Para leer están las
bibliotecas. Sus salas hechas de libros se expanden en las páginas que en
mesas básicas con lámpara incluida,
los lectores devoran como si hallaran algo más vívido que la misma vida. En
la Lucy Tejada, la Luis Ángel Arango o la Darío Castrillón de Pereira, en el
Centro Cultural Comfandi de Cali o en la Vasconcelos de Ciudad de México, he
reconocido un animal urbano cuyo protagonismo y rostro circunstancial se desvanece al
cruzar la recepción, registrarse y sonreír al personal de seguridad y la
bibliotecaria.
Llega el soplo del
indagador, quien busca con pluma y papel una especie de dirección en una ciudad
habitada desde
diferentes lugares. López Jaramillo, Bradbury, Jelinek o Poe son algunos
intentos de hacer diálogo.
Nos reciben, nos dan la llave de la puerta y habitamos los rincones
posibles. Podrá
distinguir a los otros, los mismos, en un ir y venir entre sus mesas de lectura
y
los anaqueles. No tienen rostro, ni otro interés aparte de las historias.
Alguna vez los escuchará
romper el silencio con un estornudo o carraspeo de garganta, se mirarán de
reojo y distinguirán a lo lejos, quizá los memorice y los llame compañeros, sin embargo nada hablarán.
A veces comerán tiempo y custodiarán el reloj y el término de minutos. Dejarán el
libro muerto en el carrito
recolector y saldrán puros, salubres.
“Para leer están las
bibliotecas”. Leerlo en voz alta invita a intentarlo en un lugar donde pocos
van a hacerlo. Se lee es en el metro, en un tren, no en un bus: padecimiento de
carreteras y golpes de timón, no en un auto: diálogo seguro o estación de radio
al alcance de sus oídos. En la serpiente subterránea y aérea, de hierro y metal, de ciudad y ruido, las
páginas son holograma y lenguaje, dejan de ser objetos acumulados, tiemporales.
Apenas se abra la
puerta del vagón,
el calor humano dejará de
ser una
metáfora. En su interior, las
leyes físicas son posibilidades. Dos cuerpos pueden
ocupar el mismo espacio. Aunque
en
Pino Suárez algunos usuarios estresados se
quedan, siente alivio, sigue de pie. En Zócalo ya encuentra un lugar desocupado, y
si no encuentra la
mirada cansada de una mujer mayor, podrá sentarse y
sacar de su morral la voz de Alejandra Olmos. Al tomar el metro de noche, no le afectará el
peso de un día de trabajo.
La
lectura será el mismo viaje, a pesar de recibir las apreciaciones filológicas
de un borracho o el interés risueño y el guiño de ojo del ‘romanticón’ de los últimos
vagones.
Pero es en la tarde
cuando toma el metro en San Antonio Abad y ya ha pasado Zócalo y saca a Sabato,
prestado, además, en la Vasconcelos. Abrirá sus hojas, retirará el separador, nadie
lo indaga, nadie se interesa en usted y hay otros con el sonido de la ola de mar entre sus
manos y lejos de un
reloj.
En ese instante,
las mujeres lectoras
poco lo atraen y los hombres se gastan en algún recuerdo. Las charlas ajenas serán inútiles, ese silencio perturbador de las bibliotecas desaparecerá.
Seguro de estar rodeado de personas, de su alegre indiferencia, leerá a gusto hasta Cuatro Caminos. Terminará la línea azul. Podrá abordar el tren de
retorno.
Al esperar la
otra serpiente de metal, observará a
algunos de su especie abrir morrales y guardar libros, cautelosos en recordar a
un Ixca Cienfuegos nocturno en
el Centro Histórico. No habrá
saludo, sólo
miradas
y quizá un
reconocimiento de cejas. Ya recordará a los otros, a quienes
encontró recostados contra la pared de alguna estación declamando a los real viceralistas,
sonrientes
ante
las caídas de Sawyer o estremecidos
por la aparición de Cthulhu al doblar cualquier esquina.