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martes, 10 de abril de 2012

Isabel y los planetas

Recordé a Isabel y su overol de planetas. De niña me decía, al vigilar la noche desde el patio de una casa en Manizales, que su prenda favorita estaba hecha con fragmentos de cuerpos celestes: “Cuando caen yo los recogo y los vuelvo un overol”, aseguraba sin importarle mi escepticismo ante sus afirmaciones de sastre excéntrico, pues resultaba difícil encontrar el hilo adecuado para tejer parte de la galaxia, sobre todo al moldear la forma anhelada por ella. Quizá en camisas sería viable, pero en aquellos pantalones desajustados el tiempo dejaría un conjunto de ripios. Ni un grano de Marte o aro de Saturno saldrían a relucir.

He tenido noticias de Isabel, por eso la recordé. Su nombre, me aseguraron, tenía la etiqueta de ‘Creadora gastronómica’ en un restaurante pereirano bien reseñado en el voz a voz y la prensa local. Quise felicitarla al volver a Colombia. La llamé a su trabajo, el número telefónico no era un misterio, y quedé en visitarla en la hora de cierre. Al llegar, la administradora pareció conocerme de toda una vida. Me dijo que “El Chef” subía a la azotea cada noche antes de marcharse. Allí la encontré, sentada en un taburete. Padecía, supongo, las inquietudes de las estrellas distantes. Al verme intentó dar orden al mechón  de su cabello que caía sobre su frente. Devolví el saludo con un suspiro del pasado. Isabel miraba el firmamento y formaba con sus manos una especie de recipiente. Ya había visto esa posición: anhelaba tejer un overol, combinar piedras de Venus con cráteres de Mercurio y luego, al vestirlo, moverse sin la represión de las prendas para maniquies de los centros comerciales, tallas terrestres donde los números definen la comodidad. El anterior le quedaba pequeño y de repente empezó a extinguirse, “Se deshila solo”, me dijo. Necesitaba uno nuevo, ajustado a su estatura y edad de ser chef en un restaurante. Había esperado mucho tiempo para hacer otro y ello le pesaba, marcaba su acento, marcaba los años entre dos cielos nocturnos: uno en el patio de cierta casa manizalita, otro, en la azotea de un restaurante pereirano.

5 comentarios:

  1. Un texto difícil, pero con una lógica interna impecable, que absorbe al lector hacia esa otra realidad de la pequeña soñadora entre dos noches. Es muy ambiciosa y grande la escena, y es hermosa la mirada del narrador sobre ella. Da la impresión de que puede pertenecer a una serie, o desplegarse como un prisma.
    Abrazos

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    1. Susana, te puedo decir que este cuento ha de tener cierta honra hacia una persona que me dio la idea sin que lo notara, claro, como sucede muchas veces. Ojalá haya una serie, no lo había pensado. Chance la hay, a veces uno gusta de describir a sus amigos. Sé que me darás una afirmación. Abrazos.

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  2. Muy muy original. Me ha gustado mucho la idea y la descripción. No hace imposible imaginar esa realidad.
    Saludos

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    1. Es la realidad de una muy buena amiga Eliacim. Abrazos.

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  3. Yo también sueño, quizás no con overoles y/o planetas, pero cualquier cosa que sueñe es un overol como el de Isabel o un trozo de planeta de quien sabe que planeta :)


    Querido primo, estoy dentro del mismo mundo, pero ahora en otro periódico que se venderà en Coscomatepec y Huatusco, esas tierras cafetaleras por donde también se posaron las plantas de tus pies y dejaron huellas que luego otros pisaron y así se formó una historia de muchos protagonistas :)

    Buen finde!

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