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miércoles, 15 de abril de 2015

REC


Mi abuela observó la cámara sobre la mesa. Tenía una lucecita roja que la puso nerviosa e incitó su ingenuidad insolente, si puedo decirlo de esa manera, para tragarse el disgusto por un paso más de la tecnología en la aniquilación de las manos al tocar el mundo. “Son botones y brillos diciendo cuándo y dónde”, me dijo en esa charla de fin de semana, días en los cuales olvidaba las clases universitarias y me perdía en su casa, lejos de Pereira, sin un televisor con VHS o Betamax. Era extraño que de ella emergiera mi gusto por el cine, por el rayo azul saliendo del proyector, cayendo como polvo mágico en el telón dormido.
Es la cámara de video–le aclaré, tratando de restarle interés al tema.
¡Ah!, el aparatejo –dijo.
El “aparatejo” lo traía conmigo pensando hacer un video con la abuela. Una idea tipo documental para la familia, donde registraría el inicio de árbol genealógico, sería un recuerdo de esa mujer invadida de palabras: un Homero con algo de juglar vallenato y culebrero paisa recorriendo el mundo. Así que en una de muchas visitas le propuse filmarla y ella supuso un augurio: “No es  el momento. Aún sigo acá con ustedes”. No había de otra. Una pequeña vergüenza cayó de mis ojos en forma de lágrima.
Grabarla es importante –intenté justificarme aquella vez–. Es una forma del recuerdo. Usted gusta de la palabra, yo, de la imagen.
Pero el día que puse la cámara sobre la mesa, cuando ella narraba una anécdota de los años 40 en el Valle del Cauca y tomaba defensa ante la lucecita roja, no pidió apagar ninguna cosa, ni persistió en su discurso basado en la hecatombe tecnológica. No cortó la voz de remembranza, tan usual en las mañanas junto al café, ni detalló la posibilidad de un aumento del volumen corporal si registraba su imagen en la grabación. No propuso un silencio, ni dejó caer un suspiro resignado, solo se acomodó en el sillón, analizó la videograbadora desde muy cerca, cerró los ojos y al abrirlos me observó con una mirada de experiencia nueva, de cierta situación que no había visto en su rostro.
Está bien, Luis –dijo–. Este es el momento.

La abuela acomodó sus canas y ajustó el chaleco de colores.Volvió al buque que alguna vez admiró en Buenaventura. Yo apreté REC.

6 comentarios:

  1. Conmovedor estimado Eskimal. Traes de regreso la nostalgia de nuestros muertos. Las abuelas. Quien tuviera una todavía.

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    1. Carlos, ha de ser muy agradable el haber conocido a los abuelos, disfrutarlos cuando pasaban por este mundo. No me tocó a mi.
      Abrazos.

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  2. me encantó tu texto

    lleno de melancolia

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    1. Gracias Mucha. Espero que te gusten los próximos.

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    2. Gracias Mucha. Espero que te gusten los próximos.

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  3. me encantó tu texto

    lleno de melancolia

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