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martes, 28 de junio de 2011

Fifo

Mientras caminaba hacia el periódico, se vio a sí mismo en un paradero de bus, en la otra acera de la calle. No se saludó. Recordó que se debía 20 mil pesos.

miércoles, 22 de junio de 2011

Cindy

Cada domingo, en temporada de lluvia, caminaba por las calles de Cali aguardando sentir su cuerpo mojado. Entre semana no olvidaba la sombrilla.

miércoles, 8 de junio de 2011

Talita

Descubrió un granito de arena de playa en el centro de Bogotá.

–¡Bien! –dijo–. El mar está cerca.

miércoles, 1 de junio de 2011

Gloria

Quería establecer una prueba al amor. Si el hombre anheloso de un desayuno en la cafetería de la esquina la haría feliz, pensó, esperaría allí, sentado frente a sus huevos rancheros y café, mientras ella terminaba su turno laboral. Ese día fue invitada a una fiesta y olvidó al hombre anheloso de un desayuno. Días después pasó por la cafetería y lo vio sentado en el mismo lugar, frente a un plato de huevos rancheros y una taza de café sin probar aún.  

viernes, 20 de mayo de 2011

Luis Vidales

Descubrió otra calle cuando llegó la noche. Al amanecer se perdió y esperó la oscuridad para encontrar el camino a casa.

martes, 3 de mayo de 2011

Postal del abuelo


Mi abuelo no dejó su pueblo. Aún vive en aquella casa de habitaciones amplias y luz generosa. Por las tardes sale con el único interés de saludar a los vecinos, encontrar un lugar en la cafetería del parque principal y pasar las horas y el calor. De noche juega parqués con los amigos, recorre las calles de sus recuerdos y sigue con voz ronca no sé qué melodías de guitarra y aguardiente.
Cuando llega a casa, piensa en la abuela. A veces lo siento triste. La contempla, le canta y la busca al dormir. Yo lo he escuchado dedicarse a ella en sus palabras.
Mi abuelo sigue en ese otro pueblo, no reconoce las fotografías y los relatos de la historia. Es costumbre cerrar la ventana de su habitación cuando duerme. Con el frío de esta ciudad puede enfermarse y no quiero que deje de soñar con la abuela y olvide su tiempo de caminatas y parqués.

martes, 19 de abril de 2011

Finales en Kumbala

Conozco a un barman que escribe historias cortas en una libreta sobre las posibles muertes de los posibles clientes de Kumbala. Son pasajes anecdóticos, contados en primera persona, donde la descripción de una mancha de sangre cubriendo el anillo de matrimonio del asesino, es un reclamo milimétrico a las plantillas genéricas en la literatura amarillista.  
En la libreta, sin mentir, hay tantos finados como días tiene el año. El barman observa a las personas cuando entran al bar, prefiere a las solitarias nocturnas, y si encuentra algún movimiento torpe en cualquiera (No puedo descifrar su método de selección entre quienes van por un trago), él mismo la atiende; espera con paciencia dónde se ubicará, su orden y luego pregunta el nombre. Entonces anota los datos en una hoja limpia y propone la historia. Al terminarla le invita un trago a la agradecida y ficcionada víctima. El barman responde toda amabilidad, y dice: “No agradezca, algún día usted se muere y es bueno llevarse un buen recuerdo de este rincón de la ciudad”.
Fue una mujer quien tomó la libreta olvidada sobre la barra. Hojeó un poco, sin interés, pero al leer una de las narraciones dejó unos billetes bajo la botella de cerveza y salió del bar. Paró un taxi al otro lado de la calle, lo recuerdo. Antes de subir al auto miró hacia el interior de Kumbala, hacia el lugar donde estuvo sentada. La bebida, su dinero y la libreta seguían en el mismo punto. Trató de buscarme con sus ojos. Evadí aquella mirada. Lo duro de la situación me permitía ese desplante.

En la tarde del día siguiente las noticias radiales anunciaron otro suicidio: una joven de 30 años se lanzó desde el octavo piso del edificio de la lotería local. Ya iban 7 en lo corrido de la semana. Yo escuché el informe mientras planchaba mi traje de gala, pues en la noche se festejaría en Kumbala el surgimiento de otro narrador pereirano.