Etiquetas

lunes, 10 de diciembre de 2012

Nota para noviembre

Despierto. La flor de muerto cubre el piso. Debo levantarme para sentir en mis pies esa superficie de cosquilleos. Hace tiempo no tenía un sueño tan profundo, y el abrir los ojos es un sobrepeso en los huesos, una falta el movimiento. No me siento cansado, solo es una vaguedad diluida poco a poco, caminando, siguiendo el olor húmedo de la flor, el tapete amarillo creciendo en cada esquina. Pensé en una ilusión: en cualquier momento volvería a mi realidad, caería como una roca en un precipicio infinito.
La casa no cambia. Veo entrar a mis hermanos en las habitaciones, escondiéndose, saludándome, invitando al juego de calacas que inventamos. Veo a mi madre, joven, tomando de la mano a sus hijos, obligándolos a buscar lugar en la mesa. Con sus palabras de cocinera me invita a pasar. Mi padre, de mostacho tímido, en la cabecera del comedor. En frente suyo, el olor a chocolate y el pan de muerto aparecen. No hubo tiempo de espera. Cada uno busca la calidez de la bebida bajando por el cuerpo, esponjando la alegría con el pan, llenando los labios de azúcar, lamiendo los bigotes y anhelando repetir. Están satisfechos. Me recuerdan, lo sé. Mamá es quien me guía hacia la ofrenda.
Las fotografías no se gastan, aún consiguen el efecto de recobrar el pasado, cada rasgo familiar en medio del papel maché y las calaveras dulces. Veo el sombrero de juglares que un náufrago sureño me entregó cuando pisó la costa, mis monas de futbol, los cómics de superhéroes del gabacho; mi máscara de Octagón, un libro sin abrir. Es triste volver solo en noviembre. Los míos lo supone: lo reflejo en el rostro.

Hay también un retrato de los abuelos. Los esperamos para la cena.

viernes, 23 de noviembre de 2012

Una flor para la abuela Rosa

Le he llevado una flor a Rosa. Hoy tampoco salió. Quizá otro día pueda pasar un rato con ella.

Le he dejado la flor a Rosa. Estará marchita al volver, como las anteriores.

martes, 13 de noviembre de 2012

Armero

Un recuerdo, mi manera de estar cerca del lugar donde nací. 

Despierto en un sillón, en la casa de mis abuelos. Recuerdo sus nombres al escucharlos darme la suerte. Me despiden con una mano al aire, con un adiós de nostalgia y buen viaje en un día de Armero; calor y polvo y dominó cerca de la plaza bajo la sombra. Allí, donde quise crecer, donde mi familia bromea o sale en la noche en busca de un bailable. Es mi último día con ellos.  Son mis 27 años, los 27 de mi Armero que imagino en esta nota. Cada palabra es un intento de invocación sin tantas cruces y soledad.

jueves, 18 de octubre de 2012

Estrategia de papeles de colores.

En un juego de papeles de colores escribo frases de parapente hacia el vacío. Llenan la puerta del clóset al pegarlos con adhesivo especial. Es un collage de cuadritos morados, rojos, amarillos y azules, de palabras, garabatos y tachones lentos. Podrían ser una historia o una letra de cantautor consagrado. “Veritas” “Chale” “Celaya” “Ávatar” “Golpe de ala” “Zócalo” “alebrijes” “Technotitlán” “Pereira “La Urbana” “Halo” “Proceso” “Poema”  “Crónicas” “Plantas contra Zombies” “Alguna vez” “Colonia Tránsito” “Pearl Jam” “Libro” “Alameda” “Diego Rivera” “Póker” “Bochica” “Chía” “Baile-recontra-baile” “Sapos” “Música” “Cumbia” “Tláloc” “Lejos” “Cerca” “Papalote” “cometa” “MiguelMolinaFifoPaisaatiendenenunbar” “Papá cerca de Armero” “Mamá con Mara duermen tranquilas” “Cerveza” “chela” “birra” “Cranberries” “Naruto” “Metro Hidalgo” “Ixtapaluca” “Acosta” “Cosa con ojos” “Veracruz” “Cali” “Huatusco” “Cuautémoc mal escrito”, están allí grabadas en memoria y viajes. 
Antes de ir al trabajo, cuando Pamen duerme, trato de recordar cuál papel de color ella se detuvo a leer al sacar su pijama del clóset. Luego, con suerte de regalo navideño o sorpresa de no cumpleaños, lo desprendo y lo dejo dormir entre cosméticos y plumas que tiene en su bolso.
En algún momento ella tendrá una insistencia anónima e involuntaria, en cualquier día, en cualquier hora, un calor endémico resuelto en lo dulce y vertiginoso. Abrirá el bolso, digamos, cuando come en una fonda mexicana no muy lejos de la estación Metrobús Insurgentes. Buscará algo que reconocerá hasta tenerlo frente a sus ojos. Si recuerda será por leer y ojalá sonría o se enfade con ese retazo cuadrado de colores en sus manos. Ojalá lo haga y esté emocionada al pensar en una casualidad de alebrijes contenida en su bolso. Llegará a casa y lo pegará en el clóset. Esperará el siguiente día, y de esta manera nos comunicamos, pues yo no tengo la valentía romántica de otorgar tiempo a las citas cinéfilas y las fechas de aniversario.

Así completo mi estrategia iniciada por ella.  Así no me olvidará. 

domingo, 16 de septiembre de 2012

Nacionalismo

Mi Sargento se lo tomó a mal. Cuando hicimos honores a los símbolos patrios olvidé el himno y no limpié la bandera. Se dejó venir una vaciada y me envió solo a conseguir reservas para el grupo en las fincas como castigo. Él no duda si se trata de su tierrita colombiana; por eso me encargó la zona donde nos enfrentamos la última vez. Fue difícil, y claro, lo merecía, “apátrida de mierda”, sentenció Mi Sargento. No dormí en la noche: recogí evidencias, le cociné a los lanzas, lustré botas, levanté campamentos. Aunque eso no era lo jodido, hasta fácil la veía. Lo jarto fue cavar los putos hoyos donde enterraremos a los campesinos que topamos en la emboscada.

jueves, 30 de agosto de 2012

Tecolutla

- Aquí estás –dijo el viejo cuando la mujer buscó lugar a su lado, en una de las bancas del parque, y apoyó la cabeza sobre su hombro izquierdo.
- Gasté mi vida buscando este lugar –continuó al sentirla cerca–. Ignoré a los míos para mirar la iglesia y los cuervos, el faro y la luz en el agua. Al leer el nombre del pueblo, sabía que vendrías. Pero pierdo mis fuerzas, ya no soy el joven que te soñó. Por lo menos no he cerrado mis ojos antes de dar contigo.
Ella sonrió. Buscó verlo de frente, y el viejo pudo completar el rempecabezas de aquel asombro parpadeante y lejano de sus nostalgias oníricas: el cabello enmarañado entre la brisa, los labios tatuados por la arena, los ojos suplicando un mar. Con un dedo delineó sus cejas, sus mejillas, su cuello. Ella se dejó tocar. Lo dejó llorar. Luego acercó su cuerpo al de él y le susurró al oído:

-Ya podrás cerrarlos. Déjame yo cierro tus ojos, déjame hacer mi labor.

domingo, 19 de agosto de 2012

Mitología

Puedo sacar un brazo de mi cabeza, un pie, una boca; puedo sacarla completa. Como una Minerva creciendo paulatinamente de Zeus, ella saldrá de mis pensamientos, entre jaquecas temporales y dolores de estómago, origen visceral, violentado, arrancando partes del cuerpo. Es un territorio intranquilo, un ruido volátil creciendo entre pensamientos, apoderándose de los recuerdos y de una que otra lectura. Puedo sacarla cuando la nombro. La vierto en el río para lavar olvidos, y me dejo caer lentamente hasta llorarla en la roca de hilos rojos. 

jueves, 2 de agosto de 2012

Introducción del 'Manual para hacer armas'

Al adquirir este manual, usted tiene la alternativa de crear su propia arma de fuego. Es sencillo. Le daremos una serie de indicaciones sobre dónde conseguir y cómo producir el metal para desarrollar su propia Colt o Smith and Wesson en el garaje o en la sala de su casa. Si el deseo es tener mayor alcance y poder, ¡basta de preocuparse!, sólo debe pagar una tarifa especial y la edición extra del presente especial llegará junto al desayuno matutino con su familia.

No lo timamos. Con los nuevos tratados de libre comercio, las importaciones de productos ha fortalecido la confianza extranjera en nuestro país, ampliando las facilidades de compra y venta en tiendas hasta del sector armamentístico. Son precios tan bajos que ya los traficantes en barrios periféricos se ven con pocas posibilidades de desarrollo laboral en el ámbito bélico, preocupación latente entre nuestros lectores. Por ello, el impulso a lo nombrado en grupos de superación personal y de mercadotecnia como Do ityourself, orgullo claro de lo nacional y de la responsabilidad social de este honorable diario.

miércoles, 18 de julio de 2012

Problemas de la cordialidad

En México sería un vocho, en Colombia, un pichirilo. Lo cierto es que ni la física o la geometría de los espacios es un problema serio como sí lo es la cordialidad al introducir cinco elefantes en un auto compacto.
Digamos pichirilo, digamos que momentos así son tristes en la investigación empírica. Y aunque los interesados en acomodarse dentro del carro resultan ser generosos paquidermos, la cosa se pone color de hormiga si no dejan tanta decencia y los continuos permisos a su compañero, pues los elefantes son un despilfarro de educación ante el ceder sus lugares en el cine, en un auto o en las filas de degustaciones gratis en supermercados. Por lo que para enfrentar el “de ningún modo pase usted primero no faltaba más ¡caray cómo cree! no tiene que darme las gracias” (los elefantes no utilizan comas al hablar) es aconsejable documentarse sobre leyendas urbanas.
El animoso por ver a una quinteta de trompudos ocupando sus lugares en el pichirilo (tres atrás, dos adelante, aclaro para quienes han viajado en taxi Tsuru por Veracruz y creen que todo mamífero con licencia de conducción mete cuatro sujetos adelante) acudirá a la búsqueda de un ratón, esperando que este sea el juez, luego de convencerlo con un soborno meticuloso de fruta y queso, según las leyendas urbanas, que decida el orden de entrada. Aunque ya con uno en el interior el resto agradece la ayuda y tras un razonamiento envidiable se enumeran para ocupar lugares. Así los tiene felices en su vocho o pichirilo, haciendo una invitación al ratón para que sea parte del grupo viajero hacia Turbo o San Agustín. Pero si pretenden acomodarlo deben abrir un espacio donde el proactivo roedor esté tranquilo, sin ningún riesgo de aplastamiento, los elefantes son grandes y robustos, ellos no lo niegan. Entonces mejor pensar cómo ocupar espacios y de allí que entre risas y espaldarazos decidan bajar del auto compacto, estimulando un diálogo sobre el confort de los viajeros sin perder la compañía del nuevo integrante.

He aquí a las cordialidades repitiéndose y a un ratón aceptando la falta de buenos modales entre los suyos.

miércoles, 11 de julio de 2012

Hojas en blanco

A veces, entre las páginas de los libros, hay hojas en blanco. No están ahí cuando se busca un ejemplar solo por indagar si existe,  o para catalogarlo en la sección sobre Literatura Universal o Manuales de Supernovas de una biblioteca; no están cuando se hojean sin otro interés al de encontrar una frase. Están cuando se leen, cuando las letras pasan a ser conjuro de voz y hay personas escuchando, entusiasmadas, pensativas, meditabundas, somnolientas de tanto Doctor en Estructuralismo analizando novelas mexicanas frente a un público de cabeceos regulares. Ahí, en tal punto de premura, el experto halla las hojas, que desde hace media hora ha querido encontrar, brotando del libro y tomando posesión de cada palabra. Entonces la lectura se desprende con un hipo y hay  un joven caminando hacia un pueblo fantasma en busca de un padre, y lo recuerdan, y lo presienten, y lo creen íntimo y es eso lo que es el público cuando oye aquellos rumores de historias lejanas.
 

jueves, 28 de junio de 2012

Hechizo

Martín, en el último madero de la biblioteca, sobre una caja de zapatos, envuelto en papel celofán, encontrarás un reloj de arena. Olvida al anciano que cuidas mientras su familia aventura un paseo dominical. Ellos necesitan libertad, y tú eres el elegido para compartir el mutismo de ese patriarca ausente.
Pero olvídalo, busca el reloj. Toma un banco de la cocina, aparta la caja de zapatos, agarra esa pieza nada común fuera de una película fantástica, desenvuelve el celofán y dirígete hacia la sala donde el “vegetal”, como lo llamas, no objeta tu interés por ver en televisión la agenda futbolera.
Detalla los adornos en bronce de la estructura: el signo infinito grabado en los bordes del cristal que contiene aquellas partículas lejanas. No escuches al comentarista rabiar tras una falta dentro del área. No le prestes atención al nerviosismo del anciano cuando la arena llega a la boquilla y empieza a filtrarse. Quizá piensas en los días universitarios unidos a esa caída, en una novia, tal vez la primera, en la familia, en alguna discusión, en la casa, en un recuerdo de infancia. El tiempo pasa, Martín, lo sé, en él perdemos todo. Ahora intentas deletrear tu nombre mientras el desierto encapsulado lo cubre. Al descender el último grano mira el reloj sin pestañear, otórgame ese capricho, y voltéalo, reinicia su labor.

Escucha, ¿puedes?, el comentarista canta el gol decisivo. Ahora cambiaré de canal.

sábado, 16 de junio de 2012

Caja de monerías

Existe una caja sellada sobre cualquier mesa. Preguntarse por el contenido en su interior es entrar en problemas mitológicos cuando una Pandora repite en vano “la curiosidad mató al gato” y rasca su cabeza, recordando tiempos rotos al lado de Prometeo. Pero esta caja de madera, tan simple que llama la atención, no se hizo para estar cerrada. Alguien necesitado rompe sus sellos como misterio y… bueno, la sorpresa al abrirla es un fondo vacío y desconcertante frente a la paciencia muerta, forma de gastar la imagen de objeto oculto sin querer aparecer.

Habrá pensado en una caja de monerías repleta de hojas secas, mensajes en papeles rasgados, fotografías de uñas, recortes de periódicos sobre coincidencias en gazapos o cartas olvidadas que un amigo del servicio de mensajería le regala e insiste en coleccionar. Habrá pensado en ello y se siente decepcionado al no hallar esas prioridades. Quizá supone un doble fondo, espera encontrar un compartimiento oculto a la vista y lógica de quien piensa en cajas y objetos conformes. Es una lástima: en esta oportunidad no asoma tal atino del secreto bien guardado, y mejor dejar el lloriqueo, será posible volver a intentar en otra caja sellada y así dar con una mínima seña de esas monerías suyas fugadas. Mejor dejar el lloriqueo y buscar antes de que aparezca una persona llena de reproches hacia sus inquietudes por olvidar monerías en la intemperie, como si fuera un agrado tenerlas cerca al ser ajenas.

martes, 5 de junio de 2012

Cae la arena del reloj en un barrio pereirano

Ponga el reloj de arena sobre una mesa fuera de la casa. Luego siéntese, mirando hacia la calle. Ahora voltee el reloj. Vea al hombre apurado, a la mujer contando arepas en la tienda esquinera, a los niños jugando fútbol en un antejardín, a la fila de parejas en la heladería. Vea al perro, al camión de la basura, a los mecánicos bostezando, al vendedor de hojalata… Una tarde cualquiera en un barrio pereirano corre mientras la arena cae, corre grano por grano y usted mueve sus dedos sobre la mesa en un galope de carrera, observa el cubo de cristal a punto de vaciarse. Debe voltear el reloj, otra vez, sin espera. Mire a las personas: presionan su pecho como si algo fuera a salirse. Sabe que están preocupados.

martes, 8 de mayo de 2012

Lógicas de Nacho en naufragio

1.
Como en buena isla hay un resguardo de papel y de botellas vacías.

2.
Antes de enviar la suya, el hombre en la isla recogió una botella en las postrimerías de la playa. En su interior había un rollo de papeles con un mensaje largo de S.O.S., firmado por más de dos millones de personas, con Nit, código postal y número de seguridad social incluidos.

martes, 1 de mayo de 2012

Botella al mar

Para el Nacho que anda en la Isla

Hace un buen tiempo me llegó por azar una botella con un mensaje incompleto en su interior:

“…la recogí del mar, en la orilla de Veracruz o Buenaventura, no recuerdo. Fue oportuno guardarla pues ahora me sirve… está escrito en un papel arrugado, no se ve bien pero puedo utilizarlo… escribo para pedir ayuda. Alguien la recogerá y leerá y vendrá por mi”. 


Ahora mejor la suelto en su naufragio y ojalá sea otra vez encontrada.

viernes, 20 de abril de 2012

Aprendiendo a leer

Mira, escribo Libélula y unas alitas rozan tu nariz. Luego suelto una coma y el grupo de ocho letras descansa sobre la mesita de noche, frota sus patas de tinta contra la madera. Al acabar su vuelo con un punto, la invocación desaparece por la ventana y un precipicio de cosa inconclusa te invade. Ya sabemos, quieres otra palabra.
Me gustan esos juegos. Tomo mi cuaderno de apuntes, voy al Bosque de Chapultepec y escribo: una ardilla observa a los caminantes desde la rama de un árbol. Cuando llego a casa me hablas del parque cercano y de las extrañas costumbres de las ardillas. Son oraciones lejanas de jaquecas al acecho. Excederlas significaría darle la bienvenida a un intruso hecho de levadura, un intruso que subiría a tu cama y comería la grasa atiborrada en las cuencas de sus ojos.
Pero si ya distingues lo escrito en un papel, si ya mamá te inscribió en un curso avanzado de lectura, eres grande y debes reconocer esos garabatos, juntas letra con letra y reúnes un mundillo de signos, de iz-quier-da a de-re-cha. Entonces te paso mi cuaderno de apuntes y lees Libélula y pronuncias esa palabra como se pronuncia un conjuro: anhelo de algo cruzando la habitación, de alitas rozando la nariz y descanso sobre la mesita de noche, sin salida por la ventana ni precipicio de línea y punto.

Esperamos. Lees de nuevo. Repites. Otra vez…Quizá falta mejorar la dicción.

martes, 10 de abril de 2012

Isabel y los planetas

Recordé a Isabel y su overol de planetas. De niña me decía, al vigilar la noche desde el patio de una casa en Manizales, que su prenda favorita estaba hecha con fragmentos de cuerpos celestes: “Cuando caen yo los recogo y los vuelvo un overol”, aseguraba sin importarle mi escepticismo ante sus afirmaciones de sastre excéntrico, pues resultaba difícil encontrar el hilo adecuado para tejer parte de la galaxia, sobre todo al moldear la forma anhelada por ella. Quizá en camisas sería viable, pero en aquellos pantalones desajustados el tiempo dejaría un conjunto de ripios. Ni un grano de Marte o aro de Saturno saldrían a relucir.

He tenido noticias de Isabel, por eso la recordé. Su nombre, me aseguraron, tenía la etiqueta de ‘Creadora gastronómica’ en un restaurante pereirano bien reseñado en el voz a voz y la prensa local. Quise felicitarla al volver a Colombia. La llamé a su trabajo, el número telefónico no era un misterio, y quedé en visitarla en la hora de cierre. Al llegar, la administradora pareció conocerme de toda una vida. Me dijo que “El Chef” subía a la azotea cada noche antes de marcharse. Allí la encontré, sentada en un taburete. Padecía, supongo, las inquietudes de las estrellas distantes. Al verme intentó dar orden al mechón  de su cabello que caía sobre su frente. Devolví el saludo con un suspiro del pasado. Isabel miraba el firmamento y formaba con sus manos una especie de recipiente. Ya había visto esa posición: anhelaba tejer un overol, combinar piedras de Venus con cráteres de Mercurio y luego, al vestirlo, moverse sin la represión de las prendas para maniquies de los centros comerciales, tallas terrestres donde los números definen la comodidad. El anterior le quedaba pequeño y de repente empezó a extinguirse, “Se deshila solo”, me dijo. Necesitaba uno nuevo, ajustado a su estatura y edad de ser chef en un restaurante. Había esperado mucho tiempo para hacer otro y ello le pesaba, marcaba su acento, marcaba los años entre dos cielos nocturnos: uno en el patio de cierta casa manizalita, otro, en la azotea de un restaurante pereirano.

domingo, 1 de abril de 2012

Una exposición de Botero

Pamen me entregó la cámara fotográfica. La dejó en mis manos, dentro de su bolsa protectora.
–Ten cuidado con lo que capturas –dijo. Luego me vio partir hacia el Centro Histórico, en una tarde para hacerla imágenes.
Cuando llegué en metro a la estación Allende, decidí caminar rumbo al palacio de Bellas Artes. Cuál fue mi sorpresa al encontrar en la plazoleta, frente a la fachada marmórea de aquel recinto tipo postales turísticas sobre Ciudad de México, cinco estatuas monumentales y oscuras, brillantes por los reflectores de la Alameda, engalanándose en su volumen corporal. Las “Gordas de Botero” no me conmueven, pero al saberlas como una posibilidad de historia entre los transeúntes que buscaban tocarlas, sentí un apego físico con lugares y personas no olvidadas. Saqué la cámara y no paré de escuchar el clic del interruptor, un parpadeo de ojo irreflexivo guardando aquellas figuras sobresalientes de toros hiperbólicos, mujeres desnudas y hombres sentados en pensamientos. Allí estaban, levantando sus rostros hacia los volcanes que rodean esta ciudad palimpsesto. Mirada negra, imperceptibilidad del mundo, abstracción valorada.
Me creí un intérprete genuino de las esculturas, me sentí parte de ellas, hecho del mismo material, del mismo origen, aunque anónimo ante los comentarios de los transeúntes, desconocedores de lo más mínimo, sobre la raíz de la creación artística. Quizá yo tampoco la sabía, pero a mi no me invalidaba esa situación. En fin, cada uno lanza su postura, sea la glotonería de tacos y tortas o la dignificación del humano real, o del exagerado.
Tras la última foto en panorámica: la noche camuflando a Bellas Artes, salí en busca de Pamen, quería mostrarle mis capturas. Caminando, corriendo, crucé la calle de la Alameda y subí hacia la estación Hidalgo. No me fijé en el perro con forma de globo acostado en el camino y tropecé, golpeando a la señora en la venta de periódicos que al tomar aire desprendía los botones de su vestido. No me fijé en el pisotón dado a un niño de cachetes llenos de helio cuando intenté una disculpa, ni en el grupo musical de son jarocho al cual caí de rodillas y que confundí con un equipo de sumo de ligas mayores.

–Fue mi culpa –les dije avergonzado al escucharlos jadear–. Aún no sé coordinar mis pies de elefante.

jueves, 22 de marzo de 2012

Imagen para fotografía

Encuentro una fotografía en un bolsillo del pantalón. La observo: estoy de espaldas y visto un abrigo. Es mediodía. Estoy frente a la estatua del Caballito en Reforma. En mi mano derecha tengo un papel con una imagen que he acercado a mis ojos. Intento descifrar su contenido, pero no alcanzo a discernir. Trato de tapar la luz del sol, levanto el brazo izquierdo para hacerme sombra. No miro la estatua del Caballito. Me enfoco en la foto que ahora acerco a mis ojos.

jueves, 8 de marzo de 2012

Mensaje para responder

En la estación Hidalgo escribí una respuesta. La escribí porque debía contestar, acercarme a esa pared algo sucia, sacar mi lápiz labial y ensayar un “Yo puedo leerte. Att: Pamen.” debajo de aquellas palabras hechas con tiza verde. Ni modo, bajé del metro y era ineludible hacerlo, darle una oportunidad al mensaje, decirle que había otro garabateado a su lado, con igual letra chueca, seguido de miradas atentas alrededor. 
He vuelto a pasar, aún están escritos. Es magnifica la falta de ética de las aseadoras del metro. Aunque mañana lo borrarán, supongo, desaparecerán los movimientos nerviosos, los colores, las líneas cortadas en lo áspero de la superficie. Por lo menos lo agradeció. La tiza con la cual escribió, que sostuvo entre sus dedos índice y pulgar, la dejó orillada a la pared, bajo los mensajes, estoy segura. Es mi regalo, mi recuerdo de un día de diálogo. Nadie más lo ve, yo lo sé al leer su respuesta a mi respuesta. La ha dejado para conocernos, para sonreírle a una mujer que pasó a mi lado y tapó su boca con una mano al verme, antes de entrar al metro. En el dedo índice y pulgar tenía una mancha de algún polvo verde.