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viernes, 13 de diciembre de 2013

Bienvenidos

Los niños iniciaron con el techo. Siguieron con las ventanas, la puerta, el jardín. Cuando la anciana llegó y vio los añicos de galleta y chocolate que fueron su casa, lloró hasta desmayarse sobre el tapete de crema chantillí en la entrada, donde encontró sin cabeza al hombrecito de jengibre.

Como murmullo, la agonía de una mujer se propagó en el bosque. Los padres, arrepentidos por el abandono, siguieron el rastro del sonido y hallaron a sus hijos. Estaban dormidos so­bre un tapete. La palabra Bienvenidos allí escrita ya era un revoltijo de caramelo y crema pastelera.

martes, 19 de noviembre de 2013

Ofrenda



Observe usted las flores, el camino del muerto, las calacas de azúcar sonrientes y el pulque junto al tabaco. Cuelgue el papel picado alrededor del altar y busque la fotografía más apreciada. Ponga las frutas, los mejores recuerdos: algún disco de Agustín Lara y un torito veracruzano para sufrir la música

Recuerde ir al panteón y comer juntos. Quizá salude con un beso y pregunte con interés sobre su salud. Quizá respondan encogiendo los hombros y agradezcan tener la tumba en calma, sin una pegatina de algún familiar o los desvaríos de quienes escriben sus nombres y deseos. Pueden cantar, ahuyentar la solemnidad, hacer un conjuro de noche iluminada por velas, conversar sobre días luego del trabajo o viajes para conocer el mar. Lleve el chocolate, el pan de muerto, compártanlo con otros hombres y mujeres bajo sus epitafios, cada uno junto a sus cruces y murmullos comunes. Alguien tomará su palabra y será tamal de mole, café de olla, mezcal artesanal. Alguien visitará a los suyos. Es una noche cercana, juego y retorno, olor a cempoalxochitl y tierra mojada, fiesta a la pelona. La Catrina recorriendo la Alameda Central en noviembre, una línea en el árbol de la vida tallado por un artesano de Michoacán.










viernes, 25 de octubre de 2013

Anuncios como recuerdos



Los tiempos de puntos suspensivos y globos de palabras desaparecen. En el Zócalo una serpiente de voces interpreta el enojo. Llega, también, el sueño solar, y sobre las fachadas de la catedral  y los edificios que parecen un dibujo en papel, la luz intenta sostenerse ante la sombra reptante. Es el susurro que ilumina, calienta el rostro y atrae; busca, indaga, devela las efigies citadinas y se pierde poco a poco en una calle. Presenciamos el fin del atardecer.





Aunque en un julio remoto, el mensaje de participación vindica a las personas. Esperan el alzamiento de la gran ciudad bajo este tiempo de concreto y fibra óptica, cuando la plataforma se quiebre y de una abertura emerja la ira antigua y propia; una imaginación colectiva anunciada en el valle de volcanes y gran lago. Ahora están ellos en perfiles de arengas y pancartas, necesitados de un ritmo nuevo. Desafían demonios, templos impuestos bajo la lúdica y la razón. Vierten un acto honroso, un hecho, también, de impulso, palabras y eco, el grito y la comunión para ejercitar un derecho que desaparece.


En el Zócalo de Ciudad de México no son multitud, no son masa informe. Pero los símbolos de la gran serpiente bajan por las calles y se alejan con la tarde. Sólo quedan fotografías de turista y anécdotas entre conversaciones en la misma realidad.

jueves, 26 de septiembre de 2013

viernes, 13 de septiembre de 2013

Fanatismo de un observador

Ha perdido la señal de televisión. La escena de la mujer que llega a casa a cierta hora, el cotejo futbolero de los niños al atardecer o la feria callejera con su música y saltimbanquis de fin de semana, desaparece en un oscuro sólido de la pantalla. Se desespera, maldice en silencio, golpea el televisor. Busca en el directorio telefónico un número. Lo digita; un operador contesta. No saluda, alza la voz. Hay un error con la señal, es la segunda vez. Quiero una revisión inmediata, ahora. Deberán enviar varios técnicos, tengo garantía, no importa si hay cargo nocturno, no puedo ver nada, la imagen se ha ido, ¿llueve?, un poco. Sí, la cámara está afuera, si, prendida, si, en el balcón, yo la cubrí, no le cae agua. en un trípode, como ustedes dijeron, acá espero, yo mismo les abro.

miércoles, 24 de julio de 2013

Un día para asesinos

Sostuve la navaja. Crucé la avenida para cargármelo desde atrás. Ya saldría del banco y rápido se dirigiría a la empresa. Es un tacaño y desconfiado que ni para ir por el dinero de la paga puede encargar a otra persona. A mí, quizá, tanto le he trabajado. Pero aún soy el “joven ayudante” a pesar de los años. Lo único en mi mente fue su imagen en la entrada. Lo anterior, cómo lo perseguí y empuñaba la navaja hasta sacar sangre de mi mano, debía resolverse en ese momento, en ese punto donde sentí, pude sentir, el filo entrando por un costado. Lo pensé muerto. Tuve que imaginar el filo abriendo una y otra vez su carne. Lo quería ver agonizar, pero soy mi cuerpo paralizado cuando él cayó, asfixiado, babeaba espuma y vomitaba un líquido café. Pedía mi ayuda. Intentó recordar mi nombre.
No es el mejor esposo, por eso no habrá quién me culpe. Ayer llegó a casa y soltó su burla sobre la cena, “mi inútil ejemplo como mujer”. Lo dijo, lo ha repetido, lo ha dicho siempre y creo que le gustaban los hombres. No se acercaba, no  dormía conmigo, no soltaba el mínimo de ternura o lástima. Así era él,  sin amante,  sin su esposa. Yo lo quise, traté de comprender y aguanté. Me reprochó la falta de un hijo, me hirieron sus palabras. Por las mañanas, antes de que partiera al trabajo, le preparaba su café amargo y me largaba. Así no le importara que lo hiciera, ya era una costumbre, aunque sin peso entre los dos. Y ese día lo hice, me bañé, puse la radio y calenté el café. Se lo dejé en la mesa. Aunque esta vez quería observar cómo lo bebía. Quise despedirme de él, simple cordialidad. Me miró con furia por quedarme mientras bebía, pero no pude destapar el frasco del veneno.
Me llamaron de su oficina. Un empleado veterano lo encontró malherido, con golpes de gravedad, tirado  en la entrada de la empresa. Llegó luego de un choque con un auto que lo lanzó con fuerza contra el vidrio de una tienda departamental. Se cortó la garganta.
Lo vi cruzar la calle y dirigirse hacia banco. Lo reconozco, esa manera de matar no era para alguien de mi categoría, pero  a fuerza de tanto rebajarme entre los socios,  fue la muerte más humillante que le imagino. Quería algo dulce, igual a una última noche de hotel junto a una bella mujer, aunque esos derechos de gran ejecutivo no le interesan. Como recuerdo el día, me quitó mi lugar, mi parte en la empresa, un golpe certero, “falta de visión y exceso de bacanales”, me dijo por escrito. Lo preparó todo y sin alguna comprensión o dinero de por medio eliminó mi estatus. La junta, de acuerdo todos, más dinero para ellos y yo un memorándum donde decían adiós sin escrúpulos. Nadie me daría trabajo, estoy perdido. Por eso lo esperé, no me importó nada, lo esperé y apreté el acelerador, le eché mi auto encima para reventarlo contra este mundo, dejarlo seco y en el olvido, como yo.

Al salir se le adelantó a unas cuantas personas con ese afán misógino. Debí acelerar, debí acelerar, debí dejar de insistir con el freno, lo quería ver sin vida, pero sólo le presté atención al señor que se le acercó cuando salió del banco. Algo le dijo, algo le clavó en el cuerpo porque se desmoronó de inmediato.

Como odio pensar al esperar en los bancos. Esta manía de un cliente en revisar su día mientras aguarda la transacción. En la mañana mi esposa sirvió el café y estuvo a mi lado mientras lo bebía. Luego llego a la empresa y saber que uno de los socios no se presentó tras la junta anterior. Papeles, borradores, nómina, no tener a una persona de confianza y estar atento a ese joven que no para de vigilarme, lo voy a despedir. Eso ha pasado, eso me importa, los actos directos, no sus derivaciones o mensajes escondidos. Acá se demoran. Esperaré por mi estúpido interés de cobrar la nómina y ser yo quien la pague. Soy duro, quizá cruel, aunque justo. Y me gusta. Siento seducción por ser áspero y ostentar mis decisiones, que silla tan incómoda. Me reprochan, pero nadie tiene un significado valioso para sentirme mal. Somos, es simple, útiles o no. Nos manipulamos para mejorar. Mi esposa, quizá ella podría tener consideración. Está junto a mí, me sirve el café. Quizá ella, en casa, aburrida, resignada, sin hijos, ni un intento tan siquiera. Ya viene la mujer que me atiende con cara de apenada, me entrega el dinero; no me gusta esperar tanto. No me gusta hacer retrospectiva, me hace débil, pensar en otros junto con mis penas. Lo seguro es que ellos lo harán, me suponen, me imaginan. Afuera de este lugar están sus ideas y pensamientos, agotan mi nombre, nuestras relaciones. Creen que les hago la vida imposible. No sé cuánto miedo tendrán.

martes, 25 de junio de 2013

Crónica para fantasmas

Existen los fantasmas por la quema de registradurías. El cuento del hombre afligido tras morir, es una patraña para tener más licencia en este mundo. Dicen que habitan casonas y murmullan sus errores pasados en corredores y bosques, errando como una bolsa de plástico a merced del viento. No hay otra idea tan molesta. La cualidad fantasmal es algo pragmática, más oscura.
Imaginen un país con un porcentaje considerable de entes en activa levitación luego de abandonar sus cuerpos, intentando realizar labores diarias mientras fatigan, desolados, a los familiares. Esa característica de falta reflexiva sobre sí mismo sería una causa de reconocimiento. “Ya compartimos un malestar”, dirían. “Seremos hermanos”, frase a seguir en una junta posible de la F.E.A (Fantasmas y Espectros Anónimos). Viene un abrazo grupal y llorar a los de sangre tibia.
Tanto tormento en el mundo ocasionaría el surgimiento de muchos individuos traslúcidos, y tanto deambular sería innegable entre quienes sostienen una situación similar. Mi hipótesis, ya la dije, ya la están olvidando, son las registradurías quemadas. Yo sí soy un fantasma. Tengo una ciudadanía, tengo una fecha y un lugar de origen, tengo una “agenda financiera” y participación en las votaciones nacionales. Lo sé: alguien que dice no existir, y recuerda aquellas cualidades, no podría acreditarse un estado etéreo, pero nací un 31 de diciembre y en las fotos grupales no me identifico por un semblante fértil. Eso propone algunas dudas.
Lo básico para suponerlo es la firma y el Permiso de identidad. Mi firma son las palabras que pronuncian al llamarme. Lo admito: fallé en el trazo de garabatos elegantes. Terminé, con una negación en la boca, haciendo lo fácil: escribir mi nombre. La gente la mira como si no hubiera peso de vida en ella, como al ver a un niño ofreciendo golosinas en un semáforo o a un hombre de corbata en un banco. Luego está el Permiso, un documento de legalidad mientras obtengo el registro civil de nacimiento, el cual sigo esperando.
De las personas conocidas, las del 31 de diciembre, la mayoría, claro, ostentan una referencia de tinta semejante ala mía. En retratos parecen salir en encuadre junto a una nube gris. Ya tenemos un concurso de integración donde decidimos quién tiene el aspecto de un fabricante de grapas. Cómo las hallé, bueno, somos un colectivo pequeño, por redes sociales es fácil saber cronologías. Tenemos la certidumbre de compartir cierta timidez y que nuestra dicción ningún mérito presenta. A veces no nos sentimos de acá (nuestros padres no recuerdan la historia real del nombre que llevamos). En reuniones sociales somos “Usted es igualito a un amigo”, y los goles de la Selección Colombia los disfrutamos en silencio. Podríamos ser la porra de un equipo de ajedrez; quizá ebrios comentamos algo genuino, quizá, pues al hablar inoculamos bostezos. 
Sin embargo, ahí estamos, divagando en las calles…
Alguien, en un foro virtual, habló sobre el incendio de un depósito de registros civiles. Al visitar su ciudad le revelaron la noticia de los papeles perdidos bajo las llamas. Ahora es uno de los nuevos fantasmas. Hace poco recibió el Permiso. Si no fuera por sus vales hipotecarios no recordaría la firma. La anécdota nos ha dejado un mito que nadie toma en serio, a pesar de las coincidencias.
Decidí entonces viajar a mi pueblo. Supe que la registraduría se quemó días después de yo llegar al mundo. Tengo, no hay duda, los efectos espectrales desde la niñez. Según mi madre, le debo el Permiso a la “ineficacia de los funcionarios públicos”. Aunque en una charla con los hombres y las mujeres mayores corroboré la sospecha: el incendio y una cantidad impresionante de habitantes nacidos el último día del año. Los visité, los capturé en varias fotografías. Ninguna de esas imágenes alentaría a un payaso en rehabilitación. El dialecto, nulo interés en las vocales. Además, los autos cruzan como luces la única avenida del pueblo, toman la ruta hacia ciudades dignas de postales turísticas. Mi gente es monosílaba y mantiene una programación musical de Kenny G en la radio comunitaria.

Aquí viviré, aquí moriré, ¿será posible?, soy un fantasma. Pero la situación adquirió un matiz de leyenda urbana. Los del 31 de diciembre estamos desapareciendo. Ahora solo queda nuestro Permiso, el último rastro. Por lo menos seguimos eligiendo alcaldes y presidentes, a pesar de no ir a las temporadas de votación. Es fácil nuestro garabato.

jueves, 9 de mayo de 2013

Calle Francisco I. Madero


Imagine la calle Francisco I. Madero. Piense en media hora recta de un atardecer sabatino sobre el nombre de un revolucionario mexicano. Suponga lenguas, protesta, blues, funk, restaurantes, estatuas, edificios de museo, de joyas, de bares, de cantinas, personas sin avisos previos, bailes, videos musicales y cine en figuras gigantes reunidas. Ha de estar tranquilo pues no hay que analizar tanta simbología de semáforo y la falta de espacio en andenes es un ayer con tachones de lápiz.
Viaja desde el Zócalo y quiere alcanzar el edificio gustoso de resguardar la calle Madero. La Torre Latinoamericana se levanta con afán sobre Ciudad de México, y al observarla recobra su altura de concreto inalcanzable en esta tierra demarcada por otros como patio trasero. Caminar es la sentencia, el amuleto de suerte para encontrar abierto con generosidad el corredor-arteria. Usted se deleita, siente el sabor de una fruta o el inicio de un bolero cuando el divagar lo lleva a las fugas del turismo trivial, los escenarios de antesala: tapete semejante a una lengua saliendo de la boca-babel hiperurbana, extendida en una bienvenida pop. Jack Sparrow debate con Batman y Ironman, los Na´vi ostentan su esplendor azul y acento chilango, el luchador aceitado es invadido por extranjeras y oriundas urgidas de fotos y testificación de su abdomen, el Gato en el Sombrero rasta ni con gotas disimula su irritación ocular, el Capitán América saborea unos tacos de canasta, las calaveras predicen el mal augurio, el guerrero azteca parece una escultura dorada, el Master Chief de los Spartan lidera a los depredadores y aliens, el judío reclama memoria por el Holocausto, la Catrina modela su lúgubre elegancia.
Escucha la voz de un tenor animando la calle desde el balcón de una tienda musical, cerca del Museo con apellido Monsiváis. Los sonidos de una banda de Jazz sorprenden desde un callejón saliente, pegado a un edificio colonial que debió ser el hogar de un conquistador español y ahora es un restaurante de cualquier empresario mexicano. Alguien improvisa la coreografía de Thriller, y un acordeón-mariachi acompaña el pregón lejano de evangélicos maratónicos en su oda a dios o el discurso de ateos empotrados en su odio contra El Vaticano.
Escucha, con acierto de banda sonora en su recorrido, la melodía emergente del organillo, la caja musical decimonónica a la cual un hombre le da cuerda mientras resulta ‘La llorona’ o ‘el Jarabe Tapatío’. Quiere entonces tocar los muros firmes de edificaciones viejas con sus baldosas de azulejo en la fachada. Ve revolotear a las personas en la calle, perdidas entre prodigios, buscan restaurantes o bares o alguna iglesia antigua para fotografiar. Un guía turístico relata historias a un grupo de jóvenes y señores altos y blancos, los centros joyeros prometen diamantes para compromisos de matrimonio, las ventanas de las edificaciones son objetos y pensamientos ocultos y en un antejardín hay una exposición de esculturas amorfas, de Día de muertos o de honra a Fuentes, Monsiváis y Chavela Vargas, con imágenes justas en escala de gris y frases memorables.

miércoles, 17 de abril de 2013

No hay nada, solo agua

–Debes venir –­­dijo al despertarme.
De su cabello caían gotas que reventaban en el suelo. Entró en la habitación en aquel estado de olvido bajo la lluvia. La tomé del brazo, la sequé con afán, cambié sus prendas por otras muy amplias para su estatura. Quise animarla, y le ajusté en su cabeza una diadema en forma de gerbera azul, presente de mamá en mis primeros años de vida. 
–Debes venir. Te quiero mostrar algo–insistió.
–Ya iremos. Sécate y abrígate.
La pobre escurría su color por el agua, pero la dejé renovada frente a un tazón de chocolate, no miento y soy dramática. Supongo que extrañaría a sus padres. No sabía la dirección de su casa o quién respondía por ella en el pueblo. La conocí por casualidad, en el bosque. Venía a visitarme en ocasiones. Siempre me encontraba dormida.
 –Anima un poco el color –dije, y ajusté la diadema en su cabeza-. Es mejor estar aquí dentro.
–Pero debes venir. Te mostraré algo.
–No ves cómo te mojaste, con ese diluvio afuera. Vas a enfermarte.
–No está lloviendo –agarró mi brazo con firmeza y me condujo hacia el antejardín. Su  mano seguía fría.
Al salir el sol nos abrazó.
–Es por allí –señaló un camino de casas viejas–. Subimos una colina y entramos a una plaza que no recordaba
–No te alejes tanto.
–No –respondió–. Ya casi llegamos.
En medio de la plaza había un pozo. Sabía que en pueblos de la sierra no hay acueducto, por ello se busca otra manera de extraer el agua de las montañas.
–Ahí es.
Antes de llegar la agarré de los brazos, presionándolos contra su cuerpo.
–Qué te pasa, por qué vienes sin permiso –intenté regañarla, mirándola de frente.
–Debes venir –gritó. Trató de soltarse. Al lograrlo corrió hacia el pozo y se agarró de los bordes–. Mira.
También me agarré. Traté de alargar el cuello para observar el fondo del pozo. Un recuerdo de infancia quizá rozó mi memoria. Ella se dejó ir en su abstracción sobre el agua retenida, tan oscura. Noté que la diadema en forma de gerbera no le gustó, intentó quitársela. La observé por un rato y el desagrado hacia mi descuido se me hizo nudo en la garganta. Maldije a sus padres.
–Mira –insistió–. Quería regalártela ¿La ves?
–No hay nada, solo agua –le dije, pero en el fondo había un cuerpo. Era de una mujer joven–. No intentes meterte otra vez.

No respondió. Pensé en avisar a las personas del lugar para sacar el cadáver. Parecía llevar un buen tiempo ahí, flotando, como en un sueño. Pobre de la familia. Su piel se desvanecía. Solo hubo un destello de color: su cabello se movió y pude ver la cabeza, el rostro, la diadema en forma de gerbera azul.

viernes, 15 de marzo de 2013

Olvidos

Hay cosas que olvido, por ejemplo, la dirección exacta de donde vivo o el código postal de la colonia. Son memorias sencillas, sin ningún compromiso aparte del relacionado con mis días. En cualquier momento podría perderme entre edificios y estaciones del metro al no recordar nombres de calles. A veces no llego a casa y busco un hotel para pasar la noche. También sufro con las cifras telefónicas. Es difícil contactar a mi novia cuando me atrapa este desconcierto, y ahí estoy, en medio de una manifestación de trabajadores mal pagados, intentando reconocer el celular, adivinando un abecedario y un orden numeral caótico.
En algún evento conocí a una colega que equivoca los sonidos. Al oír una voz aflautada piensa en un Nissan Tsuru modelo 98 cruzando una avenida. Por el problema ha terminado en el aeropuerto y no en la imprenta donde trabaja. Su familia, anhelando evitarle tales molestias, le regaló un reproductor de MP3 cargado de audios básicos. En él busca el archivo sonoro de su interés si necesita una referencia. Demora en hallarlo y en leer acerca de su origen, pero así no pierde tiempo tarareando un fragmento de Aída al poner en la radio un programa sobre la obra de Verdi y, en vez de ello, un locutor da la alineación de las selecciones de Serbia y Camerún en un partido amistoso.

Mi padecimiento es sencillo, dice ella, comparado con el suyo. Me aconsejó anotar en papeles los números, nombres y direcciones importantes para no estar deambulando por la ciudad. Aunque yo no le confié toda la verdad. Lo mío es complicado. Si olvido es porque confundo. Una letra puede ser otra, la Z, una E, el número 4567, un 3. Quizá es una deficiencia visual y no un desorden de la memoria. En ocasiones me hago el ciego y le pido ayuda a cualquier persona. Entonces, escuchando, Bolívar es en realidad Allende y Pereira es Ciudad de México. Así desaparece el sentimiento de abandono, y por una acción de lo posible llego a casa y le escribo a mamá. Le cuento cómo me ha ido en el trabajo antes de iniciar las correcciones de los manuscritos.

viernes, 15 de febrero de 2013

El Pavo



Como cualquier ciudad pequeña para otros, Pereira se recorre sin complicaciones horarias. Tendrá lo básico de una gran urbe y quizá un grupo de personas, como cualquier habitante de una ciudad pequeña, que anhele viajes más allá de sus límites geográficos.
Quiere ese individuo estar en alguna feria cosmopolita e histórica de caos, quiere entrar en un bar lleno de lenguas y una bier, bjór  o pola o cheve aparecerá en la mesa. Tomará el primer sorbo y la espuma será agradable. Tomará el segundo y creerá en la felicidad junto a amigos desconocidos, una figura social común en los bares. Después de la tercera entonará el himno nacional y defenderá La gota fría ante los fanáticos de Julio Iglesias. Luego, en el momento de la nostalgia, se escuchará describiendo el bar esquinero de su ciudad pequeña, donde el color de la bilis y los malos amores se reflejan en los andenes. Regresará, no hay remedio, a El Pavo.
Una casona de fachada blanca y azul, que en la noche tiene una línea generacional y etílica dependiendo de los espacios, es adornada con espejos publicitarios de cerveza, algún mensaje de igualdad racial y laboral e indicaciones para las personas gustosas de fumarolas de dosis mínima exagerada. Hay recortes de periódicos locales con crónicas sobre la fama del bar, o taberna, o fuente de soda, o fonda, catálogo recíproco a la edad del cliente bebedor. Su nombre y símbolo, dibujado en la entrada, es aquella ave de plumaje antiguo que sostiene en su cola de abanico la mitad de los ojos de Argos.
A El Pavo se llega sin excusas y sin hora. Tiene la agilidad de sus meseros, quienes pueden llevar hasta seis botellas en una mano, y el pragmatismo de la venta eficaz: cuántas y pague, es barato. De las bocinas pegadas en las paredes sale una suerte de tango o bolero, antes, con el sonido de aguacero al raspar la aguja el vinil; ahora, con la limpieza de lo digital al leer el rayo laser los discos compactos.
En la noche los ancianos agarran sombrero y borrachera e intercambian lugares con los invasores universitarios. Habrá que buscar sillas, pues hacen falta, no tomar mesa cerca de los baños sin censura y brindar con la otra ronda de frías. Entran los conocidos de infancia y se saludan de esquina a esquina. Entra la pareja de jóvenes enamorados, viviendo la felicidad de no tener dinero suficiente, entran mujeres en combos pequeños y saben que un viejito solitario les enviará su dotación de cerveza. Afuera, la pared blanca de la fumarola, y un cumplidor de horarios llama desde la venta de minutos a celular porque nadie avisa sobre el retraso.

Un viajero andino le escribió una crónica-adivinanza, donde vampiros periféricos arriman cada noche. Algunos siguen escondiendo en sus mochilas las botellas de Póker antes de pedir la cuenta, y una generación antigua toma fotografías de sus sillas y mesas: anhela regresar mientras está lejos de su ciudad pequeña y bebe y recuerda y abraza a quien vea.

jueves, 17 de enero de 2013

Fotografía 1

De aquí a lo que venga en el blog algunas postales para compartir

En el bar ‘La Urbana’, al llegar a una esquina pereirana llamada ‘Sexta con 22’, y sentir bajo los pies el crujir cinematográfico de los escalones gastados, entrada a casona que se antoja inglesa (aunque no lo sea ni parezca), me despego del aliento innato del nevado recorriendo aquella calle estrecha y recta, contenida en Transporte Masivo, focos de luz sueltos y fiesta.
En su interior, doblo hacia la derecha y paso la biblioteca de nuestras presunciones mínimas y decoración al azar. Llego a la sala con mesas de cantina y un sofá perpetuo. El suelo de madera suena con el tono de las escaleras. Bajo su añejamiento vive un hombre solitario, dueño de un tanque de gas que deja un hilo de olor en el bar al filtrarse por las hendiduras del piso. Los rayos de sol cruzan las ventanas, caen sobre las paredes del interior y parecen abrir portales. Hay unas cuantas fotografías de gente  gustosa de jugar con las palabras. Hay carteles para significar ‘La Urbana’, hay un Chaplin de maqueta gracias a Molina y hecho por Carlos.

Se me antoja una tarde en el bar; en el inicio del devenir entre cervezas, café y charlas de comensales. Fifo inventa con las botellas de licores y presume piruetas en la coctelera detrás de la barra. El Paisa asoma una bienvenida en hipo cuando ejerzo la alegría rutinaria: saludo, paso la puertita de la barra y llego al corredor que desemboca en la cocina, con sus paredes de acrílico blanco y frío enterrado. Encuentro a Molina y Miguel habituados a mirar sin decir nada en la llamada “Oficina”, de mesa maderera improvisada y proyectos de mercadeo e investigación de la revista apilados en una esquina, cerca de las cajas de Costeña y el contenedor de hielo. Hay una hamaca donde Mariel duerme. Detrás suyo, en la última pared, antes del patio con su botadero de proyectores de cinema, está la fotografía, el génesis de un viaje como imagen mía en el bar ‘La Urbana’, nuestra memoria de lenguaje, está allí, es una mirada lejana de tonos grises del Zócalo de Ciudad de México obsequiada por Luisa, quien la trajo en forma de afiche sin hablar de anhelos. Es un agujero por donde viajo para caer sobre sus plataformas labradas en huelgas y festivales, y hallo un color de antaño, y me asombro al cruzar con Pamen la calle 'Tres de Febrero' cuando veo abrirse el ombligo de la luna con su bandera maltratada. Imagino que allá en Pereira aún cruzamos los recuerdos.