
Olvidamos la mirada del
hacedor, sus muecas, el sonido de sus palabras. Olvidamos su nombre, poco nos
interesa esa designación caprichosa al entregar un juego de llaves o una taza
de café.
Recurrimos al movimiento de sus
manos. Detallamos las hendiduras de la piel, los destinos cruzados en las
líneas de las palmas, los rostros de ancianos formados en las articulaciones de
los dedos. En una de sus muñecas cuelga un ojo de venado. En la otra se aferra
un reloj de pulsera sin manecillas. Sobre la mesa de trabajo reposan los palillos
de madera y los vaciadores. Serán el trazo, el orificio, la cicatriz, la carga
de la muerte en los pómulos del barro inicial, esa posibilidad del todo.
Con los pulgares hundidos aparecen
las cuencas de los ojos y la profundidad del mentón. La dentadura rechaza el
disimulo de la carne. Es la carcajada, quebrante del silencio en un cementerio,
la burla hacia las fotografías escondidas en cajones o los retratos empolvados
bajo las mantas. El hacedor moja los pinceles en las pinturas de acrílico. Por
eso los bigotes revolucionarios, los tatuajes de flores, las enredaderas de
plantas, las cejas unidas. Y luego las calacas esperan al doblar la esquina,
apretujadas en un manel extendido cerca de un semáforo o en una tienda de
recuerdos. Allí las encontramos, y sabemos cuál es la nuestra. Solo con tomarla
recordamos un elote con chile y mayonesa, el recorrido por una feria, la
máscara de Mil máscaras, el sonido de un violín, las décimas de un son. Cada
memoria reunida en una calaca, el ofrecimiento de un punto de reencuentro
cuando estemos en casa y demos forma a las manos que moldearon el barro.