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domingo, 1 de abril de 2012

Una exposición de Botero

Pamen me entregó la cámara fotográfica. La dejó en mis manos, dentro de su bolsa protectora.
–Ten cuidado con lo que capturas –dijo. Luego me vio partir hacia el Centro Histórico, en una tarde para hacerla imágenes.
Cuando llegué en metro a la estación Allende, decidí caminar rumbo al palacio de Bellas Artes. Cuál fue mi sorpresa al encontrar en la plazoleta, frente a la fachada marmórea de aquel recinto tipo postales turísticas sobre Ciudad de México, cinco estatuas monumentales y oscuras, brillantes por los reflectores de la Alameda, engalanándose en su volumen corporal. Las “Gordas de Botero” no me conmueven, pero al saberlas como una posibilidad de historia entre los transeúntes que buscaban tocarlas, sentí un apego físico con lugares y personas no olvidadas. Saqué la cámara y no paré de escuchar el clic del interruptor, un parpadeo de ojo irreflexivo guardando aquellas figuras sobresalientes de toros hiperbólicos, mujeres desnudas y hombres sentados en pensamientos. Allí estaban, levantando sus rostros hacia los volcanes que rodean esta ciudad palimpsesto. Mirada negra, imperceptibilidad del mundo, abstracción valorada.
Me creí un intérprete genuino de las esculturas, me sentí parte de ellas, hecho del mismo material, del mismo origen, aunque anónimo ante los comentarios de los transeúntes, desconocedores de lo más mínimo, sobre la raíz de la creación artística. Quizá yo tampoco la sabía, pero a mi no me invalidaba esa situación. En fin, cada uno lanza su postura, sea la glotonería de tacos y tortas o la dignificación del humano real, o del exagerado.
Tras la última foto en panorámica: la noche camuflando a Bellas Artes, salí en busca de Pamen, quería mostrarle mis capturas. Caminando, corriendo, crucé la calle de la Alameda y subí hacia la estación Hidalgo. No me fijé en el perro con forma de globo acostado en el camino y tropecé, golpeando a la señora en la venta de periódicos que al tomar aire desprendía los botones de su vestido. No me fijé en el pisotón dado a un niño de cachetes llenos de helio cuando intenté una disculpa, ni en el grupo musical de son jarocho al cual caí de rodillas y que confundí con un equipo de sumo de ligas mayores.

–Fue mi culpa –les dije avergonzado al escucharlos jadear–. Aún no sé coordinar mis pies de elefante.

4 comentarios:

  1. Tus textos son muy visuales, eso me gusta mucho pues yo podría confesarme como un pintor (o fotógrafo) fracasado. Es más, me decidí por las letras para "retratar" situaciones.
    Otra cosa que me llama la atención es la locación de los textos, siempre que aparecen escenarios que desconozco, me transporto, como si estuviera en el lugar.
    No nos perdamos.
    Un abrazo.
    HD

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    1. Gracias Humberto, y claro, nos estaremos leyendo, no te preocupes por eso. Ahora me da por escribir nombres o direcciones de los lugares donde estoy pues ando algo alegre visitándolos, como una primera vez. En realidad creo que estos cuentos son una excusa para nombrarlos. Abrazos.

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  2. Estoy de acuerdo con Humberto. A la vez me gusta el modo de relatar los hecho, pues hace que la lectura sea agradable.
    Siempre me alegra el poder visitar este rincón.
    Un saludo amigo. :)

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    1. Me da gusto que te agrade la lectura Eliacim, me da gusto que te alegres un poco por acá. Vamos que ya me paso por tu blog. Abrazos.

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