Hay un mercado en
Ciudad de México que es una tienda esquinera colombiana; un consulado
gastronómico donde el acento paisa retoma su lentitud dulce y es preocupante el
no estar atento al cambalache. El Mercado Medellín abarca una manzana entera de
la colonia Roma, en pleno corazón urbano, y se ha ligado a la pululación de
restaurantes y panaderías donde los buñuelos y pandebonos se mezclan con el
ajiaco, el sancocho y la bandeja paisa. Hay vallenatos y cumbias, tres colores
ondeantes de un continuo 20 de julio y voces invadiendo las esquinas con un
anecdotario de ritmos bogotanos o caleños.
El mercado toma el
nombre de la calle en la cual
despierta con un sabor a fruta y sur. No es una referencia a la ciudad fraguada en la
cordillera de los Andes, es parte de la toponimia derivada de los
municipios
veracruzanos, tierra de
fandango y jaranas. Aunque este Medellín en la vida
chilanga pareciera ser el
territorio de la parranda y el acordeón, los sonidos al interior de los Macondos
restauranteros.
Entonces llegan las postales
imaginarias, y hay un
recuerdo de las tardeadas: aquel pastelito rectangular
cubierto por una capa de
chocolate que al morderla se quiebra como si revelara el
mapa de un tesoro. Pero el pastelito sólo es pastelito cuando cruza la
aduana, tiene su revisión antinarcóticos y eleva la alegría de algún colombo perdido en México.
Antes, en el inicio del sur, en alguna
ciudad con un parque Simón Bolívar, su designio es ser ponqué y viene empacado
en una bolsa naranja, confite gigante, regalo cotidiano. Con ese anhelo glotón camino
hacia Medellín.
Busco
un ‘Chocoramo’.
Paso cerca de Perú, siento el mate
argentino y la papaya brasileña. Escucho a una señora venezolana preguntar por
masa para arepas y un cubano de canas me invita a probar los helados hechos con recetas de su isla. Me pierdo
en un local donde los chilaquiles son un plato de orgullo y cruzo palabras con
un hombre en busca de café. Cerca está la bandera final. Una emoción pequeña, de bambuco y cumbia en reclamo, a pesar de mi
ignorancia de pies y azote de baldosa, se intenta extender en una mirada sin parpadeo.
- ¿Va a querer algo? -pregunta una mujer joven
con indicios de primera venta.
- Sí, un Chocoramo.
- Voy a ver si hay, sólo tenemos en paquete.
Antes de yo indagar el precio y hacer matemática de bolsillo, la joven se encamina
hacia un local con algunos trotecitos.
En el lugar donde
espero hay un mostrador decorado con latas de Pony Malta y de refresco
Colombiana. En
México la gaseosa deja de ser gaseosa y se convierte en refresco. Hay, también,
bolsas
de café Sello Rojo y de arepas de queso.
- ¿Quiere algo más? -dice un hombre con palabras de barrio bravo al arquear las cejas.
- No, gracias, sólo el ‘Chocoramo’.
Resulta imposible obtener el paquete de cinco,
preocupaciones de quincena etérea. Haciendo
malabares verbales en busca de
una rebaja, la joven acepta, con nulo aprecio hacia el cliente, venderme dos
piezas. Gesta heroica en mi historia dulcera: tres mil quinientos pesos por
cada Chocoramo. Aunque el escalofrío de mano triste en el bolsillo del pantalón
dura poco. Compro, al salir, una leche de caja en
una tienda mexicana, y sentado en la banqueta del estacionamiento del mercado
Medellín (no andén sino banqueta, no parqueadero sino estacionamiento, el paso del
lenguaje en
la aduana) abro con paciencia de amante secreto la bolsa naranja y puedo, casi al inicio del llanto,
honrar un artificio del
recuerdo legado desde los años cincuenta en
Colombia.