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domingo, 15 de noviembre de 2015

A

Querida A:
Es mi última carta. Le he escrito otras. Cada una es un intento de verla, una invitación a tomar un café. No hay nada de malo en un café. Es una opción recurrente, dirá usted, pero la virtud del café está en el diálogo introductorio. Hay algo en él que incita las indagatorias básicas evadiendo los tropiezos. Uno puede meterle datos extras, puede darse el lujo de encontrar semejanzas o jurar el préstamo de un disco de Pearl Jam o Carmelo Torres. Además la primera invitación es una promesa de no retardar el encuentro. Un café no son dos, aunque sería posible cuando la charla fluye y usted reconoce que lo recurrente no suele estar vacío y luego, eso lo decidiremos, no viene mal una cerveza, no dos, claro.
Me dirá si acepta la invitación. Iríamos al lugarcito pasando la calle, el ubicado frente al bloque de departamentos donde vivimos. Seguro lo habrá visto. A veces, cuando llego del trabajo, la he encontrado allí, leyendo o haciendo tiempo, bueno, en una cafetería es lo mismo. No la vigilo, no piense eso, por favor. Fue una casualidad el verla por una de las ventanas que dan a la esquina. Usted se sentó cerca de una de ellas y observó algo en la calle por la cual pasé. El lugar lo atiende un tipo sudamericano, de Ecuador o Venezuela o Colombia. Para mí todos son iguales, sus banderas son iguales. El ambiente por lo menos no lo mezclan con fusiones de jazz. ¡Ah! la gente pensando en saxofón y capuchino.
Cómo quisiera saber cosas suyas, A, cómo quisiera encontrar en mi biblioteca un ejemplar de su novela favorita. Cada noche que baje a mi departamento y decida quedarse, aunque usted es difícil de convencer, usted pensaría en lo absurdo de dormir en otro lugar pues tiene cama propia y colchón inmejorable, podría narrarle un capítulo mientras se deja llevar por las palabras y la cerveza, observando  el techo, descalza, recostada en el sillón que acabo de comprar; quizá pensando en algunas frituras y unos cigarrillos y la posibilidad de avanzar otros dos o tres capítulos. Perdóneme, tengo la insana costumbre de no fumar, y en mis gavetas solo hay latas de atún y sopa instantánea, y tomo cerveza, el vino me da jaqueca y es tonto beberlo si no es de caja, o si desconocemos lo dulce y semidulce. Y novela pero no poemas o cuentos pues…Perdóneme de nuevo. A veces no dejo espacio para sus gustos. Usted dirá si vino o cerveza o café. Usted dirá si cambio el colchón de mi cama.
La nombré A. Me hace subir, literal. Ya le expliqué mis razones en otra carta. Intenté saber su nombre, pero al no preguntarlo de manera directa no hay un permiso de saludos en el elevador o de ayuda con las bolsas del mercado, momentos simples de películas con Tom Hanks. Sin embargo, lo intenté: Miré el número de la puerta de su departamento y en el buzón de correo del lobby busqué el nombre. Usted no tiene cara de ‘Josefina’, ha de ser la casera. Investigué con el portero viejo de la noche,  él lo sabe todo. Por eso esperé un día, en la cafetería. La vi doblar la esquina y entrar en el edificio. Luego yo arribé, alarmado, a la señorita se le había caído el celular en la calle y entregarlo era una obligación vecinal ¡Claro! es molesto hacerlo desconociendo el nombre del propietario. “Ah caray” dijo el portero y así lo supe: no era la dueña, no cargaba con uno.  No había duda en ese “Ah caray”, mucho menos en el regaño posterior del viejo, algo paternal.
Entonces es A, el inicio de mi día. ¿Le conté sobre la primera vez que la vi? quizá, aunque importa poco. Cada vez fue una primera vez y ahora soy una balada de radio para planchar. Retomo: La letra inicial del alfabeto no es la M o la J,  y aunque no nos guste saber que antes de esa vocal no hay nada, ahí está, ahí estamos pronunciándola. Además, su piso no podría ser otro aparte del último, la uno de arriba hacia abajo; su sonido es ascendente, nunca aterriza, nunca se estrella en picada con la punta inferior izquierda de B, ese señor de fiestas y gritos, su vecino. Lo odia ¿no? yo lo hago, pero usted no es de estar encerrada. En realidad la vi poco, y créame, lo intenté muchas veces. No la perseguí hasta su trabajo, o donde vaya. Siempre llegaba sola, como la A en su vuelo, como el departamento en lo más alto, caminando por esta ciudad sin proporciones. Alguien cuidándola es exagerado, inclusive, molesto.  Lo mío era la A del edificio, no quería enterarme de sus consonantes.
¿Escribir su nombre habría sido importante? Si en vez de A fuera Juana, y claro, puse “Querida A”, un poco descortés solo escribir “A”, o “Diana” o “Para A” o “Para Pamela”. Las guías románticas proponen admiración, no tanto como “Adorada A”, eso ya es dar por sentado una correspondencia, o “Mi Diosa Coroná” siguiendo las pistas de la canción de B. Que odio le cargo. Debe ser amigo del tipo de la cafetería. Pero no importa su nombre, A, aunque me hubiera gustado tocar su puerta y saber que las cartas no le cayeron mal. Digamos: Me invita a pasar, destapa un par de cervezas y no me muestra su cédula para erradicar a A. Yo le señalo la cafetería por la ventana de su departamento. “No se alarme” digo. Usted sonríe, toma el teléfono, marca, pide pizza, eso pasa en las películas, ya sin Tom. Así,  noche tras noche, subimos y bajamos escaleras ¿Qué lee?  “No importa” dice, enciende un cigarrillo, se tira en un sofá, no pone música, no pasaremos de dormir uno al lado del otro, indaga su biblioteca, repite “No importa”, da un chupón del pitillo y mira cómo desaparecen las bolitas de humo sobre su frente.
El café, mi departamento, el suyo, la confianza de tener su novela favorita en mi mesa de noche, ya no en la biblioteca. Aunque muy poco la veo, y al hacerlo le dedico una carta. Las pego en su puerta, en la madrugada. Sé que tiene conocimiento de ellas, sé que no las lee, sé que no ha denunciado un abuso. Cuando pensaba en escribir ésta nos encontramos. Fue en el elevador. Usted dijo “Buenos días”, no le contesté. Preguntó por la cafetería, no le contesté. Se quedó callada. Esperó que se abriera la puerta y en el lobby salió sin mirar hacia atrás.

¿Por qué me habló? ¿Por qué me hizo saber sobre su respiración,  sobre sus ojos enmarcados por líneas gruesas, algo egipcios? ¿Por qué me sonrió y enseñó sus dientes de conejito?  ¿Por qué me dejó detallar el movimiento de sus piernas, esos signos de admiración? No pude nombrarla. Y afuera estaba quién ahora puede prestarle discos de Pearl Jam y Carmelo Torres y acompañarla por un café mientras discuten el capítulo de alguna novela. Usted leerá esta carta, no hay duda, no pregunte la razón de saberlo. La dejo pegada en la siempre puerta de A. Yo lanzaré bolitas de humo sin saber cómo hacerlo, y sentiré que el olor a quemado no es una cosa oxidada de las historias trágicas.

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