La estación San Antonio
Abad indica el inicio o final de la avenida Tlalpan. Es el paisaje hacia el sur
de la Ciudad de México. El viaje subterráneo del Metro se cimbra en ese pequeño
mundo, donde los vendedores ambulantes no apartan lugar, los policías tienen
somnolencia y las escaleras eléctricas mantienen dañadas. En su único corredor,
las personas esperan como se espera un bus en un pueblo al lado de la carretera.
Esperan llegar a las estaciones contiguas, Pino Suárez y Chabacano, las del
transbordo, las flechas, las filas, el Monumento arqueológico y la escenografía
de ´El vengador del futuro´.
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martes, 2 de octubre de 2018
martes, 25 de septiembre de 2018
Luchas en Tijuana
Es
el primer sábado de septiembre. Los integrantes de Pueblos sin fronteras llegan
al estacionamiento de la Estancia Municipal de Infractores. Llevan pancartas y
mantas. No son más de sesenta. Han caminado las calles de Tijuana desde el
mediodía. Son las tres de la tarde. Gritan “no están solos” frente a los
policías. Repiten “no están solos” en un intento por dar un abrazo a quienes
cargan la etiqueta de deportado o migrante y están en una celda.
Son
de El Salvador, Guatemala, México, Estados Unidos y Honduras. Su mensaje hace
parte de la campaña ‘Marcha por la dignidad’. Quieren frenar el abuso de poder de
la fuerza pública: las extorsiones en los alrededores del canal del Río
Tijuana, los levantamientos cerca a los trabajos o colonias si la voz y la piel
son una cosa ajena, un no-lugar en los mapas, un cuerpo carente de espacio en la
ciudad.
“Basta
ya, basta ya a la poli de robar”, exigen. Registran con sus teléfonos los
testimonios de hombres y mujeres que doblaron en la esquina equivocada y resultaron
detenidos. “Acá se está desmayando uno y no hacen nada”, grita un hombre al
abrir las puertas traseras de una furgoneta policiaca. En su interior hay
cuatro personas tras una reja. “Hablen. No se queden
callados. Aquí están las cámaras”, les dicen, pero parece que junto a las
billeteras y el dinero también les decomisaron las palabras.
Cuando
los marchantes rodean la furgoneta, los policías se acercan y usan sus
teléfonos: graban rostros, manos, conversaciones. Irineo Mujica, vocero de
Pueblos sin fronteras, informa que el director de la Estancia dio la orden de
liberación. Entonces esperan, ven caminar hacia ellos a quien quita el candado
de la reja, esperan, y sueltan abrazos al recibir entre los suyos a las
personas detenidas ese primer sábado de septiembre. “Sí se pudo”, grita Irineo,
“Sí se pudo”, es la respuesta de sus compañeros, el cántico de retirada
mientras recorren de nuevo las calles de Tijuana.
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Ubicación:
Tijuana, B.C., México
sábado, 25 de agosto de 2018
Playas de Tijuana
La
familia camina por el malecón de Playas de Tijuana. Son el padre, la madre, dos
niñas y una joven, quizá de 20 años. Es un domingo de julio, es una tarde que
pronto caerá, aunque el sol persiste en su cenit.
Las
olas del Pacífico parecen brazadas de gigantes. Los surfistas observan como el
mar se eleva. En los cafés hay gringos y tijuanenses que toman cerveza
artesanal. En las marisquerías hay gringos y tijuanenses que toman Tecate roja.
En la entrada de los restaurantes se agolpan los grupos de norteño y banda;
traen la tuba, el acordeón, los platillos, la guitarra y muchos sombreros. Un
hombre toca una jarana, canta el son El Siquisirí y también usa sombrero. Los
músicos de Tijuana no olvidan el sombrero en casa. Arriban los orientales.
Bajan de un bus. De sus cuellos cuelgan las cámaras Nikon y Canon. Observan el
Faro y se toman fotografías cerca del obelisco, e intentan leer: “Límite de la
República Mexicana. La destrucción o dislocación de este monumento es un delito
punible por México o los Estados Unidos”. El muro fronterizo es el fondo de la
imagen. Los orientales hacen el signo de la paz cuando los enfocan otros
orientales con los lentes gran angulares. También la familia busca el muro,
deja el malecón y camina sobre la arena. Cuando alcanzan el límite de la
República Mexicana, una de las niñas saca un teléfono móvil y toma una foto del
padre, la madre y las hermanas. Luego cambia de rol con la otra niña. Ahora
ella aparece en el retrato junto a los suyos.
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Ubicación:
Tijuana, Baja California, México
domingo, 22 de julio de 2018
Goles en el transporte público
- Ya nos chingaron –dijo el joven mientras observaba en su teléfono como el defensor mexicano Edson Álvarez no pudo despejar un balón que pasó entre sus piernas, rebotó en el suelo y empujó con su mano izquierda al interior del arco custodiado por Memo Ochoa. Los suecos celebraban su tercer gol.
Fue el 27 de junio del Mundial de Rusia. Era el minuto 74. En el estadio de Ekaterimburgo nadie coreó el nombre de Hirving 'El Chucky' Lozano como si cada letra fuera una nota de Seven Nation Army de The White Stripes. “Ya nos chingaron”, dijo el joven antes de las 9 a.m., hora Pacífico, en Tijuana, y desconectó los audífonos del teléfono, subió el volumen y nos dejó escuchar, a quienes íbamos en el asiento trasero, las especulaciones de los comentaristas del México-Suecia sobre la caída de Alemania ante Corea del Sur, el otro último encuentro del Grupo F. Si los campeones de 2014 eran eliminados, y fueron eliminados, habría una nueva oportunidad para cantar los goles de la selección mexicana en el transporte público tijuanense.
Un día después, Colombia enfrentó a Senegal en la ciudad de Samara. A las 7 a.m. inició el partido, hora Pacífico, claro. El primer tiempo lo vi en casa. Un amigo me pasó un link por redes sociales de un sitio web que registraba otros links de otros links donde transmitían el Mundial. Pero el cabezazo a lo Yerry Mina, en el minuto 74, llegó cuando ya estaba dentro de una furgoneta que en Tijuana llaman taxi y en la cual caben ocho o diez personas, aunque el conductor insista en meter doce o quince. Uno de los pasajeros era el joven “Ya nos chingaron”. Así que al sentarme a su lado le pregunté por el partido. Él volvió a desconectar los audífonos y volvió a subirle el volumen al teléfono. Vimos como Mina se alzaba entre los defensores senegaleses y encontraba el balón en el aire. Cantamos el gol. No era momento de negar uno de los pocos sufrimientos voluntarios y compartidos en este continente, sobre todo antes de iniciar la jornada laboral.
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Ubicación:
Tijuana, Baja California, México
miércoles, 27 de junio de 2018
Tijuana y el debate presidencial
En un domingo de mayo con el número 20 en los
calendarios, Tijuana apareció en los medios de comunicación mexicanos como la
alfombra de un evento de aplausos, cámaras y gafetes. El segundo debate
presidencial inició a las siete de la noche, y para transmitirlo y hacer
preguntas y dar respuestas, el Instituto Nacional Electoral y el Estado Mayor
Presidencial abrieron micrófonos, alzaron campamentos y cercaron la Universidad
Autónoma de Baja California.
Desde la mañana, las calles se llenaron de mujeres y
hombres que ondeaban banderas y lucían camisetas con los apellidos de los
cuatro finalistas. Era el momento de señalar al otro, entregar volantes,
distribuir tortas e iniciar la batalla sonidera en los semáforos con cumbias
hechas himnos de urnas.
Pero entre los vociferantes de quienes son sonrisa y abrazo
electoral, aparecieron los carteles con la imagen del miembro de Mexicali
Resiste liberado tres días después del debate: “Libertad a León Fierro”, “Preso
político”, “#somosleon”. Aparecieron pancartas dirigidas a Francisco Vega, el gobernador
de Baja California: “El agua es vida y se defiende”. Jóvenes, señoras, señores
y treinteañeros marcharon en medio de banderas, cumbias, reggaetones, volantes
y tortas. Prendieron megáfonos y frente las rejas y los custodios de cachiporras
hablaron de los desaparecidos, de la fibromialgia y su nula cobertura en el
seguro social, del derecho al agua, de las desaladoras, de Constellation Brands,
de los recortes presupuestales a la educación.
Hablaron para hacer llegar sus mensajes al coliseo de
la UABC, que al fondo parecía un castillo de vampiros rumanos en la cima de una
montaña. Allí estaban los de corbata y atril, tuteo a quien no ven al acercarse
a las cámaras y sonrisa de ladrón al encontrar a un ebrio dando tumbos por la
calle. Aunque nada de desaparecidos, fibromialgia, agua, desaladoras,
cerveceras o presupuestos. El debate fue observado en México como un programa
de concursos del cual saldrá un ganador este primero de julio, porque así es la
democracia.
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Postal.
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Tijuana, Baja California, México
sábado, 9 de junio de 2018
Emilio
El 5 de junio de 2017 nació Emilio Puello
Vargas. Nació en Montería, una ciudad colombiana donde las iguanas orientan sus
pesquisas camufladas en el prado, y el río Sinú se hace arruyo nocturno antes de
desembocar en el mar Caribe.
En su casa, Emilio se preguntará por qué el
tambor es de cuero y el acordeón parece sonreír, escuchará la cocción del arroz
con coco a la hora del almuerzo y se hará simpatizante del ají en la arepa de
huevo. Intentará definir con gestos y onomatopeyas el sabor de una yuca o un patacón
bañados con suero costeño. Y cuando busque el campo, observará a los árboles
surgir de la tierra para poblar la sabana como si fueran fanáticos de las
mirandas hacia el horizonte
Pero ese es un futuro sin sarpullidos que
imagino en Emilio, una vuelta de hoja sin bordes doblados o café regado sobre la
letra de molde. Nada suyo puede ser un hombre tocando en una puerta al mediodía
porque en los clasificados de un periódico apareció una dirección y no había de
otra, paila. Emilio contradice esos momentos de corbata y tests psicológicos en
oficinas de recursos humanos carentes de ventiladores. Yo lo imagino con un
mapa en la mano mientras recorre la geografía bajacaliforniana, quizá a los 18
años, cuando venga a visitarme.
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Memoria.
Ubicación:
Tijuana, Baja California, México
lunes, 21 de mayo de 2018
“Agua para todos”
Es el
primer domingo de mayo en Tijuana, y en el Monumento a Cuauhtémoc, sobre la
avenida Paseo de Los Héroes, las voces que intentan sobrepasar el ruido del
tráfico vehicular exigen la liberación de un hombre.
“No más
presos políticos”, dice uno de los carteles. Lo sostiene un joven que pisa el
borde de la glorieta donde se alza la efigie del tlatoani mexica. En otro, una
señora, quizá una madre, quizá una abuela, escribió: “Justicia a León Fierro”.
Los
mensajes están dirigidos a Francisco Vega. Al gobernador de Baja California le recuerdan
la detención de León Fierro en la ciudad de Mexicali. Policías estatales
acusaron al activista de un supuesto intento de asesinato a uno de ellos en una
protesta por la defensa del agua a principios de este año. Y aunque su caso se
reclasificó como lesiones dolosas, una jueza le dictaminó prisión preventiva
por dos meses al considerarlo “peligroso para la sociedad”.
En el
Valle de Mexicali, un desierto de películas postapocalípticas, se construye parte
de una planta cervecera de la multinacional Constellation Brands. Su puesta en
marcha, dicen los habitantes del Ejido Joropo y algunos colectivos ciudadanos, disminuiría
el recurso hídrico de la capital bajacaliforniana, concentrado en el río
Colorado. Por eso, en un martes de enero, intentaron parar las obras. Pero los hombres
con insignias del orden público pusieron sus escudos de plástico frente a ellos
mientras las retroexcavadoras abrían la tierra. Allí estaba León, como
integrante del movimiento Mexicali Resiste, allí sus acusadores lo vieron
subirse a su auto con la intención de embestirlos.
Constellation
Brands pone los tubos de extracción de agua porque Francisco Vega lo autorizó,
señalan algunos medios informativos mexicanos. Esa autorización también la
tienen presente los tijuanenses reunidos el primer domingo de mayo. Al político
rodeado de cámaras y micrófonos que niega la figura del preso político en su
gobierno, le dejan un mensaje en una manta extendida bajo los pies del
monumento a
Cuauhtémoc: “Kiko, Tijuana te exige libertad inmediata a León Fierro ¡Agua para
todos!”.
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Postal.
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Tijuana, Baja California, México
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