un café no son dos, aunque sería posible cuando la charla fluye y usted reconoce que lo recurrente no suele estar vacío y luego, eso lo decidiremos, no viene mal una cerveza, no dos, claro.
Me dirá si acepta la invitación. Iríamos al lugarcito pasando la calle, el ubicado frente al bloque de departamentos donde vivimos. Seguro lo habrá visto. A veces, cuando llego del trabajo, la he encontrado allí, leyendo o haciendo tiempo, bueno, en una cafetería es lo mismo. No la vigilo, no piense eso, por favor. Fue una casualidad el verla por una de las ventanas que dan a la esquina. Usted se sentó cerca de una de ellas y observó algo en la calle por la cual pasé. El lugar lo atiende un tipo sudamericano, de Ecuador o Venezuela o Colombia. Para mí todos son iguales, sus banderas son iguales. El ambiente por lo menos no lo mezclan con fusiones de jazz. ¡Ah! la gente pensando en saxofón y capuchino.
Cómo quisiera saber cosas suyas, A, cómo quisiera encontrar en mi biblioteca un ejemplar de su novela favorita. Cada noche que baje a mi departamento y decida quedarse, aunque usted es difícil de convencer, usted pensaría en lo absurdo de dormir en otro lugar pues tiene cama propia y colchón inmejorable, podría narrarle un capítulo mientras se deja llevar por las palabras y la cerveza, observando  el techo, descalza, recostada en el sillón que acabo de comprar; quizá pensando en algunas frituras y unos cigarrillos y la posibilidad de avanzar otros dos o tres capítulos. Perdóneme, tengo la insana costumbre de no fumar, y en mis gavetas solo hay latas de atún y sopa instantánea, y tomo cerveza, el vino me da jaqueca y es tonto beberlo si no es de caja, o si desconocemos lo dulce y semidulce. Y novela pero no poemas o cuentos pues…Perdóneme de nuevo. A veces no dejo espacio para sus gustos. Usted dirá si vino o cerveza o café. Usted dirá si cambio el colchón de mi cama.
La nombré A. Me hace subir, literal. Ya le expliqué mis razones en otra carta. Intenté saber su nombre, pero al no preguntarlo de manera directa no hay un permiso de saludos en el elevador o de ayuda con las bolsas del mercado, momentos simples de películas con Tom Hanks. Sin embargo, lo intenté: Miré el número de la puerta de su departamento y en el buzón de correo del lobby busqué el nombre. Usted no tiene cara de ‘Josefina’, ha de ser la casera. Investigué con el portero viejo de la noche,  él lo sabe todo. Por eso esperé un día, en la cafetería. La vi doblar la esquina y entrar en el edificio. Luego yo arribé, alarmado, a la señorita se le había caído el celular en la calle y entregarlo era una obligación vecinal ¡Claro! es molesto hacerlo desconociendo el nombre del propietario. “Ah caray” dijo el portero y así lo supe: no era la dueña, no cargaba con uno.  No había duda en ese “Ah caray”, mucho menos en el regaño posterior del viejo, algo paternal.
Entonces es A, el inicio de mi día. ¿Le conté sobre la primera vez que la vi? quizá, aunque importa poco. Cada vez fue una primera vez y ahora soy una balada de radio para planchar. Retomo: La letra inicial del alfabeto no es la M o la J,  y aunque no nos guste saber que antes de esa vocal no hay nada, ahí está, ahí estamos pronunciándola. Además, su piso no podría ser otro aparte del último, la uno de arriba hacia abajo; su sonido es ascendente, nunca aterriza, nunca se estrella en picada con la punta inferior izquierda de B, ese señor de fiestas y gritos, su vecino. Lo odia ¿no? yo lo hago, pero usted no es de estar encerrada. En realidad la vi poco, y créame, lo intenté muchas veces. No la perseguí hasta su trabajo, o donde vaya. Siempre llegaba sola, como la A en su vuelo, como el departamento en lo más alto, caminando por esta ciudad sin proporciones. Alguien cuidándola es exagerado, inclusive, molesto.  Lo mío era la A del edificio, no quería enterarme de sus consonantes.
¿Escribir su nombre habría sido importante? Si en vez de A fuera Juana, y claro, puse “Querida A”, un poco descortés solo escribir “A”, o “Diana” o “Para A” o “Para Pamela”. Las guías románticas proponen admiración, no tanto como “Adorada A”, eso ya es dar por sentado una correspondencia, o “Mi Diosa Coroná” siguiendo las pistas de la canción de B. Que odio le cargo. Debe ser amigo del tipo de la cafetería. Pero no importa su nombre, A, aunque me hubiera gustado tocar su puerta y saber que las cartas no le cayeron mal. Digamos: Me invita a pasar, destapa un par de cervezas y no me muestra su cédula para erradicar a A. Yo le señalo la cafetería por la ventana de su departamento. “No se alarme” digo. Usted sonríe, toma el teléfono, marca, pide pizza, eso pasa en las películas, ya sin Tom. Así,  noche tras noche, subimos y bajamos escaleras ¿Qué lee?  “No importa” dice, enciende un cigarrillo, se tira en un sofá, no pone música, no pasaremos de dormir uno al lado del otro, indaga su biblioteca, repite “No importa”, da un chupón del pitillo y mira cómo desaparecen las bolitas de humo sobre su frente.
El café, mi departamento, el suyo, la confianza de tener su novela favorita en mi mesa de noche, ya no en la biblioteca. Aunque muy poco la veo, y al hacerlo le dedico una carta. Las pego en su puerta, en la madrugada. Sé que tiene conocimiento de ellas, sé que no las lee, sé que no ha denunciado un abuso. Cuando pensaba en escribir ésta nos encontramos. Fue en el elevador. Usted dijo “Buenos días”, no le contesté. Preguntó por la cafetería, no le contesté. Se quedó callada. Esperó que se abriera la puerta y en el lobby salió sin mirar hacia atrás.

¿Por qué me habló? ¿Por qué me hizo saber sobre su respiración,  sobre sus ojos enmarcados por líneas gruesas, algo egipcios? ¿Por qué me sonrió y enseñó sus dientes de conejito?  ¿Por qué me dejó detallar el movimiento de sus piernas, esos signos de admiración? No pude nombrarla. Y afuera estaba quién ahora puede prestarle discos de Pearl Jam y Carmelo Torres y acompañarla por un café mientras discuten el capítulo de alguna novela. Usted leerá esta carta, no hay duda, no pregunte la razón de saberlo. La dejo pegada en la siempre puerta de A. Yo lanzaré bolitas de humo sin saber cómo hacerlo, y sentiré que el olor a quemado no es una cosa oxidada de las historias trágicas.

domingo, 18 de octubre de 2015

Cuadernillo para dibujar árboles

Pamen dibuja árboles. Aquellos que pierden hojas en las batallas contra el viento llenan su cuadernillo. Ella observa caer esas barquitas verdes como si se hundieran en el mar, y no vaticina un final de pisotones y sonidos crujientes cuando amantes o asesinos deambulan en los parques.
Son los troncos altos, de ramificaciones enredadas e incipientes varitas en despunte las apariencias preferidas. Ents desnudos en sus trazos de carboncillo. Los pinta en la tarde, pues parecen encorvarse y recoger las hojas postradas alrededor, amontonadas día tras día. Pamen admira esos intentos por tomar algunas y pegarlas a las ramas, aunque le entristece saberlos lastimados al agacharse. Es una aflicción solitaria, una abertura en la madera, la lejanía de cigarras amantes de pinos robustos, la ausencia de nidos en las copas.

Es la razón para no abandonarlos. Con los retratos intenta hallarles un espacio digno en los paisajes y la filmografía mexicana. Quiere aplaudir sus cuerpos esbeltos, resueltos a dejar de lado la opulencia floral y soleada. Adempas, cabe la posibilidad de que algún renombrado cineasta de terror descubra, a través del azar, no hay otra manera, el cuadernillo de árboles dibujados por Pamen, y decida, mientras lo hojea y asiente, honrarlos con varias tomas de su reciente proyecto, hechas en el parque donde habitan. Lo invadirá de zombies o mutantes consolados al encontrar un lugar donde dormir.

lunes, 21 de septiembre de 2015

Señora Aura

De niño pasé algún tiempo en Cali. Mi primer viaje solitario en bus intermuncipal lo hice a los doce años. Tres horas y media de línea recta y colinas infladas como levadura al tomar la forma de un pan. Salí tarde de Pereira. No recuerdo el tiempo del reloj, pero aún tengo la imagen de mis padres en la terminal cuando el bus se alejó y yo, buscando lugar cerca de una ventana, los veía en la acera como estatuas, en espera, quizá, del paso por la caseta de salida, una forma de asegurar que el viaje sería el mejor.
Llegué en la noche a Cali. Dos rostros sin referente en mi imaginario familiar se acercaron a la ventana del bus por la cual miré una ciudad mítica, donde la salsa es un credo y el calor un abrazo continuo. Los rostros eran los Marios: Mario, mi primo, un muchacho delgado que los fines de semana pasaba su tiempo por el Parque del Avión y, si no fallo en nostalgia, tenía un uniforme tipo agente del INPEC. Estudió en Santa Librada, estudió en un poema para un adiós. Quizá es uno de los últimos colombianos que perdió un año de colegio; ya nadie lo pierde.
El otro Mario es mi tío, un hombre que al hacer alguna tarea doméstica ponía cara de guardia de bar. Alguna vez lo acompañé en su tiempo de boleros. Al regresar de su trabajo, ponía a rodar un disco en el equipo de sonido y cantaba con voz baja, recostado en el sillón de una sala amplia. Era la casa donde el calor se desvanecía, una casa de rejas en el barrio La Merced, la Tercera Norte, mi lugar caleño favorito. Todavía lo veo regalándole mil pesos a un joven perdido cerca del Pascual porque no tenía completo el pasaje de bus “Uno no sabe cuándo necesita pedir ayuda”. Justificó.
Ellos me llevaron a ese hogar horizontal. Viene la imagen de un Renault 4 azul, no estoy seguro, pero con los Marios llegué a La Merced, al Jardín Los Pitufos. Conocí también a Daniel, mi otro primo, un niño con la forma de una guadua, con un corte de cabello tipo hongo que ponía en evidencia la herencia de globo cefálico de los Vargas, mi primer apellido. Un niño de energía pura donde no cabía la palabra sedentarismo.
Y Patricia, mi tía nueva. Para ella la palabra bailar no se dice si no hay compás y vuelta y baldosa vibrante. Nadie niega, ni ella misma, su temperamento, ni como me hizo sentir en mi propio hogar con cariño y regaños desbordados y parejos sin obedecer ramas genealógicas o parentescos sanguíneos. Todos éramos culpables y yo no era sólo el primo de visita.
Entre ellos (Camila aún no llegaba) había una mujer clara, una reina silenciosa alejada de su orbe, hecha de nostalgia perdida, intentando sostener su mirada oriental sobre una ciudad que se revienta en fiesta. La señora Aura no es etérea, no camina sobre nubes. Sus pies son delgados, aunque sus pasos se sienten en la casa de La Merced. Sus cabellos blancos parecen hilos finos tejidos en las noches por ella misma. Su sonrisa no es continua, ni ancha, y cuando la regala no es en vano.
La señora Aura es una parte vital de ese Cali mío. Es un vestido con estampado de flores, una camisa de mangas cortas y el llamado a almorzar. La he escuchado en sus cantos de fe mientras cocina, la única mujer que me ha dicho Gustavito. Su voz es mi más vivo recuerdo, algo pausada, de abuela y madre, despertando cada rincón de la casa y es cariño y pan y chocolate mañanero. He sido parte de su caravana de carritos metálico y bolsas de tela, junto con mi tío Mario, el guía de los nómadas frutales, que en las primeras horas  domingueras busca los mercados de pregoneros y de intercambio. Mi recompensa, las arepas de queso en una canastita al desayuno, el azúcar moreno junto al café, una mirada de asombro cuando quebré el cristal de la lámpara de castillo del comedor.

Me llega un sábado de junio a mis doce años, tres de la tarde, la esquina de un barrio en Cali, la espera de un bus junto a la señora Aura. Creo haber mirado su rostro. Ahora puedo imaginar: ella sostiene la figura de un profeta fatigado sin poder develar el futuro. Observa con intensidad hacia una calle. Una imagen, tal vez, habrá revivido cierto encuentro, descubrimiento de niña, anhelo en sus manos no concretado. Luego relaja el rostro, un adiós pronunciado para sanar… Señora Aura…Allí tomamos el bus hacia La Merced, allí desembocamos en la Tercera Norte y desde ese día seremos esa ruta hecha siempre de ocasos.

viernes, 28 de agosto de 2015

Mensaje regalado

Pequeños mensajes regalados. Decirlos como salían cuando alguien entraba en la casa y mamá obligaba el saludo. No corregía nada en ellos para ver las caras de mis tíos y primos al soltárselos apenas cruzan la puerta. De niña era fácil hacerlo, venían listos, pensados uno para cada uno. Y en la boca… en la boca formaban un remolino, se mezclaban las letras por culpa de una lengua algo malvada. Al final había una combinación nueva brincando detrás de los dientes. Me gustaba, corría hacia la habitación y la escribía en papeles rojos para que las visitas llevaran mis mensajes regalados en los bolsillos, útiles en cualquier momento, cuando metían las manos en esos escondites de monedas con llaveros y los encontraban antes de cruzar una calle. Tal vez sonrieron al leerlos, claro, pudieron preocuparse por mi salud mental, aunque les gustara el juego. Pero ya no me salen, no puedo recordar. A veces, con mis manos en los bolsillos, siento alivio de haber anticipado este olvido de mensajes y saco este papel de color rojo que me gusta leer.

lunes, 10 de agosto de 2015

Pesquisas sobre los hilos número 3

Las marionetas estaban consternadas. En la última función, las pesquisas sobre los hilos unidos a sus cuerpos corroboraron la hipótesis planteada entre ellas: el titiritero no sabía nada de teatro, y eso que llamaba arte de la improvisación era pura invención de otro titiritero observándolo desde arriba, entre tantos hilos colgantes.

martes, 30 de junio de 2015

Cambios en el periódico

Ha sido tema preocupante para el Consejo Editorial los llamados de atención de los lectores, quienes manifiestan su insatisfacción, en cartas algo rabiosas, sobre la alta calidad informativa y de redacción alcanzada por el periódico en las diferentes secciones, principalmente la Judicial.

- ¿A qué periodismo le apuntan? -
- ¿No es demasiado real? -
-  ¿Qué pasa con esa titulación tan seria? -
- ¿Se acabaron las fotografías sin pixelar? -
- Triste no dejar temita especulatorio. –
Son algunas de las críticas leídas, con notorio escándalo, por el circunspecto Director de Información en la reunión matutina junto a los Editores y Jefes.
- Perdemos credibilidad –puntualizó el Director y ningún miembro del Consejo Editorial sostuvo lo contrario.


Así que no hubo debate. Sabían cuál era el problema y de inmediato despidieron a los “certeros periodistas y comprometidos correctores de estilo” causantes de la “intachable investigación” (Las comillas no son del redactor de la presente nota, son del Director y deben leerlas con el mínimo de ironía) y contrataron a otros más ajustables a los cambios necesarios, además de un grupo capacitado en diseño encargado de manejar  contenidos. La semana siguiente ampliaron el espacio de la sección Judicial con fotografías “full color y pequeñas infografías muy bien datiadas” como diría orgulloso el Editor en Jefe del nuevo equipo; quien en una columna no reparó en elogios hacia la nueva cara del informativo, sólo para “lektores cerios que no se andam con minuciaz.”

miércoles, 24 de junio de 2015

Buen oficio

–No es nada raro –dijo el Director de información en un foro universitario sobre periodismo– que en otros medios impresos reconozcan el compromiso de nuestros reporteros gráficos. Es el rigor de la imagen real, su contexto verídico y el respeto por los hechos la validación ética para ser un referente de excelencia profesional. Lo hemos demostrado en un caso reciente: la cabeza de un decapitado, en las afueras de la ciudad, rodó cinco metros del lugar donde estaba cuando nuestro fotógrafo se proponía capturar la imagen del muerto. Le tocó, con toda la determinación impuesta en este noble ejercicio, tomarla de su cabellera y ponerla en el lugar y la forma como la encontró al llegar a la escena del crimen. Así capturó la imagen de nuestra portada, prueba del buen oficio.

lunes, 25 de mayo de 2015

Noemí y los pixeles

Noemí escribe un mensaje: Nos miramos en la plaza Martí, saliendo de Hidalgo. Yo soy el destinatario. Leo sus palabras en el buzón de textos de mi celular. Es una intención de vernos creada por números en los botones de una pantalla de luces y cortos de energía unidos igual a cadenas genéticas, formando una N, una O, una S, para así imaginar un metro Hidalgo, una plaza Martí donde Noemí y yo nos miraremos, no otros lados, no otras miradas, viajando por el espacio decodificado, siguiendo una ruta de señales invisibles, entre las ventas de tacos y las dependencias sanitarias, entre los taxis vinotinto estacionados en Eje Central, entre los edificios viejos y agrietados, entre las encrucijadas de calles llenas de personas bajo el sol.
Noemí escribe el mensaje. Guarda el celular en un morral para jubilar. Alza la cabeza, intenta mirar sobre la montura de sus lentes y entrelaza los brazos mientras piensa, mientras la imagino cuando veo mi caja telefónica, sus botones de luces y cortos de energía vibrando, su sonido de pájaro dormido en una mano, y leo Miramos, Martí, Hidalgo. Noemí tiene el cabello recogido, aunque un mechón de pelo, detrás de su oreja izquierda de tacita de té, cae sobre el cuello de cisne, ese cuello de movimientos precisos que contradice su manera de cruzar la calle en el instante de un semáforo en rojo.

Yo me apuro por culpa del mensaje. Llega como urgencia al recorrer gran parte de una ciudad sin dominios. Es polen o esporas, hilo dorado brotando en una idea antes hecha cifras binarias y luego lenguaje de humanos. Veo una Noemí escriba digital, detallando el cielo e intentando acomodar su mechón de cabello. Descubriendo que las horas son números y hay una posibilidad de mirarnos, sin saber quién esperará a quién, sin saber cuál de los dos bostezará primero en medio de la plaza Martí, donde un prócer cubano de bronce vigila los puestos de fritanga de La Alameda y sabe que a su lado hay otra persona impaciente, alguien que observa los rostros confundidos, como plastilinas de colores mezcladas, y anhela encontrar entre ellos ese inicio de día saliendo del metro Hidalgo.

jueves, 30 de abril de 2015

Pacto de raíz

Martín sostuvo la moneda con sus dedos índice y pulgar. Extendió el brazo y giró su cuerpo dándole la espalda a la ventana. La luz que entraba en la habitación iluminó el grabado de la mujer guerrera, los caballos alados en un trote por el cielo, el sol desprendido de su centro, abarcando el contorno entero del círculo metálico donde existía.
-Es tuya dijo el abuelo–. Alguien me la dio hace muchos años. Ahora te la entrego.
Martín se sintió como un recuerdo, no como el heredero de un objeto alejado de su origen, aunque eso no mitigó su responsabilidad: debía buscarle un refugio hasta que llegara su turno de entregarla. Imaginó innumerables abuelos y nietos pasando de mano en mano a esa mujer guerrera, imaginó tantos dedos tocándola, gastándola, eliminando así la posibilidad de continuar ese largo impulso sanguíneo, la existencia del peso en el cuerpo sugiriendo un encuentro similar.
-No la olvides... murmuró el abuelo. El sonido de un claxon entró en la habitación, desvaneciendo esa súplica final. No pudo abrazarlo, no pudo jurarle que no habría forma de olvidarla, entonces la guardó en una caja escondida detrás del clóset, donde escribió el nombre del poseedor anterior. Se acomodó la corbata y el saco y bajó. Sus padres esperaban silenciosos dentro del auto.

No la olvides, recordó las palabras mientras la ciudad quedaba atrás y un paisaje de árboles se imponía. No la olvides, presintió el miedo por algo roto. Pero la sabía segura, alejada de otra intención aparte de ser entregada en su momento, y se llenó de un pacto de raíz, de soporte familiar, un legado para ser más que hijo o abuelo o padre o nieto. “No la olvides” se dijo y decidió mejorar el escondite tan pronto su madre dejase de llorar y tuviera la oportunidad de despedirse, después de leer el epitafio y llevar las primeras flores.

miércoles, 15 de abril de 2015

REC


Mi abuela observó la cámara sobre la mesa. Tenía una lucecita roja que la puso nerviosa e incitó su ingenuidad insolente, si puedo decirlo de esa manera, para tragarse el disgusto por un paso más de la tecnología en la aniquilación de las manos al tocar el mundo. “Son botones y brillos diciendo cuándo y dónde”, me dijo en esa charla de fin de semana, días en los cuales olvidaba las clases universitarias y me perdía en su casa, lejos de Pereira, sin un televisor con VHS o Betamax. Era extraño que de ella emergiera mi gusto por el cine, por el rayo azul saliendo del proyector, cayendo como polvo mágico en el telón dormido.
Es la cámara de video–le aclaré, tratando de restarle interés al tema.
¡Ah!, el aparatejo –dijo.
El “aparatejo” lo traía conmigo pensando hacer un video con la abuela. Una idea tipo documental para la familia, donde registraría el inicio de árbol genealógico, sería un recuerdo de esa mujer invadida de palabras: un Homero con algo de juglar vallenato y culebrero paisa recorriendo el mundo. Así que en una de muchas visitas le propuse filmarla y ella supuso un augurio: “No es  el momento. Aún sigo acá con ustedes”. No había de otra. Una pequeña vergüenza cayó de mis ojos en forma de lágrima.
Grabarla es importante –intenté justificarme aquella vez–. Es una forma del recuerdo. Usted gusta de la palabra, yo, de la imagen.
Pero el día que puse la cámara sobre la mesa, cuando ella narraba una anécdota de los años 40 en el Valle del Cauca y tomaba defensa ante la lucecita roja, no pidió apagar ninguna cosa, ni persistió en su discurso basado en la hecatombe tecnológica. No cortó la voz de remembranza, tan usual en las mañanas junto al café, ni detalló la posibilidad de un aumento del volumen corporal si registraba su imagen en la grabación. No propuso un silencio, ni dejó caer un suspiro resignado, solo se acomodó en el sillón, analizó la videograbadora desde muy cerca, cerró los ojos y al abrirlos me observó con una mirada de experiencia nueva, de cierta situación que no había visto en su rostro.
Está bien, Luis –dijo–. Este es el momento.

La abuela acomodó sus canas y ajustó el chaleco de colores.Volvió al buque que alguna vez admiró en Buenaventura. Yo apreté REC.

martes, 17 de marzo de 2015

Memorias para Abraham

El esposo agarró el cuchillo, se sentó junto a la mujer, le acarició el vientre. Luego rebanó la carne. Cuidó la simetría en los cortes para así tener una cena digna con los suyos. Al terminar, puso cada plato en cada lugar de la mesa-comedor y acarició de nuevo el vientre de la mujer. Imaginó una vida renovada: educación, viajes vacacionales, abrazos como unidad; su primogénito crecía en un lazo puro, sin descendencias sueltas… su primogénito… Lo reafirmaba cuando volvía del trabajo, cuando dormía, cuando recibió al hijo de su primer matrimonio, cuando la mujer no estuvo de acuerdo y él supo que había un estorbo en la casa, cuando ese día de la semana llamó al pequeño a cenar y empuñó hasta doler el cuchillo, ya manchado de sangre.

martes, 20 de enero de 2015

Luna y el telescopio

Desde la azotea de su casa, Pereira es una mano extendiendo los cinco dedos al percibir nuestra mirada. Cuando subimos la escalera, con algo de torre y hecha para personas con pie de niño dios, sabemos que antes de cruzar la puerta hacia tal apertura, estamos refugiados en el puño de la ciudad.
–No, en medio de una flor –ella corrige–. Apenas nos siente abre sus pétalos de animales y árboles.

–Pétalos como dedos –reitero–, llenos de edificios y sosteniendo un Bolívar desnudo en sus yemas.
Allí está el telescopio, nuestro inicio de cartógrafos lunares. Y la atención hacia el barrio San Camilo, de asombro al doblar una esquina, de vecinos en sus casas, el teatro mudo visto por los ventanales, se pierde al concentrarnos en el firmamento e intentar contar los puntos luminosos, pensando que cada uno es otra ciudad, otra azotea donde hay dos personas sosteniendo un telescopio como catalejo, no muy pesado y con un trípode para niño dios, recostados contra un muro, detallando por el lente cómo se acerca la luna y enumerando conejos saliendo de sus cráteres o rostros humanos hechos de montañas en su superficie.
Así divagamos en la noche. Nos llaman acomer y un Weimaraner sube y deja caer su cuerpo de flecha sobre ella. Así divagamos más allá de la noche, esperando que baje sus brazos ese individuo lunario tan preocupado por presentimientos de espías lejanos. Entonces lo vemos hablar con hombres y mujeres recogiendo conejos emergentes de cráteres, gritándoles y saltando a su alrededor mientras señala un lugar remoto: alguien los observa de nuevo por un telescopio desde cualquiera de esos puntitos brillantes colgados en el vacío.