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martes, 30 de agosto de 2011

Cuestiones de identidad

De repente, al terminar el curriculum para un casting de un nuevo seriado televisivo, reconoció haber interpretado tantos personajes en su oficio, tantos rostros y voces diferentes entre sí, que entre los papeles de su larga lista actoral confundió su nombre y no supo de quién era la foto frontal de la presentación.

miércoles, 24 de agosto de 2011

Ciudad fotográfica

En los últimos años de vida, un fotógrafo reconocido se dedicó a capturar con su cámara cada lugar y rincón de la ciudad de manera exacta, sin dejar nada por fuera. Manchas en los edificios, ladrillos acanalados, adoquines de los andenes, huellas de personas, relojes en las azoteas, ropa en las ventanas de los apartamentos, condones usados en los puentes, ascensores, almohadas, cámaras réflex, chicles pegados bajo pupitres de colegios, cuartos de moteles, tapas de alcantarillado, rollos revelados y utilizados en empresas absurdas, piedras, hojas, crayolas, moho en las partes húmedas de un museo,  pelotas y cometas perdidas en patios traseros, libros en un agáchese y papeles en cestos metálicos, pasaron por el lente y fueron imágenes para duplicar. Cuando no faltaba espacio por tapizar, el artista urbano elaboró un cartel, también fotografiado y revestido, y en él escribió una sinópsis sobre su poética. Algunas personas no han leído la conceptualización de la obra magna, nada han dicho acerca de los cambios en las calles. Pero quienes lo leyeron no ocultaron el asombro por las posibilidades del arte. Con orgullo disfrutaban la nueva ciudad.

viernes, 19 de agosto de 2011

La muerte del General

Yo estaba en la Plaza cuando el General habló. En mi casa lo escucharon por la radio, pero yo estaba cerca de la Plaza y tres soldados me invitaron al evento. Claro, cómo me iba a negar.
La gente no parecía asustada, y sostenía banderas de color… mejor no lo digo, después la agarran contra mi quienes mandan ahora. Si el General hacía pausas en el discurso, las personas ondeaban las banderas y nada decían, sólo se escuchaba un silbido de papelitos en el viento. También unos partidarios me dieron una, y ya ahí, qué más sino colaborar.
“A partir de la fecha la ciudad está bajo el orden de la junta militar. Les recomiendo acatar las directivas dispuestas por la autoridad legitimada. Aconsejamos tener cuidado con las actividades en grupo o individuales opositoras a la Junta, sean comprensibles, no queremos la intervención de alguno de estos gentiles servidores suyos”.

Recuerdo… eran más o menos las líneas del General. Lo dijo en otras presentaciones en la ciudad sin cambiar una sola palabra, parecía querer acabarlo de tanto decirlo. Luego la ciudad fue tomada por Los Otros, el día de la Revolución. También estaba yo cerca de la Plaza Central y unos soldados, digo, camaradas, me invitaron a la arenga; también había gente con banderas ondeantes, aunque el silbido de papelitos en el viento desapareció entre los aplausos y vivas. En la tarima, el Comandante hablaba y no el general, quien frente a un pelotón esperaba la orden para ser acribillarlo. Lo extraño no era eso, lo extraño era el rostro del hombre, como si dejara de esperar; y según me dijo uno de los camaradas, él tomó esa actitud apenas se enteró de su orden de captura y el veredicto en la Plaza Central.

martes, 16 de agosto de 2011

¿Dónde está la canica?

El juego de encontrar la canica en uno de los tres vasos tomó cierta popularidad en la ciudad. Madres y padres cabezas de hogar entraron en crisis económica al apostar; creían que era un golpe de suerte y no les parecía raro la falta de un ganador hasta el momento. Pero en una de tantas mañanas, en la cual pululaban los interesados en el esparcimiento nulo en probabilidades generosas, apareció el primer y último victorioso. Fue, quizá, quien arriesgó la suma de dinero más grande para encontrar la canica tan extraviada a todos. Incluso el propietario del juego exhibió una leve irritación en las mejillas al ver tanto billete de alta denominación sobre la mesa. Tuvo unos minutos de duda antes de emprender los movimientos en zig-zag con los vasos y hablar más rápido y más duro de lo normal. Al parar no alcanzó a preguntar ¿En dónde está la canica?, pues el nuevo apostador señaló sin titubear el vaso contrario al señalado por el resto de personas y, en efecto, ahí estaba.

Hubo un aplauso corto y espaldarazos de felicitación. Aunque el ganador partió refunfuñando y sin recibir el pago. Al día siguiente apareció con una orden de clausura del juego. Sostenía haber sido timado según las normas estipuladas en el régimen jurídico de la suerte y el azar.

viernes, 12 de agosto de 2011

Cuestión de mirar bien

Un anciano ciego, sentado en una banca de la Plaza de Bolívar, le preguntó al hombre que lo acompañaba sobre las palomas y las semillas en su mano.
–No veo ninguna paloma–le respondió.
–Vea, ahí están, son dos y comen de su mano –reiteró el anciano ciego.
–Está equivocado, no hay nada.
–Sí hay, no sea terco.
–Pero si no…
–Vea bien.
Al rato de estar observando su mano, las semillas y las palomas, el hombre dijo:

–¡Oiga!, tiene razón.

martes, 9 de agosto de 2011

Editores de video

Preocupada por la poca garantía de privacidad en las personas, la Policía Municipal, con apoyo del departamento de medios de La Corporación, instaló un número desconocido de cámaras en diversos puntos de la ciudad para afianzar la libertad de locomoción por los espacios públicos. Un servicio a favor del transeúnte olvidadizo las 24 horas del día.
Muchos de los ciudadanos monitoreados, cuando cometían acciones en contra de su bienestar, o el de otros, han sido acusados en el Tribunal Superior, el cual impuso sanciones graves sin dar derecho a réplica a los acusados. No había manera de hacerlo. Las pruebas registradas eran tan contundentes, y en High Definition, que al ser culpado después de ver el video, el infortunado aceptaba los cargos sin ninguna objeción a pesar de tener una familia entera como testigo de sus noches convalecientes en casa por una fiebre amazónica.
Gracias a las cámaras varios cartógrafos e historiadores de la ciudad descubrieron lugares desconocidos hasta ahora. Además, arquitectos, diseñadores e ingenieros civiles corrigieron errores no visibles en las calles antes de ser expuestas públicamente las grabaciones.

El proyecto funciona en rigor, como se ha podido verificar. La mayor parte de este logro se debe al trabajo íntegro de uno de sus principales equipos, el de Edición de Video.

jueves, 4 de agosto de 2011

Aquí trabaja Tijeras

En la ciudad se ideó una campaña contra las situaciones de peligro latente entre sus habitantes. Era una serie de carteles que cualquier persona descubría en las calles más favorecidas por nulo alumbrado público, automóviles presurosos, vendedores de San Andresito, policías y ladrones, mimos insistentes y sindicatos religiosos. El objetivo consistía en describirle al transeúnte los incidentes potenciales al seguir su camino por el lugar donde uno de esos anuncios se hallaba. Traemos un ejemplo:
“Aquí trabaja Tijeras. Si usted recorre esta cuadra sin cruzar la calle, seguro conocerá al llamado Tijeras, hombre de generosas palabras y diestro en el manejo de armas punzocortantes. Es posible verlo sonreír al acercarse y saludarlo, después hurgará en sus bolsillos con el beneplácito suyo, crea, será así. El Tijeras sabe correr, pero no se marcha sin despedirse y garantizar un buen día”.
De manera insólita los mensajes funcionaron al revés. Aunque los riesgos en la ciudad aumentaron, las personas avalaron el proyecto y enviaron cartas al Gobierno Municipal con el fin de realizar “críticas constructivas en la investigación”, anhelando mejorar el contenido de los avisos, porque Tijeras hablaba medio lento, tenía una gorra de los Chicago Bulls ocho rayas original, unos tenis Nike cámara de aire y un cuchillo fabricado por él mismo con un bisturí y cinta aislante.
Los publicistas encargados, preocupados por la inseguridad, y por las cartas, analizaron cada punto de su iniciativa. A la semana, el mismo ejemplar, en la misma calle, decía:
“Cuidado: posible maleante. No recorra esta peligrosa calle. Puede ser víctima de ladrones inescrupulosos, los cuales, al amenazarlo con el objetivo de usurparle sus bienes personales, intentarán lesionarlo de gravedad. Cuide su vida y la de los suyos. Deténgase acá. El bienestar de los votantes nos importa. Tenga usted un buen día”.

Nadie bajó de nuevo. Las personas que entablaron cierta relación con Tijeras descartaron volverlo a ver. Y aunque el objetivo se cumplió, la ciudadanía le pidió explicaciones al Gobierno Municipal sobre la elaboración de carteles preventivos en vez de atacar los problemas detallados en ellos. Se decidió, tras arduas reuniones de trabajo del Concejo Regional en una inesperada sesión cerca de un balneario, cancelar el financiamiento de la campaña y reducir la nómina de publicistas, claro, impulsando la experiencia “rebuscadora” de los profesionales veteranos en la competencia laboral. ¿Y Tijeras? No tuvo de otra: interpuso una tutela por falta de apoyo del Estado para desarrollar su oficio con las mejores garantías.

lunes, 1 de agosto de 2011

Caudillo

Sólo con escucharlo sabíamos la verdad. Venía de sofisticar su discurso por los pueblos cercanos. Traía un séquito agitador de pancartas con su nombre y promulgador de vivas. Así entró en la ciudad, y de inmediato fue hacia la Plaza Central, donde sus seguidores buscaron sitio para el ensamblaje de la tarima de cara a la campaña.
De tanta algarabía y ondeada de banderas, varias personas que pasaban en ese momento por la Plaza les entró la curiosidad y se acercaron. Entonces el hombre, cuando veía un buen número de oyentes, subía triunfante a la tarima y saludaba a la gente mientras acomodaba su traje, luego pedía silencio a sus seguidores y con la mano izquierda alzada iniciaba la arenga.
Cómo y por qué la gente le creía, nadie lo sabe. Apenas salían las primeras palabras de su boca, el público quedaba seducido y cada intervención era finalizada con un estruendo de vivas y aplausos. Muchos lloraban de la emoción. Hubo quienes en un estado de perturbación lo veían igual a un santo: arrodillados le pedían un milagro, el de la palabra.
Enérgico, figura de criollo, cabello engominado, sonrisa continua y orgullosa. Ningún académico conocía un tema desconocido por él. Hablaba de todo y discutía sin temor sobre asuntos enredados. La gente de la ciudad se maravillaba con su voz y soñaba con sus sueños cuando discutía en los barrios, en las casas, desde el palco del Gobierno Municipal, hasta el punto de convertir sus ideas en obras físicas y morales de la ciudad.
Se ganó nuestro clamor. Sus enemigos políticos desecharon cualquier ideal propio y coincidieron con su causa. La Iglesia lo respaldó, inclusive propuso beatificarlo, y pensadores importantes legitimaron su discurso.
No tenía enemigos; y fui yo, el más fiel simpatizante en cada una de sus manifestaciones públicas, el ejecutor. Así lo decidimos. Esperé sus palabras ese día para sentir la felicidad, alcanzarlo entre la multitud con la necesidad de tocar a un ídolo, ver su rostro sonriente cerca al mío y dispararle entre los ojos mientras le agradecía vivir y conmemorar su nombre.
Nadie me recuerda, pero sé que a él lo honrarán con una escultura de bronce en la Plaza Principal, donde las futuras generaciones escucharán su historia.