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viernes, 11 de marzo de 2011

Un día soleado

Un intermedio en los cuentos cortos. Motivo, el cumpleaños de mi hermana. Espero no sea largo. Aquí va:


Para mi hermana

En un calendario de pared, sobre el cuadro del 11 de marzo, anota: CUMPLEAÑOS MARA. Es un recordatorio escrito con letra minuciosa, como para no olvidar que Mara cumple años el 11 de marzo.
Un día antes de la fecha sale en busca del regalo. Reconoce su poco atino cuando se trata de encontrar obsequios para festividades. Sin embargo se atreve, y entra en un almacén de libretas artesanales de “pieza exclusivas”, según le dice una vendedora mientras observa el mostrador de diseños. Adquiere un ejemplar con ilustraciones de muñecos de plastilina portando máscaras de guerreros jaguar. En la primera página escribe la nota dedicatoria, resalta la fecha, 11 de marzo. Guarda el presente en una bolsita violeta. Según lo dicho en algún congreso de publicidad, al cual no supo cómo paró, ese es un color nada trivial.
El día de la celebración llama a Mara por teléfono. Una mujer contesta y le señala un error en la marcación: “acá no vive nadie con ese nombre”. Supone que copió mal el número. Resuelve caerle de sorpresa a la homenajeada, ver cómo crea el ambiente de fiesta en la casa mientras él inaugura la ronda de cervezas.
En el bus ruta 38 (la 11 no pasó) revisa el empaque de la libreta. Espera no tener una saliente de cinta adhesiva que lo ponga en dificultades por su torpeza al decorar regalos. Son ciertas fallas en manualidades escolares cuando niño la razón para ser descrito como “poco práctico”. Pero nada, piensa en Andrea Echeverri, en su voz sobre las no apariencias, y confía. Su desempeño con la envoltura violeta no debilitará el éxito del presente; ese “¡Ay! Gracias, como lo supo” buscado al final del juego del entregar ansioso y el recibimiento espontáneo.
Baja del autobús al reconocer a lo lejos la casa de Mara. Se acerca, toca la puerta. Una mujer abre. Al verla supone varios hijos y un esposo. “Qué quiere”, le dice “¿Está Mara?”, pregunta (esconde el regalo al llevar las manos a su espalda.) “Acá no vive nadie con ese nombre”, le responde la mujer y cierra la puerta.
Se siente perdido. Busca una cabina telefónica y marca. Le repiten: “acá no vive nadie con ese nombre”. Vuelve a tocar en la casa invadida. La mujer suspira al verlo. “¿Dónde está Mara?”, “Aquí no vive”, “¿Creen que soy bobo? Dígale que la pare pues”, “No hay ninguna Mara”, “Cómo no. Aquí vive y hoy es 11 de marzo, hoy cumple años Mara”, “¡Ay! Dios mío. Hoy es 12 y no hay cumpleaños. Deje la joda y no llame más. Ya me di cuenta, usted también ha estado en esas.”
Se siente muy perdido. En la cabina marca otro número. Sara contesta. “Es muy temprano, qué pasó”, “Hoy cumple años Mara”, “¿Quién es, una novia?”, “Cómo así mamá. Esas preguntas suyas. Usted sabe quién es, ¿Mara se pasó de casa?”, “Ve, mirá a éste, respeto pues, a mí no me levante la voz, y no, no sé quién es la tal Mara”, “Perdón, estoy cansado de la bromita. Pásemela por favor”, “A quién”, “¡A Mara, carajo!”, “Que no sé quién es Mara”, “Cómo no mamá. Usted está peor que la señora”, “Cuál señora. Mijo ¿usted está bien? Mejor vaya a descansar…”. Le cuelga a Sara. Toma el bus retorno ruta 38, reniega por la falta de circulación de la ruta 11. Se sienta en los últimos lugares. Le incomoda la narración del partido de fútbol sintonizado en la radio. Le incomoda que el comentarista nombre a cada uno de los diez jugadores titulares por equipo, le incomoda escucharlo decir: “doce de marzo, un día soleado. Hoy es el clásico para definir al líder del torneo”.
Llega a su apartamento y llama de nuevo a Mara. Deja que la mujer le dedique unas palabrotas. Cuelga. Imagina un secuestro y lavado de cerebro. Busca el teléfono de la policía en el directorio. Antes de marcar detalla el calendario, le gusta estar seguro de sus palabras. El once, la casilla del once de Marzo donde decía, con letra minuciosa, CUMPLEAÑOS MARA, desapareció. Venía la 10 y después la 12, sin la 11 intermedia. Quizá se cayó y está pegada a una pata del comedor; pero al no encontrarla descuelga el calendario y revisa cada hoja y reconoce lo inevitable: ningún mes tiene el 11. “Ayer vi la de marzo”, piensa al intentar poner su orden en otro orden. “Una fecha no deja de existir, no se encuentra bajo una mesa. Y si pasa ¿cómo es posible tanto engaño histórico del colegio y la universidad?”. Prende el computador, quiere tranquilizarse. Indaga efemérides en Wikipedia:
Si no hay once, no hay Mara. No hubo atentado en Madrid ni pudo escuchar a Piazzolla. The Daily Courant no pasó de ser una idea en borradores y Bachelet no fue la primera mujer en llegar al poder en Chile. Las Farc no liberó a Clara Rojas y Consuelo Gonzales y nadie cantó los vallenatos de Emiliano Zuleta. Descartes pudo morir en otro lugar. Chávez no tuvo un golpe de estado. Nadie pintó lo que Dalí pintó. Las torres gemelas saldrían en más películas gringas pero en ningún lado sonó la salsa de Oscar de León. Los mexicanos no podrían aplaudir las chilenas de Hugo Sánchez, Chad seguiría siendo tierra inglesa y algunos aún pensarían en un posible Coming Out Day. Crimen y Castigo no se sumó a los clásicos de la literatura universal y a los exámenes de colegio. No hubo Aura, no hubo Unicef, no hubo Gardel, ni Osho, ni mundial de fútbol en Sudáfrica.

Nada más qué hacer aparte de buscar el regalo, destaparlo, leer la dedicatoria con doce de marzo y dejar el calendario en su lugar. En la noche ve el noticiero, no llama a la policía, duerme sin problemas. Al siguiente día, mientras se organiza para ir al trabajo, un impulso de pedir cita con un tío psiquiatra lo pone en duda. Mira entonces el calendario, con ganas de no llevar cuentas de nada ni festejar ocasiones relevantes. Ahí está la casilla del 11 de marzo, su letra minuciosa. Está antes del 12, fecha de ese día desde el cual él mira un calendario con recriminación por un aniversario perdido, el “CUMPLEAÑOS MARA”. No imagina cuál excusa inventar al haber olvidado tan importante evento en la familia.

miércoles, 2 de marzo de 2011

La casa blanca

Yo soy el único espectador de esta calle; si dejara de verla se moriría
Jorge Luis Borges
Caminata, Fervor de Buenos Aires

Para llegar a la casa blanca se cruza el puente de metal saliente de la Plaza Victoria. Usted la puede observar sobre una esquina carente de lógica urbana en Pereira. Según los niños, en su interior hay destinos subterráneos y puertas secretas. Los adultos dicen “Una bonita arquitectura. Acá arreglaban sombrillas”, y olvidan sus días infantiles. Lo cierto es que la ruta trazada en la ciudad por los constructores no ha podido tocarla, y la casa parece la persistencia de otro tiempo. Aunque las manchas que invaden las rejas y cubren las paredes, malogrando el jardincito y las escalinatas, hacen pensar en un posible final y ahí viene el progreso en línea recta con un edificio inteligente o la inauguración por parte del alcalde de una nueva estación del Sistema de Transporte Masivo.

martes, 1 de marzo de 2011

Leyenda Urbana

Según cuentan los hombres nocturnos en busca de un amor casual, y las divinidades esquineras en espera de unos billetes para revivir la juventud de los mortales, en las calles de la zona sur deambula un ser imposible de definir por género. Aquel, resumidas las versiones, es tan hermoso que causa terror
Trabajadoras del lugar lo aseguran: no hay manera de amarle a falta de imperfecciones en su físico. Reiteran, además, no saber “a ciencia cierta” si es hombre o mujer. Esa cualidad lo hace más bello, admiten ebrios y niñas principiantes del sector, y agregan haberlo visto recorrer un parque no muy lejano y rayar con una tiza las paredes de las casas de un barrio. Dibuja, dicen los testigos, tras una mueca nada disimulada, “ecuaciones del Baldor”.
Expertos en ciencias duras, luego de realizar un estudio de las ecuaciones escritas en aquellas paredes, decidieron dar por incoherentes y falaces las argumentaciones y estructuras propuestas. No duró mucho el debate sobre la posibilidad de estar ante las proezas de un genio reciente o ante la burla de algún “atolondrado de la facultad de humanidades”, por lo cual hicieron llegar a la Secretaría de Salud del Gobierno Municipal una petición donde pedían la pronta captura de un “enfermo mental peligroso sin ningún aval académico de genio excéntrico”.
Días antes de que el Instituto de Sanidad Mental diera lo encontrara e internara en la Clínica Psiquiátrica, donde permanece aislado y en minucioso tratamiento, intenté hablarle en una noche de tantas al visitar la zona sureña. Dejaba inscrita una de sus habituales fórmulas en un andén, cerca de un grupo de Chulos y Malandrines desembocados en la ternura y los lloriqueos al observarlo.
Sus rasgos son fascinantes. En realidad no es posible definirlo entre hombre o mujer. Esa noche vestía una camisa y un pantalón sin forma. Andaba descalzo y daba la sensación de olvidar el baño matutino, aunque olía a sahmpú Denorex. En sus ecuaciones dibujó un ocho acostado. “Esta es mi última tiza”, me dijo con una voz de niño perdido cuando la barrita blanca se le quebró por tanta presión contra el cemento.

El símbolo hecho, luego de investigaciones rigurosas, define la palabra infinito. Pronto la Clínica Psiquiátrica le realizará un examen físico y mental completo. Hasta  ahora, el único descubrimiento en el paciente son dos protuberancias cicatrizadas en su espalda, de las cuales, según deducciones científicas, colgaba algo que al parecer alguien arrancó.

lunes, 21 de febrero de 2011

Cómo citar una fuente

Un historiador interesado en el origen de las primeras familias que probaron medicamentos químicos sin prescripción, encontró en los papeles de algún personaje ilustre de la ciudad un folio extenso, anónimo y descuidado del siglo XVIII.
El escrito, legible a pesar de dos siglos en el olvido, fue examinado con los mayores avances tecnológicos. Era necesario asegurar su validez y evitar el riesgo de catalogar la investigación como “un simple ejercicio periodístico” dentro de la comunidad científica. Se reconoció, en efecto, la concordancia entre la fecha y la calidad del papel, y que en estos tiempos nadie escribe a mano y con tan minuciosa caligrafía.
El académico, según las versiones de sus familiares y amigos publicadas en la prensa local luego de su desaparición, quizá descubrió una arista oscura en la historiografía regional. Había dejado el trabajo basado en los medicamentos sin prescripción del Centro Pereirano de Historia y dedicó su rigor a descifrar la fuente encontrada. Citamos a uno de los columnistas del diario de mayor tiraje:
"Realizó comparaciones, buscó etimologías, visitó lugares de la ciudad poco probables, habitó lecturas de folletines, transcribió el documento, hizo cuadros explicativos con esa letra de historiador económico o intelectual, hasta notas a pie de página le metió, consultó en sus sueños, retranscribió el documento, retranscribió las notas, recibió amonestaciones, olvidó sus responsabilidades en el hogar y halló la respuesta a una pregunta vital en la ciudad."

La publicación de los resultados, se sostiene en una tesis rechazada de la carrera en bibliotecología de la UTP, sería la causa de un cambio en "las instituciones", en las filosofías, en las religiones, en la arquitectura, en la historia: “Acaso nos había descifrado, y debió escribir un estudio con el fin de sacarlo de sí antes de quemarlo. Pero cuando lo iba a dejar arder, cierta sensación llamada ética profesional lo frenó. Resolvió una salida franca con este mundo. Fue a una litografía sin mucha clientela y pagó por empastar su investigación. Indicó que sobre el lomo y la carátula, en letras doradas muy legibles, escribieran un título, no sabemos cuál, y buscó, para el ahora libro, un lugar donde nunca estaría una persona. Lo llevó a la Biblioteca Municipal."

jueves, 27 de enero de 2011

De zapatillas y señales

Con el nombre anterior, algo ya escrito para los míos en Colombia. Ahora es un saludo y alegría para los míos en México, Veracruz, Colombia, periodistas. Gracias.


Vive en las calles. Un tercio de su hígado pereció de tantos viajes nocturnos al bar que nunca cierra. Mantiene la costumbre insana de querer llegar antes que el tiempo. Prefiere al punto sobre la coma. Le encanta ser inoportuno y descubrir que no lo quieren, ha hecho bien su oficio. Piensa que cualquier caso tiene una pregunta necesaria y una respuesta lógica. El ocio y el trabajo le parecen iguales. Es adicto a la incredulidad. Refutar a la Real Academia de la Lengua lo haría un hereje, pero tendría algo de héroe. Conoce de memoria los posibles conectores gramaticales. Sabe que existe un Manual pero no lo ha leído. Percibe la realidad dentro de una caja de anfetaminas. Duerme como Argos. Olfatea lo secreto. Detesta los horarios básicos. Reconoce la posibilidad del no lucro. Define a sus maestros con el humo del cigarrillo, la máquina de escribir, el mal humor por el cierre dentro de media hora y un divorcio encima. Maldice la parsimonia. Le gusta correr aunque no hace ejercicio. Mira a los ojos aun sintiendo confianza. Viste con defectos de pulcritud. Muere queriendo nunca pensionarse. Le gusta coleccionar nombres y teléfonos. Le daría temor vivir en paz. Quiere tumbar a un presidente. No tiene problemas de dinero porque no tendrá el suficiente. Ser amenazado o exiliado es una condecoración. Vomita cada fin de semana. Es impulsivo. Impaciente. Inflamable. Deshonesto consigo mismo pero no con el mundo. Maniático de párrafos de cinco renglones y perteneciente a un gremio de voces que apagan día tras día.

domingo, 16 de enero de 2011

Telaraña Delilah

Cuando Delilah escucha una historia, un cabello suyo crece. Sale un personaje de alguna narración para tejer una red de telaraña en su cabeza, una representación capilar de esas letras de cuento que es y sea difícil de olvidar. Ahora hay un cabello colgando. Delilah recuerda periplos y rostros y amantes y asesinos tan rápido y en ese orden al peinarse. Delilah escucha una historia y se mira en el espejo, se deja ir en la profundidad de su red de telaraña donde el peine se pierde en escalada y hay alguien frente a una máquina de escribir, alguien imagina a una mujer cuidando de su cabellera donde una historia crece.

jueves, 6 de enero de 2011

Escuchajirafas

Esa inútil espera para escuchar a las jirafas ha terminado. La jornada de Reader´s Digest y café es un rigor pretérito si quería por lo menos oír un suspiro. No pase noches en el zoológico o frente a un documental Discovery comprado en puestos de revista. Lo aseguramos: no alcanzará ni a percatar sus pasos.
Conocemos el rostro inerme del insistente consagrado. No en vano tenemos décadas de experiencia en el oficio y una serie incontable de clientes satisfechos, tanto en República Checa como en Antártida. Si usted es un coleccionista de sonidos, asiduo aventurero del oído o enérgico hacedor de campañas fenomenales, deje atrás los gastos en libros de audiología animal o en activistas de la WWF, el Escuchajirafas calmará sus perturbaciones invasivas y promoverá el empleo de su grabadora de voz.
La ejecución no es de otro mundo. Solo accione el interruptor de una pequeña caja receptora de estímulos musculares, de un centímetro por un centímetro, que contiene la potencia suficiente para modular el tono de estos mamíferos y, ¡listo! Los avances con la dieta vegetariana, o la respuesta al por qué no emiten sonido sin el Escuchajirafas pasarán del silencio a un diálogo en nuestra lengua con nula dificultad fonética. Basta instalarlo en la parte suroccidental de la laringe del ejemplar elegido, introduciéndolo por la boca y evadiendo en la operación el mínimo contacto con las fibras de los cartílagos, luego, claro está, de liberar una estampida de animales depredadores que cause preocupación en la jirafa y ayude a dilatar sus músculos. Sea cuidadoso en este paso, recomendamos consentirla ante una posible huida
Instalado el dispositivo, sugerimos utilizar una escalera, herramienta esencial que le traerá mejor calidad auditiva al apoyarla contra un árbol, del cual el artiodáctilo en cuestión posiblemente coma, con la intención de ascender hasta la boca del ejemplar, poner su oído cerca y escuchar, teniendo voluntad por parte de los dos, un hola nervioso o la digresión sobre el peligro de soltar depredadores sin previo aviso.

El Escuchajirafas no incluye baterías. No sirve en peces de acuario ni en osos perezosos.