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miércoles, 30 de agosto de 2017

Pista para una leyenda urbana

Colecciono aviones de papel. Cuando las clases terminan y los estudiantes cruzan las rejas de los colegios aparezco. Ojalá no me imaginen como una sombra pegada a la pared, como quien viste gabán y sombrero y recorre calles sin saludar o preguntar una dirección. No soy una leyenda urbana. De serlo, me convertiría en el disfrute de sanatorios o de estudiantes de comunicación con tarea para el fin de semana. La crónica de color, eso sería, el periodismo urbano publicado en los tabloides dominicales.
Sólo quiero compartir mi impulso coleccionable. Quiero promover un colectivo alrededor de los aviones de papel, y no es necesario el hipo conversacional de internet. Un aeroplano se construye en el anonimato. Su diseño no tiene nombre o responsable que levante el dedo índice. Dejemos a un lado los elogios virales y las autobiografías. Si motivo en otros el interés por la ingeniería de la hoja de cuaderno o del octavo de cartulina, el rumor será el vuelo de un ejemplar (bond, tres dobleces, estrellas de lapicero en la cola, punta recta) lanzado desde cualquier ángulo de la ciudad.
“En sus manos tiene el primero de su colección”, leerá en una de las alas del avión al recogerlo luego de verlo aterrizar. De nada servirá contemplar el puente o cruzarlo en busca del piloto, mucho menos entrar a la fuerza en un edificio de apartamentos y tocar la puerta tercera del piso quinto. Aunque esa mirada detrás de una anomalía lo convierte en un posible miembro del colectivo. No interesarle sería hacer una bolita de papel y echarla a la basura. Entonces lee, supone, pregunta. Nadie le dirá cómo halló “el primero de su colección”, nadie le dará un cuadernillo de indicaciones o le susurrará una palabra secreta al oído. Está adentro, así lo sabrá, y en medio de una calle observa y descubre a los hombres y mujeres refugiados en la sombra de un puente, a los detallistas de las alturas que tropiezan por no bajar la cabeza y fijarse en los pies, a los aseadores y porteros de colegios en su charla con los vendedores de mecato de los paraderos de bus, a los profesores universitarios y bachilleres con una pila de papeles desdoblados bajo el brazo.
Observa y trata de recordar cada avión de papel sobrevolando el salón de clases cuando las arrugas de la camisa sólo eran una vergüenza materna. Observa y se pregunta dónde los guardan y cuántos vuelos a hecho “el primero de su colección” antes de volver a sus manos.

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