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lunes, 1 de agosto de 2011

Caudillo

Sólo con escucharlo sabíamos la verdad. Venía de sofisticar su discurso por los pueblos cercanos. Traía un séquito agitador de pancartas con su nombre y promulgador de vivas. Así entró en la ciudad, y de inmediato fue hacia la Plaza Central, donde sus seguidores buscaron sitio para el ensamblaje de la tarima de cara a la campaña.
De tanta algarabía y ondeada de banderas, varias personas que pasaban en ese momento por la Plaza les entró la curiosidad y se acercaron. Entonces el hombre, cuando veía un buen número de oyentes, subía triunfante a la tarima y saludaba a la gente mientras acomodaba su traje, luego pedía silencio a sus seguidores y con la mano izquierda alzada iniciaba la arenga.
Cómo y por qué la gente le creía, nadie lo sabe. Apenas salían las primeras palabras de su boca, el público quedaba seducido y cada intervención era finalizada con un estruendo de vivas y aplausos. Muchos lloraban de la emoción. Hubo quienes en un estado de perturbación lo veían igual a un santo: arrodillados le pedían un milagro, el de la palabra.
Enérgico, figura de criollo, cabello engominado, sonrisa continua y orgullosa. Ningún académico conocía un tema desconocido por él. Hablaba de todo y discutía sin temor sobre asuntos enredados. La gente de la ciudad se maravillaba con su voz y soñaba con sus sueños cuando discutía en los barrios, en las casas, desde el palco del Gobierno Municipal, hasta el punto de convertir sus ideas en obras físicas y morales de la ciudad.
Se ganó nuestro clamor. Sus enemigos políticos desecharon cualquier ideal propio y coincidieron con su causa. La Iglesia lo respaldó, inclusive propuso beatificarlo, y pensadores importantes legitimaron su discurso.
No tenía enemigos; y fui yo, el más fiel simpatizante en cada una de sus manifestaciones públicas, el ejecutor. Así lo decidimos. Esperé sus palabras ese día para sentir la felicidad, alcanzarlo entre la multitud con la necesidad de tocar a un ídolo, ver su rostro sonriente cerca al mío y dispararle entre los ojos mientras le agradecía vivir y conmemorar su nombre.
Nadie me recuerda, pero sé que a él lo honrarán con una escultura de bronce en la Plaza Principal, donde las futuras generaciones escucharán su historia.

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