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miércoles, 17 de diciembre de 2014

Ella (Olvido mecánico)

Terminó la relación con un punto aparte, en el margen de una aventura y el agotamiento de un cariño etiquetado a través de los años. Recordó esa noche en su casa, cuando sentada en la cama lo veía a él de pie, recostado contra el tocador, y evadía esos “ojos recriminantes”. Le contó sobre el otro, lo elevó en cualidades, y al dejarse ir por el fanatismo inicial de la novedad, no supo en qué momento había quedado sola en la habitación. Escuchó unos pasos en las escaleras y un hasta luego como disfraz para su madre, quien desde la sala intentaba pensar en otra cosa y rogaba que su telenovela favorita iniciara pronto.

Pero entre el pecho y sus manos tenía el desarraigo; sensación de no volverlo a recordar, ni en cartas de novio, ni en besos frenéticos. Intentó pensarlo en alguna noche de caminatas y charlas por la ciudad, intentó retener su imagen de confidencia en la derrota. No pudo, sólo quedaba ese último señuelo de que existió para terminar. Allí algo la alejaba en desbandada, el desvanecer de los segundos, un saludo cualquiera al tener prisa,  un adiós dulce y perfecto.

martes, 2 de diciembre de 2014

Él (Olvido mecánico)

Arrancó el amor en una noche. En su habitación, después de haberla recordado, después de haberla nombrado, la buscó en los libros de poesía que tanto dedicó en momentos de fanatismo y que ahora recogía de manera mecánica. Cuando dejó de leer, agotado por el sueño, tomó una tijera y deshizo en pedazos cada secreto compartido en esas hojas de palabras ya ajenas. Recordó el trayecto del carro de la basura al día siguiente, y antes de dormir echó en una bolsa de plástico los desperdicios de comida, los retazos de papel higiénicos usados y el desastre de papeles rotos regados en el piso de su habitación, todo directo al bote de basura comunal de su cuadra. Al amanecer escuchó la charla de los recolectores mientras desayunaba y preparaba su día de trabajo. Se felicitó por no dejar pasar otra semana sin hacer la limpieza.

martes, 11 de noviembre de 2014

Felicidades, su Chocoramo


Hay un mercado en Ciudad de México que es una tienda esquinera colombiana; un consulado gastronómico donde el acento paisa retoma su lentitud dulce y es preocupante el no estar atento al cambalache. El Mercado Medellín abarca una manzana entera de la colonia Roma, en pleno corazón urbano, y se ha ligado a la pululación de restaurantes y panaderías donde los buñuelos y pandebonos se mezclan con el ajiaco, el sancocho y la bandeja paisa. Hay vallenatos y cumbias, tres colores ondeantes de un continuo 20 de julio y voces invadiendo las esquinas con un anecdotario de ritmos bogotanos o caleños.
El mercado toma el nombre de la calle en la cual despierta con un sabor a fruta y sur. No es una referencia a la ciudad fraguada en la cordillera de los Andes, es parte de la toponimia derivada de los municipios veracruzanos, tierra de fandango y jaranas. Aunque este Medellín en la vida chilanga pareciera ser el territorio de la parranda y el acordeón, los sonidos al interior de los Macondos restauranteros.
Entonces llegan las postales imaginarias, y hay un recuerdo de las tardeadas: aquel pastelito rectangular cubierto por una capa de chocolate que al morderla se quiebra como si revelara el mapa de un tesoro.  Pero el pastelito sólo es pastelito cuando cruza la aduana, tiene su revisión antinarcóticos y eleva la alegría de algún colombo perdido en México. Antes, en el inicio del  sur, en alguna ciudad con un parque Simón Bolívar, su designio es ser ponqué y viene empacado en una bolsa naranja, confite gigante, regalo cotidiano. Con ese anhelo glotón camino hacia Medellín. Busco un ‘Chocoramo’.
En la entrada del mercado observo el mural: hay frutas desbordando canastos, hay fiesta de carne y maíz. El mosaico latinoamericano antecede el recorrido por un laberinto con paredes de guayaba, yuca, papa, cocteles de camarón y piñatas ‘Darth Vader’ o  ‘Supermán’. Pero tengo un hilo de Ariadne, busco mi guía gastronómica en las banderas colgantes del tejado.
Paso cerca de Perú, siento el mate argentino y la papaya brasileña. Escucho a una señora venezolana preguntar por masa para arepas y un cubano de canas me invita a probar los helados hechos con recetas de su isla. Me pierdo en un local donde los chilaquiles son un plato de orgullo y cruzo palabras con un hombre en busca de café. Cerca está la bandera final. Una emoción pequeña, de bambuco y cumbia en reclamo, a pesar de mi ignorancia de pies y azote de baldosa, se intenta extender en una mirada sin parpadeo.

-  ¿Va a querer algo? -pregunta una mujer joven con indicios de primera venta.
- Sí, un Chocoramo.
- Voy a ver si hay, sólo tenemos en paquete.

Antes de yo indagar el precio y hacer matemática de bolsillo, la joven se encamina hacia un local con algunos trotecitos.
En el lugar donde espero hay un mostrador decorado con latas de Pony Malta y de refresco Colombiana. En México la gaseosa deja de ser gaseosa y se convierte en refresco. Hay, también, bolsas de café Sello Rojo y de arepas de queso.

 - ¿Quiere algo más? -dice un hombre con palabras de barrio bravo al arquear las cejas.
 - No, gracias, sólo el ‘Chocoramo’.

Al pronunciar la palabra mágica, la joven aparece de la nada. Trae un paquete de lo preciado. Es el tiempo infante en el Parque Industrial en Pereira, de juegos y ‘Perlita’ de vainilla para acompañar el ponqué en la hora del “algo”. Es el tiempo universitario de cafetería llena de jugadores de dominó y punks no muy punks. Es el tiempo citadino cuando salía del trabajo y antes de tener mi turno en el bar pedía en una tienda esquinera el pastelito cubierto y unas galletas ‘Festival’ sabor limón.

Resulta imposible obtener el paquete de cinco, preocupaciones de quincena etérea. Haciendo malabares verbales en busca de una rebaja, la joven acepta, con nulo aprecio hacia el cliente, venderme dos piezas. Gesta heroica en mi historia dulcera: tres mil quinientos pesos por cada Chocoramo. Aunque el escalofrío de mano triste en el bolsillo del pantalón dura poco. Compro, al salir, una leche de caja en una tienda mexicana, y sentado en la banqueta del estacionamiento del mercado Medellín (no andén sino banqueta, no parqueadero sino estacionamiento, el paso del lenguaje en la aduana) abro con paciencia de amante secreto la bolsa naranja y puedo, casi al inicio del llanto, honrar un artificio del recuerdo legado desde los años cincuenta en Colombia.







lunes, 20 de octubre de 2014

Torre de Babel



Bien podría ser consulado mundial. No hay nacionalidad de privilegios, y coleccionar sellos migratorios implica entrar en un juego de libretas para nómadas, lleno de letras confundidas sobre un espacio de ojos y café con horas de insomnio. Plaza y callejuela, ciudad momentánea de reloj rígido, barca políglota, abecedario cosmopolita.
Torre de Babel.
De una silla a otra salta el español y será portugués. Dejo atrás las costumbres de ministerios y la economía nacional como sombras despegadas del cuerpo. Día de nacer en la patria de la espera hacia el cielo, cuando especímenes de migración revisan libretitas con nombres y escudos. Me apartan de la realidad con estandarte y geopolítica. Aquí no tengo país y el niño que era USA juega conmigo.
Busco el vuelo hacia Costa Rica y pienso en la vacuna contra una fiebre de color alucinante. Pero los transbordos tienen su constitución y la visa es mi origen y destino. Consulados de país en país de tres horas donde pregunto a un salvadoreño en Bogotá y en San José un chino lo repite: ¿This is the room? –his question - ¿Where are you going to go? –my question - To Mexico –his answer - yes, it is the room –my answer.
Fiesta de pasillos, economía básica, durmientes en esquinas. En México alguien de California a Panamá, de Quito a Monterrey. Hay una carrera de maletas con destino Cuba. Lejos se despiden de la ciudad de estrellas bajo sus pies. Room 15 o 32 en el pasaje; villa atemporal.

Podía ver a cada persona recorrerlo, como lo he recorrido, en la fatalidad de no ser migrante por completo. Vivo en una nación fragmentada, pertenece a todos y a nadie.

miércoles, 27 de agosto de 2014

Señal de N

Nacianceno Vargas vio la primera página del periódico. Buscó la sección de política y judicial e hizo un movimiento afirmativo con la cabeza. Solo una letra de imprenta se asomaba en aquel papel limpio, una isla inmersa en el océano. Imaginó la sala de redacción vacía, desprendida de su lógica diaria, como si llegara una huelga o las vacaciones anuales.
Sucedió así, suponía, y poco le importó, aún siendo un fiel lector noticioso antes de salir al trabajo. No había otra consideración que bañarse, vestirse, tomar el café, doblar el diario bajo el brazo y caminar con ningún gasto de letras completas sobre la calle del sol ritual, donde no le pareció extraño ignorar el precio del dólar, la temperatura de la ciudad, los balances de las empresas. Al doblar en la esquina no era relevante la ausencia del vendedor de diarios, que debió dejarle el suyo en la puerta de su casa. Tampoco el olvido de saludo del vecino y la falta de los autos aparcados en lugares prohibidos.
Si bien pudo llegar a la estación del metro, encontrarla cerrada no lo irritó. Menos el no cruzar palabra alguna con sus compañero de trabajo, quienes siempre llegaban por la cuadra cercana a la venta de tamalitos y atole. Las hojas noticiosas sin noticias seguían bajo el brazo, y cuando supuso que en ese día no habría jornada laboral, decidió escapar hacia un espacio abierto. Hojeó el periódico, reiteró, y cruzó la calle sin fijarse en los cuatro carriles y las señales de doble vía. En la entrada a la Alameda del Centro Histórico veía sillas despejadas a cada lado, buscó la más cercana a la Avenida Juárez. Médula del parque o periferia eran lo mismo.

Y de nuevo leer la letra N, admitiendo un gusto particular por el descenso de palomas para comer maíz, aunque ni anciano con bolsa de semillas, ni mujeres llevando a sus hijos al colegio, ni hombres de corbata asustados, ni claxon de taxi o bus repleto de jóvenes colegiales, aparecían. Era la N impresa, y él tan cerca, leyendo de cualquier forma la única lucidez despierta en una historia donde podría aburrirse en la nada, igual a la letra, tatuado en medio de una ciudad flotante y vacía.

sábado, 2 de agosto de 2014

Un 'Cielitolindo' para los terremotos

En una ciudad susceptible a las preocupaciones familiares y los rezos apresurados cuando un movimiento telúrico no da espera, nada mejor que Cielitolindo.
No nos preocupamos por el sismo de momento, ni por las pérdidas económicas en estos agasajos de la tierra. Nuestra intención no es anticipar, mucho menos tener precauciones y métodos de emergencia en rascacielos inteligentes o casas decimonónicas. Con Cielitolindo usted no podrá apresurar a los suyos para salir rápido del hogar y, de paso, salvar el televisor de plasma ultra HD 40 pulgadas ante una inminente caída de la mesita de noche.
Los rostros de temor y las injurias contra el gobierno al sentir bailar el piso bajo sus pies, son nuestra prioridad; nuestros sectores, la salud y el entretenimiento. Cielitolindo ha sido un éxito en la reducción del estrés en una sociedad destinada a vivir sobre una superficie sismológica. Además, su utilización no es del otro mundo, y la eficacia es avalada por un colectivo anti-disuria inicial cuando sus integrantes piensan en aquellos trémulos inconvenientes.
El servicio requiere de un chip instalado por nuestros especialistas en su hogar, el cual se activa al registrar un movimiento del suelo (no aplica en casas, fábricas o edificios cerca de estaciones del metro, autopistas de carga pesada o estadios de fútbol). Como es lógico, en circunstancia de baldosa floja el cliente empezará a tener dudas sobre el origen del vaivén, descartando el aliciente etílico o un temor por tres semanas de retraso. Los ojos incrédulos, los “Jesús mío” con camándula en mano y las salidas bruscas no se harán esperar. La clásica frase “Está temblando” se evocará en la calle y las miradas hacia los techos y el cielo no resultarán una mera coincidencia.
Con el Cielitolindo instalado el miedo es historia. Ya sea un vaivén de cuna o un terremoto sin precedentes, usted actuará evadiendo la paranoia. Eso sí, entre más arquee las cejas Charles Francis Richter, mayor calidad tendrá la diversión. El procedimiento no tiene complicaciones: a cada escala del sismo una serie de colores se proyecta sobre su cabeza y empieza a jugar al son del movimiento telúrico, llevando la brusquedad a un ambiente apacible de ritmos y armonías, creando figuras y formas de sus mejores recuerdos con la posibilidad de configurarlos por internet. Algunos prefieren encontrar en aquellas combinaciones lo más excelso del arte, otros, y otras, un gol inolvidable del equipo de los amores, una Mónica Bellucci apretando con sus labios una fresa o un Robert De Niro haciéndola del joven Vito Corleone.
Pero la sorpresa no termina. El holograma de colores y su combinación es acompañado de una canción clásica de la nostalgia y el sentimiento grupal, un claro himno de la ranchera convertido en el armonizador por excelencia en diferentes latitudes del orbe. El tema musical Cielito lindo será un instrumental cuando usted vea las figuras adornando el espacio alrededor suyo, y aunque en sus primeras experiencias no le encuentre lugar a nuestro servicio, es innegable el estado de sosiego generado con estapieza del arte mexicano. Así, poco a poco entrará a ser parte de los clientes agradecidos, los cuales, al ver su casa agrietada, no toman medidas drásticas que propicien un accidente, y se deleitará con el esbozo de un cuadro de Marilyn Manson o Frida Khalo mientras tararea la sierra morena y canta y no llora.
Tras el éxito comercial, ahora hasta las multinacionales adquieren Cielitolindo, sobre todo aquellas donde sus empleados trabajan en edificios de más de 50 niveles, con un sueldo injustamente agradecido y un tiempo justo de trabajo de 12 horas por día. Inclusive, los gobiernos nacionales han buscado favorecer nuestro servicio en las metrópolis, instalando el chip en lugares estratégicos para socorrer a cualquier ciudadano sorprendido por un sismo en la calle, armonizándolo con su entorno y recordándole, no sobrarán los sponsors mínimos, que el gobierno de turno no descuida a sus votantes.
Lo hemos dicho, Cielitolindo aumenta su cuota de entretenimiento si el temblor parece el último día de su vida. Por ello, muchos de nuestros clientes demandan mayor preferencia en sus configuraciones. Quienes se dejan llevar por el nacionalismo o alguna nostalgia, prefieren un vallenato o una polca como relajación. Otros buscan melodías personales: la elocuente Highway to hell de la banda británica AC/DC, o la noventera y no olvidada Yo no soy grillero de la neoyorquina Proyecto uno, son ejemplos.

No importa el caso, en Cielitolindo trabajamos para darles un mayor gusto a nuestros clientes, pues cuando un problema crece bajo nuestros pies, no hay mayor cordura que alzar la vista hacia las nubes.

viernes, 25 de julio de 2014

Palmillas


Piso el suelo de PalmillasEl viento tiene algo de polvo. He bajado del autobús. Hay un preámbulo de calor. Una corriente tibia y lenta pasa. He bajado en medio de la autopista con sus autos sin espera. Es directa, nada la detiene, ni el paisaje de caña, los campesinos en sus sillones o alguna tienda al borde de la carretera con promesa de cerveza y Coca-Cola.
Si hubiera seguido el viaje tendría un inicio de mar. Me recibiría una cabeza olmeca y podría divisar el horizonte desde la playa. Imaginaría a Cortés acercándose con su cruz. Cantaría el recuerdo de Agustín Lara sin ritmo ni memoria, pero reconociendo que Veracruz me llevaría a una noche en otra geografía amurallada. lo una vez he visitado Cartagena, y junto a quienes llamo Daniel y Mayra escuché vallenatos destinados a un panameño y una canadiense. Un amor de besos y viajes frente al reflejo de la luna en el Caribe.
Pero piso el suelo de Palmillas mientras el hombre frente al volante del autobús me da instrucciones sobre cómo volver a Córdoba, la ciudad donde está la sala de redacción del Diario El Mundo. Aunque las indicaciones reafirman el sentido paternal de los mexicanos. Ellos pueden echar su vida al olvido con tal de ayudar si hay un “gracias” al final. Una palabra que para otros es mera cortesía, en la paciencia del conductor por oírla es un objetivo de cordialidad cumplida. Volver es fácil. Se debe cruzar la autopista y esperar el arribo de otro bus en dirección opuesta. No es necesario el señalamiento de cartógrafo. Sin embargo, es importante decirle “Gracias”.
La vía me recuerda a Guayabal-Armero, mi pueblo colombiano al borde de una ruta  que conecta el sur del país con Bogotá. Veo a un anciano de piel quemada y alpargatas recostado contra el portal de una casa. Pregunto sobre la carrera de caballos de la feria de Palmillas. Es la una de la tarde y los sombreros parecen ser el símbolo patrio de este pedazo del municipio de Yanga, “El primer pueblo libre de América”, según lo escrito en carteles turísticos, una comunidad ejido gracias a las reformas agrarias y las tramas de poder de la Revolución Mexicana. “Tierra y libertad” es la memoria moldeada con juegos políticos en la imagen de Emiliano Zapata, el revolucionario de bigote envidiable. Una herencia artificial posible de leer en las paredes de la sede de cualquier sociedad veracruzana de campesinos.
El anciano señala el punto donde encontraré la plaza central. Siento caliente la suela de mis botas. A través de mi espalda baja una gota de sudor. Necesito sombra y cerveza. En la primera tienda que veo una jarocha duda de mi acento y reconoce mi origen cafetalero, pero de Veracruz. Mientras tomo una ´Victoria´ y pienso en una ´Póker´, imagino la forma del pueblo, una especie de urbanización olvidada, una inversión cancelada por aburrimiento. Palmillas tendrá la figura de un círculo, sus calles, de asfalto gastado y montículos de tierra en los costados, se dirigen a la plaza, el lugar donde es necesario ir si se quiere tomar otro rumbo.
Arribo al ombligo de Palmillas. Para estar en tiempos de feria hay silencio. Entro en una iglesia, es el lugar menos caliente. ¿El sacerdote?, pregunto, “Descansa”, me dice una señora que limpia los pies de las figuras de los santos en sus pedestales. "¿El ejidatario?, pregunto. La mujer me hace esperar mientras lo buscan en su rancho. Envía a un niño con cuerpo de garza que al correr podría ser alejado del suelo sí asomara un viento descorazonado.
Aguardo la llegada del ejidatorio en la plaza. Visito los juegos mecánicosAl mediodía son un cuadro esteril. Bajo sus sombras proyectadas los operadores descansan, comen tacos placeros y toman cerveza o Coca-Cola. El ruido parece desvanecido. Un régimen de sopor instaura su lógica. Los movimientos son lentos en las pocas personas alrededor, y hasta los papeles de colores, amarrados a los metales vencidos de la rueda y los carritos chocones, dan la sensación de pesadez.

Sin otra idea de cómo esperar decido subir al quiosco central. Recorro una escalera tambaleante a esa atalaya sin paredes. En su base charlan algunos ancianos, comentan la carrera de caballos. Vendrán los “más chingones” de  otras comunidades, dicen. Desde lo alto la perspectiva del pueblo cambia. Encuentro en sus casas y habitantes algo de refugio; la tranquilidad de un orbe que olvida el resto al ser olvidado. Observo un salón comunal cerca de la calle que recorrí y veo en su patio a un grupo de activistas políticos del Partido Revolucionario Institucional. Traen pancartas, el estandarte rojo, la música de cumbia y banda, la primera bulla del día.

Llamo a Manuel Ureste, mi editor. Mrecuerda no prestar atención a cualquier actividad panfletaria, menos si son de los partidos grandes de México. Doy la espalda. Entonces veo la postal, las dos tiendas de sorpresas bajo sendos árboles que despuntan en un amarillo y verde difícil de evadir. Buscan ampliarse, inflar sus cuerpos de madera. Están unidos al quiosco por una serie de papeles de colores. En ese momento Palmillas no es un simple gasto de lo normal en un día caluroso de fin de semana. Allí hay otro lugar, un mensaje, una suerte de susurro o guiño capcioso, algo no definido completamente y es su tranquilidad mantenerse así, atento a cualquier asombro para dejarse habitar por un instante y ser un lenguaje hallado en la búsqueda de casualidades. Poco dura lo que intento describir. Me quedo con su memoria, mi manera de retenerlo. Bajo del quiosco. Un hombre junto a un niño me saluda desde una esquina. Un anciano confirma la llegada del ejidatario.

lunes, 30 de junio de 2014

Rutina en los bancos

No llegar a tiempo al banco es una obsesión. Debía pagar la deuda hipotecaria y faltaba poco para el fin de la jornada. Por las calles, corriendo como si escapara de una maldición, ya imaginaba al pelotero de gente en la fila. "Tanta güevonada " pensó, y previó sus alegatos con el cajero, la casi modelo de atención a clientes, la gerente bancaria con su café en mano y la ancianita que pagaba una deuda de las prestaciones de salud con monedas de baja denominación (EPS y ancianita en un banco: clásicas del tedio en Colombia). Cuando llegó la puerta estaba cerrada. Lo recibió la cara de mala leche del portero. "No pasa joven, ya son la cuatro de la tarde ¡madrugue!".
Quiso resignarse. Salió entre empujones de la muchedumbre que formada frente al portón pedía, imprecaba y suplicaba al guardián una ayuda. Y aunque no había duda en la resistencia sólida, la presión no tuvo escrúpulos y en una desbandada, concierto gratis de emisora popular, los morosos se abrieron paso y eliminaron la autoridad. "Ya pase" le dijo el portero sin importarle nada.
No lo dudó, y corrió hacia las cajas mientras el desazón empezaba a llegar, junto al calor de la tarde, la gastritis frenética y la fiesta de insultos en una fila que no dejaba de crecer en tamaño como en aquellos paseos familiares de la empresa donde trabajaba su padre. No podía hacer el trámite otro día. Tomó su lugar, el último, e imaginó una recompensa ante la espera, algún descuento sorpresa o la suspensión de los intereses. Si no era así, el ser atendido por la linda cajera de la semana anterior, el recuerdo de su guiño de ojo y el tuteo, era ganancia.
¿Me cuida el lugar? No se cole, respete Me faltaron unos papeles y me va tocar mamarme de nuevo esta cola. Palabras comunes en un lugar común. Ni siquiera el mural de Lucy Tejada, pintado en una de las paredes del banco, podía salvar la alegría de un ahogo de papeles y héroes de la patria quizá falsificados.
"Señor Vargas ¿trae el dinero de la hipoteca?" Le dijo alguien de corbata y zapatos lustrísimos. "Bueno. Le tenemos un lugar especial". Brisa refrescante, pintadito con pandebono esquinero, tarde sin preocupaciones para ver el cotejito futbolero de taxistas rodillones en el parque Gaitán. Dejó el fracaso, el sudor, el asma de la burocracia y caminaba detrás del hombre del llamado a los más nobles, hacia su reconocimiento y victoria.

Por primera vez agradeció su suerte. Sintió alivio al contar diez personas en espera antes que él. Los de la serpiente de deudas lo miraban con una mezcla de odio y admiración. Suspiró, detalló a sus compañeros de fila, alegres y exitosos. Sostuvo con ellos comentarios sobre el buen clima del día, aconsejó playas vírgenes para celebraciones de bodas de plata, memorizó alguna serie recomendada y alojada en Internet, rio con cierto cretino y su canita al aire. Vio al cajero de buen semblante, de camisa blanca, cabello engominado, certero, con una sonrisa de dientes perfectos. Vio a la señora de los tintos ofrecerle un vaso con agua o un café cargado. Faltaban pocos, tres a lo mucho. Vio billetes nuevos y seguros de un capital, vio ojos, conteos, dedos índices mojados con saliva para hojear papeles... Pero algo penetró en él y olvidó contestarle al compañero de fila, quien le preguntaba si Colombia pasaría a cuartos de final. No supo organizar el dinero, ni tener listos los recibos mientras se anunciaba su turno. Su cuerpo no respondió, parecía cargar un error del día, una prisión del destino. Sólo suspiró y lo supo: la gastritis y los malos pensamientos volverían cuando dejara al hombre del 5 - 0 a favor de Colombia con la palabra extendida y tomara el último lugar en la antigua fila, en su ecosistema real, en las crecientes mentadas de madre aseguradas por casi dos horas hasta ser atendido.

miércoles, 4 de junio de 2014

“Pásele, pásele a los tacos”


Los tacos no son premeditados. No se presentan como antesala o reflexión gastronómica a la hora de posibilidades alimenticias, según las normas del mediodía y de la noche. Fíjese en la orden de cinco al pastor, en la mano temblorosa del comensal a su lado, quien admite las ansias de un campechano sin reproches de salsa verde y una posible gastritis. Lea el júbilo de comida de mamá, cerveza bajo el sol o arepa con queso en una mañana sabatina. Lea esos ojos incitadores de algo más que un gusto; relegan el hecho básico del hambre para reinventar un instante feliz, tal vez de cinco o diez minutos, cuando usted se acerca a un puesto cualquiera donde el olor es genuino y el taquero saca de la paila un pedazo de longaniza y otro de suadero. Con un cuchillo de asesino en busca de fiestas precoces, corta la carne en pliegos sobre un tronco de madera, mientras las tortillas miniatura se calientan y hay tiempo de envolverse en la fritanga: dejar la ciudad a un lado, la ciudad donde en cada esquina unas lucecitas brillan y retienen a la gente en casetas blancas, “Pásele joven”.
“¿Con todo güerito?”, le dice el elocuente hombre del delantal grasoso. En una taquería siempre hay “güeritos” y nadie deja la juventud. Y el “todo” son pedazos de cilantro y cebolla (a veces piña) sobre la longaniza o la barbacoa envuelta en dos tortillas. Pastor, cabeza, ojos, lengua, nada se desperdicia. Pida una orden de cinco y admire de nuevo el arte de su preparación, el humo saliente de la paila y la mano que le extiende el plato de plástico con su otra tanda. Aprenda a agarrar el taco y a morder de uno de sus extremos, por el otro ve caer al plato el envuelto líquido de la fritura. Quizá piense en una sangría o un jugo de frutas, esos niveles “extremos” de azúcar reprimidos ante la Secretaría de Salud Federal.
El don de corbata, el jornalero de mochila, el bolero de la plaza, la mujer de ropa deportiva, la pareja de jóvenes borrachos, el extranjero, el campesino, el Jefe de Gobierno, el dueño de la telefonía. Nadie come sentado. Nadie suspira por sus tacos en una mesa, con reservación previa. Es una comunión, un gozo inicial del maízun pacto no premeditado.

Esa reunión improvisada alrededor de la caseta, donde hay un club de bocas ardientes a causa del picante de las salsas; esa orden de tres a quince pesos dependiendo de la proveniencia de la carne, esa noche en la cual las luces esquineras llaman a calmar sus inquietudes comilonas, esa involuntaria búsqueda de una felicidad fijada en la taquería cerca de su trabajo o casa, no permite la soledad. Usted reconoce la hermandad humana y el futuro promisorio que lo agita pareciera una epifanía sobre dos tortillas doradas, su altar más terrenal. “Pásele, pásele joven”.

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miércoles, 28 de mayo de 2014

Lo sentimos, Xenofobia

- Lo sentimos. Usted no podrá trabajar en este país.
- ¿Por qué? ¿Falta algún documento?
- Los documentos están bien.
- ¿Entonces?
- Es usted, no puede. El Sistema dice que no puede.
- Y cómo es posible, si ya me dieron el trabajo.
- Usted está en códigos rojos… por colombiano.
- ¡Ah! entonces si fuera gringo ésto no pasaría.
- Usted lo ha dicho.
- No sea malparido. Cómo voy a vivir entonces acá.
- Lo sentimos, es imposible. Es orden de la Cancillería repatriarlo.
- Cómo así, Eso no lo pueden hacer. Estoy legal.
- El reporte se hará en el transcurso de la semana. En días hábiles le notificarán la baja en su trabajo y su cita en estas oficinas para proceder con la deportación.
- ¡Cómo así! Yo vine a registrar mi estancia como empleado. Ustedes no pueden hacerme esto.
- Lo sentimos, son las reglas. Puede consultar en la página web las políticas migratorias del Gobierno sobre Imagen Nacional en el exterior. Ahora, retírese… por favor.
- No. Quiero hablar con el embajador. Esto es injusto.

- El señor embajador de Colombia no lo atenderá. No es su trabajo. Su país está en códigos rojos, comprenda. Retírese… por favor, y preséntese a estas oficinas cuando sea llamado para la deportación.