Etiquetas

jueves, 9 de marzo de 2017

Notas para una apología perruna

No es fácil escribir sobre el perro. Quien lo intente podrá iniciar con un ejercicio oral de  ladridos frente a un espejo, estirando el cuello poco a poco hasta alcanzar el punto sonoro más alto y desde allí lanzar la proclama canina como metamorfosis. Cuando la falta de aire disminuya el impulso, resulta deseable relajar los músculos y agazaparse mientras deja colgar la lengua. La memoria, entonces, conjurará una imagen elocuente de un paseo en el parque, una persecución en el barrio o los lametazos un domingo en la mañana.
Un perro es un visitante de lo cotidiano. Es un benefactor de las tipologías sencillas. Lo imaginamos a nuestro lado en la hora del almuerzo o en los azares de un estornudo. Aunque en la cinematografía es un rescatista en los bosques o el guardian del anticristo, su definición es el retorno al hogar, la espera indudable.
 Un gato, por otro lado, trae aquellos lugares comunes de las sombras en la noche. Su imagen sugiere el gran escape, la independencia de los saltos entre muros o la soledad de su pose en un balcón. Los gatos gastan las palabras en un ambiente de semáforos y lluvia y café. No anhelan ser extrañados en casa, parece no importarles, y nos gusta leer si hablan y cuestionan las divagaciones identitarias de las personas.
No es difícil, pues, escribir sobre felinos. Ya hay guiones y expectativas de asombro al doblar una esquina un lector. Allí radica el ronroneo, el maullo, los ojos fijos y desdeñosos, y la clave está en los tejados. Un perro poco o nada podrá sostenerse en uno, mucho menos saltarlos con exactitud esbelta. Su figura ilustra la rutina de la calle y los parques, la esperanza en los puestos de comida o en las bolsas de basura, el afán al escuchar el timbre de una puerta, la somnolencia en un pasillo o la frontera de una carnicería. Quién podrá hacerlo un monumento elegante de la cotidianidad, quién lo propondrá como emblema de las tardes o del mediodía entre semana. Pero esas son horas ocupadas. Parece que debemos esperar la noche y los días de descanso para aplaudir y destruir los códigos de barras.

martes, 14 de febrero de 2017

Fronteras

Salgo al corredor y me conecto a la red. Tengo una mesa plegable y una silla de plástico. Puedo acomodarme sin ninguna dolencia de rodillas y no imagino el encierro dentro de una caja de fósforos. Me refugio en un pasillo con el ancho y el largo de dos jockeys acostados, uno al lado del otro; es la frontera entre mi departamento y el de Fredy, el peruano que llegó al periódico para ser el editor en jefe de la Local. Conmigo se la lleva bien; le he pasado algunos temas vallenatos y La pipa de la paz de los Atercio. Soy su vecino, claro, la cordialidad sudamericana impera.
Fredy dice “¡Pucha, Tavo!” cuando me ve en el corredor en la madrugada, pues estoy sentado frente a mi computadora y él no espera toparse con alguien despierto al subir las escaleras y abrir la puerta de su departamento. Yo saco mi silla y mesa, enciendo el primer Camel y entro en la red. La señal en mi habitación es nula. Cómo no sentir ese impacto de lo inesperado al encontrar el rostro de un muchacho tergiversado ante la insípida luz de la pantalla y la nicotina. Mi vecino llega con una carga de nombres y voces a olvidar porque alguien obliga a hacerlo. No quiere pensar en tipos desvelados y entregados a ese mundo en el cual el peso de la saliva en la boca o de la tierra en las uñas resulta un simple juego virtual.
“Qué pasó, parce”, le digo sin apartar la mirada de una serie de videos de personas maniatadas y pixeladas. Me quito los audífonos, claro. “Nada, Tavo, nada pasa cuando lo ordenan. ¿Tú ves algo interesante?”, “Nada, siempre es el mismo contenido exagerado”, aclaro y dejo salir el humo de mi boca mientras Fredy enciende el cigarrillo que le entrego, le da una chupada y lo avienta por las escaleras. “Ya va a salir el sol”, dice al revisar el adorno de su llavero con el logotipo del periódico y escudriñar su reloj de mano, “Ya es hora de dormir, Hoy la chamba estará cabrona”, “Si, parce, ya me voy a desconectar”. Pero yo no aviento el último Camel a medio fumar: lo apago en un borde de la mesa y lo guardo en la cajetilla.