Etiquetas

miércoles, 15 de abril de 2015

REC

Mi abuela no desprendió la mirada de la lucecita roja.
=Son botones y brillos diciendo qué hacer -dijo para tragarse el disgusto por un paso más de la tecnología.
–Es la cámara –resalté, tratando de restarle interés al tema.
–¡Ah!, el aparatejo.
El “aparatejo” lo traía conmigo pensando hacer un video con la abuela. Una idea tipo documental para la familia, donde registraría el inicio de árbol genealógico. Sería la memoria de esa mujer con algo de Homero y juglar vallenato recorriendo el mundo. Así que en una de las muchas visitas anteriores le propuse filmarla y ella supuso un augurio: “Por qué tenerme en una pantalla si aún puedo despertar”. Pero el día que no desprendió la mirada de la lucecita roja calló sus maldiciones y dejó correr su voz de mañanas junto al café, se acomodó en el sillón y me observó.
–Está bien, Luis –dijo–. No lo apagues.

La abuela volvió al buque que alguna vez admiró en Buenaventura. Yo apreté REC.

martes, 17 de marzo de 2015

Memorias para Abraham

El esposo agarró el cuchillo, se sentó junto a la mujer, le acarició el vientre. Luego rebanó la carne. Cuidó la simetría en los cortes para así tener una cena digna con los suyos. Al terminar, puso cada plato en cada lugar de la mesa-comedor y acarició de nuevo el vientre de la mujer. Imaginó una vida renovada: educación, viajes vacacionales, abrazos como unidad; su primogénito crecía en un lazo puro, sin descendencias sueltas… su primogénito… Lo reafirmaba cuando volvía del trabajo, cuando dormía, cuando recibió al hijo de su primer matrimonio, cuando la mujer no estuvo de acuerdo y él supo que había un estorbo en la casa, cuando ese día de la semana llamó al pequeño a cenar y empuñó hasta doler el cuchillo, ya manchado de sangre.

martes, 20 de enero de 2015

Luna y el telescopio

Desde la azotea de su casa, Pereira es una mano extendiendo los cinco dedos al percibir nuestra mirada. Cuando subimos la escalera, con algo de torre y hecha para personas con pie de niño dios, sabemos que antes de cruzar la puerta hacia tal apertura, estamos refugiados en el puño de la ciudad.
–No, en medio de una flor –ella corrige–. Apenas nos siente abre sus pétalos de animales y árboles.

–Pétalos como dedos –reitero–, llenos de edificios y sosteniendo un Bolívar desnudo en sus yemas.
Allí está el telescopio, nuestro inicio de cartógrafos lunares. Y la atención hacia el barrio San Camilo, de asombro al doblar una esquina, de vecinos en sus casas, el teatro mudo visto por los ventanales, se pierde al concentrarnos en el firmamento e intentar contar los puntos luminosos, pensando que cada uno es otra ciudad, otra azotea donde hay dos personas sosteniendo un telescopio como catalejo, no muy pesado y con un trípode para niño dios, recostados contra un muro, detallando por el lente cómo se acerca la luna y enumerando conejos saliendo de sus cráteres o rostros humanos hechos de montañas en su superficie.
Así divagamos en la noche. Nos llaman acomer y un Weimaraner sube y deja caer su cuerpo de flecha sobre ella. Así divagamos más allá de la noche, esperando que baje sus brazos ese individuo lunario tan preocupado por presentimientos de espías lejanos. Entonces lo vemos hablar con hombres y mujeres recogiendo conejos emergentes de cráteres, gritándoles y saltando a su alrededor mientras señala un lugar remoto: alguien los observa de nuevo por un telescopio desde cualquiera de esos puntitos brillantes colgados en el vacío.

miércoles, 17 de diciembre de 2014

Ella (Olvido mecánico)

Terminó la relación con un punto aparte, en el margen de una aventura y el agotamiento de un cariño etiquetado a través de los años. Recordó esa noche en su casa, cuando sentada en la cama lo veía a él de pie, recostado contra el tocador, y evadía esos “ojos recriminantes”. Le contó sobre el otro, lo elevó en cualidades, y al dejarse ir por el fanatismo inicial de la novedad, no supo en qué momento había quedado sola en la habitación. Escuchó unos pasos en las escaleras y un hasta luego como disfraz para su madre, quien desde la sala intentaba pensar en otra cosa y rogaba que su telenovela favorita iniciara pronto.

Pero entre el pecho y sus manos tenía el desarraigo; sensación de no volverlo a recordar, ni en cartas de novio, ni en besos frenéticos. Intentó pensarlo en alguna noche de caminatas y charlas por la ciudad, intentó retener su imagen de confidencia en la derrota. No pudo, sólo quedaba ese último señuelo de que existió para terminar. Allí algo la alejaba en desbandada, el desvanecer de los segundos, un saludo cualquiera al tener prisa,  un adiós dulce y perfecto.

martes, 2 de diciembre de 2014

Él (Olvido mecánico)

Arrancó el amor en una noche. En su habitación, después de haberla recordado, después de haberla nombrado, la buscó en los libros de poesía que tanto dedicó en momentos de fanatismo y que ahora recogía de manera mecánica. Cuando dejó de leer, agotado por el sueño, tomó una tijera y deshizo en pedazos cada secreto compartido en esas hojas de palabras ya ajenas. Recordó el trayecto del carro de la basura al día siguiente, y antes de dormir echó en una bolsa de plástico los desperdicios de comida, los retazos de papel higiénicos usados y el desastre de papeles rotos regados en el piso de su habitación, todo directo al bote de basura comunal de su cuadra. Al amanecer escuchó la charla de los recolectores mientras desayunaba y preparaba su día de trabajo. Se felicitó por no dejar pasar otra semana sin hacer la limpieza.

martes, 11 de noviembre de 2014

Felicidades, su Chocoramo


Hay un mercado en Ciudad de México que es una tienda esquinera colombiana; un consulado gastronómico donde el acento paisa retoma su lentitud dulce y es preocupante el no estar atento al cambalache. El Mercado Medellín abarca una manzana entera de la colonia Roma, en pleno corazón urbano, y se ha ligado a la pululación de restaurantes y panaderías donde los buñuelos y pandebonos se mezclan con el ajiaco, el sancocho y la bandeja paisa. Hay vallenatos y cumbias, tres colores ondeantes de un continuo 20 de julio y voces invadiendo las esquinas con un anecdotario de ritmos bogotanos o caleños.
El mercado toma el nombre de la calle en la cual despierta con un sabor a fruta y sur. No es una referencia a la ciudad fraguada en la cordillera de los Andes, es parte de la toponimia derivada de los municipios veracruzanos, tierra de fandango y jaranas. Aunque este Medellín en la vida chilanga pareciera ser el territorio de la parranda y el acordeón, los sonidos al interior de los Macondos restauranteros.
Entonces llegan las postales imaginarias, y hay un recuerdo de las tardeadas: aquel pastelito rectangular cubierto por una capa de chocolate que al morderla se quiebra como si revelara el mapa de un tesoro.  Pero el pastelito sólo es pastelito cuando cruza la aduana, tiene su revisión antinarcóticos y eleva la alegría de algún colombo perdido en México. Antes, en el inicio del  sur, en alguna ciudad con un parque Simón Bolívar, su designio es ser ponqué y viene empacado en una bolsa naranja, confite gigante, regalo cotidiano. Con ese anhelo glotón camino hacia Medellín. Busco un ‘Chocoramo’.
En la entrada del mercado observo el mural: hay frutas desbordando canastos, hay fiesta de carne y maíz. El mosaico latinoamericano antecede el recorrido por un laberinto con paredes de guayaba, yuca, papa, cocteles de camarón y piñatas ‘Darth Vader’ o  ‘Supermán’. Pero tengo un hilo de Ariadne, busco mi guía gastronómica en las banderas colgantes del tejado.
Paso cerca de Perú, siento el mate argentino y la papaya brasileña. Escucho a una señora venezolana preguntar por masa para arepas y un cubano de canas me invita a probar los helados hechos con recetas de su isla. Me pierdo en un local donde los chilaquiles son un plato de orgullo y cruzo palabras con un hombre en busca de café. Cerca está la bandera final. Una emoción pequeña, de bambuco y cumbia en reclamo, a pesar de mi ignorancia de pies y azote de baldosa, se intenta extender en una mirada sin parpadeo.

-  ¿Va a querer algo? -pregunta una mujer joven con indicios de primera venta.
- Sí, un Chocoramo.
- Voy a ver si hay, sólo tenemos en paquete.

Antes de yo indagar el precio y hacer matemática de bolsillo, la joven se encamina hacia un local con algunos trotecitos.
En el lugar donde espero hay un mostrador decorado con latas de Pony Malta y de refresco Colombiana. En México la gaseosa deja de ser gaseosa y se convierte en refresco. Hay, también, bolsas de café Sello Rojo y de arepas de queso.

 - ¿Quiere algo más? -dice un hombre con palabras de barrio bravo al arquear las cejas.
 - No, gracias, sólo el ‘Chocoramo’.

Al pronunciar la palabra mágica, la joven aparece de la nada. Trae un paquete de lo preciado. Es el tiempo infante en el Parque Industrial en Pereira, de juegos y ‘Perlita’ de vainilla para acompañar el ponqué en la hora del “algo”. Es el tiempo universitario de cafetería llena de jugadores de dominó y punks no muy punks. Es el tiempo citadino cuando salía del trabajo y antes de tener mi turno en el bar pedía en una tienda esquinera el pastelito cubierto y unas galletas ‘Festival’ sabor limón.

Resulta imposible obtener el paquete de cinco, preocupaciones de quincena etérea. Haciendo malabares verbales en busca de una rebaja, la joven acepta, con nulo aprecio hacia el cliente, venderme dos piezas. Gesta heroica en mi historia dulcera: tres mil quinientos pesos por cada Chocoramo. Aunque el escalofrío de mano triste en el bolsillo del pantalón dura poco. Compro, al salir, una leche de caja en una tienda mexicana, y sentado en la banqueta del estacionamiento del mercado Medellín (no andén sino banqueta, no parqueadero sino estacionamiento, el paso del lenguaje en la aduana) abro con paciencia de amante secreto la bolsa naranja y puedo, casi al inicio del llanto, honrar un artificio del recuerdo legado desde los años cincuenta en Colombia.