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jueves, 9 de enero de 2014

Queda algo de carne en el congelador


¡Qué poca cordura! Les he dicho a mis hijos: la carne no es para dejarla fuera del congelador; tampoco debemos quitarle la sal ahora que se acaba. Es el último gesto de amor de su padre, un esfuerzo final por darnos algo en estos tiempos difíciles, sin trabajo, sin dinero, intentando continuar en un lugar donde ya no hay camino. Una pared se levanta y eso llamado vida, ese sudor obligado, no sabe de muros o de cosas pesadas. Mis hijos son pequeños durmientes en busca de alimento, y yo acabé con las historias o los juegos para olvidar sus dolores. No encuentro la manera de hablarles sobre el amor de su padre, quien debió estar dentro de nosotros si queríamos comer. A cada uno le tocará seguir su ejemplo, pronto será mi turno, y la mayor seguirá buscando un hueco en esa pared. Le he dicho todo. Ha comprendido la necesidad de su participación. Prometió hacerlo cuando llegue el momento y sea ella la responsable de sus hermanos. Ojalá no pase, ojalá un dios me escuchara, ojalá… Pero tienen que vivir y alimentar al menor, como su padre lo hizo, como yo lo haré al terminarnos la carne guardada en el congelador.

viernes, 13 de diciembre de 2013

Bienvenidos

Los niños iniciaron con el techo. Siguieron con las ventanas, la puerta, el jardín. Cuando la anciana llegó y vio los añicos de galleta y chocolate que fueron su casa, lloró hasta desmayarse sobre el tapete chantillí en la entrada, donde encontró sin cabeza al hombrecito de jengibre.

La agonía de la anciana se propagó en el bosque como un murmullo. Los padres, arrepentidos por el abandono, siguieron su rastro y hallaron a sus hijos. Estaban dormidos sobre un tapete. La palabra Bienvenidos allí escrita ya era un revoltijo de caramelo y crema pastelera.

martes, 19 de noviembre de 2013

Ofrenda


Observe las flores, el camino del muerto, las calacas de azúcar y el pulque junto al tabaco. Cuelgue el papel picado alrededor del altar y busque la fotografía del difunto. Ponga las frutas, los recuerdos que pueda encontrar: algún disco de Agustín Lara y un torito veracruzano para sufrir la música.

Visite el panteón y coman juntos. Quizá usted salude con una broma y pregunte sobre la salud. Quizá respondan encogiendo los hombros y agradezcan tener la tumba en calma, sin pegatina de familiares, sin los desvaríos de quienes escriben sus nombres y deseos antes de partir. Pueden cantar, ahuyentar la solemnidad, conversar sobre días luego del trabajo o viajes para conocer el mar. 

Lleve el chocolate, el pan de muerto, compártanlo con otros hombres y mujeres bajo sus epitafios, cada uno junto a sus cruces y murmullos comunes. Alguien tomará su palabra y será tamal de mole, café de olla, mezcal sin etiqueta. Alguien estará con los suyos y será olor a cempoalxochitl y tierra mojada, fiesta a la pelona, una línea en el árbol de la vida tallado por un artesano de Michoacán.










viernes, 25 de octubre de 2013

Anuncios como recuerdos



Desaparecen los tiempos de puntos suspensivos y globos de palabras. En el Zócalo una serpiente de voces interpreta el enojo. Llega, también, el sueño solar, y sobre las fachadas de la catedral  y los edificios que parecen un dibujo en papel, la luz intenta sostenerse ante la sombra reptante. Es el susurro iluminado, calienta el rostro y atrae; busca, indaga, devela las efigies citadinas y poco a poco se pierde en una calle. Presenciamos el fin del atardecer.




En un julio remoto están las personas. Esperan el alzamiento de la gran ciudad bajo la temporalidad de concreto y fibra óptica. Las baldosas de la plaza se quebrarán y surgirá la ira antigua y propia; una imaginación colectiva anunciada en el valle de volcanes y en el gran lago. Ahora están ellos en perfiles de arengas y pancartas, necesitados de otro ritmo. Desafían demonios, vierten un acto honroso, un hecho, también, de impulso, palabras y eco, el grito y la comunión para ejercitar un derecho que desaparece.



En el Zócalo de Ciudad de México no son multitud, no son masa informe. Pero los símbolos de la gran serpiente bajan por las calles y se alejan con la tarde. Sólo quedan fotografías de turista y anécdotas entre conversaciones de la misma realidad.











jueves, 26 de septiembre de 2013

viernes, 13 de septiembre de 2013

Fanatismo de un observador

Ha perdido la señal de televisión. La escena de la mujer que llega a casa a cierta hora, el cotejo futbolero de los niños al atardecer o la feria callejera con su música y saltimbanquis de fin de semana, desaparece en un oscuro sólido de la pantalla. Se desespera, maldice en silencio, golpea el televisor. Busca en el directorio telefónico un número. Lo digita; un operador contesta. No saluda, alza la voz. Hay un error con la señal, es la segunda vez. Quiero una revisión inmediata, ahora. Deberán enviar varios técnicos, tengo garantía, no importa si hay cargo nocturno, no puedo ver nada, la imagen se ha ido, ¿llueve?, un poco. Sí, la cámara está afuera, si, prendida, si, en el balcón, yo la cubrí, no le cae agua. en un trípode, como ustedes dijeron, acá espero, yo mismo les abro.

miércoles, 24 de julio de 2013

Un día para asesinos

Sostuve la navaja. Crucé la avenida para cargármelo desde atrás. Ya saldría del banco y rápido se dirigiría a la empresa. Es un tacaño y desconfiado que ni para ir por el dinero de la paga puede encargar a otra persona. A mí, quizá, tanto le he trabajado. Pero aún soy el “joven ayudante” a pesar de los años. Lo único en mi mente fue su imagen en la entrada. Lo anterior, cómo lo perseguí y empuñaba la navaja hasta sacar sangre de mi mano, debía resolverse en ese momento, en ese punto donde sentí, pude sentir, el filo entrando por un costado. Lo pensé muerto. Tuve que imaginar el filo abriendo una y otra vez su carne. Lo quería ver agonizar, pero soy mi cuerpo paralizado cuando él cayó, asfixiado, babeaba espuma y vomitaba un líquido café. Pedía mi ayuda. Intentó recordar mi nombre.
No es el mejor esposo, por eso no habrá quién me culpe. Ayer llegó a casa y soltó su burla sobre la cena, “mi inútil ejemplo como mujer”. Lo dijo, lo ha repetido, lo ha dicho siempre y creo que le gustaban los hombres. No se acercaba, no  dormía conmigo, no soltaba el mínimo de ternura o lástima. Así era él,  sin amante,  sin su esposa. Yo lo quise, traté de comprender y aguanté. Me reprochó la falta de un hijo, me hirieron sus palabras. Por las mañanas, antes de que partiera al trabajo, le preparaba su café amargo y me largaba. Así no le importara que lo hiciera, ya era una costumbre, aunque sin peso entre los dos. Y ese día lo hice, me bañé, puse la radio y calenté el café. Se lo dejé en la mesa. Aunque esta vez quería observar cómo lo bebía. Quise despedirme de él, simple cordialidad. Me miró con furia por quedarme mientras bebía, pero no pude destapar el frasco del veneno.
Me llamaron de su oficina. Un empleado veterano lo encontró malherido, con golpes de gravedad, tirado  en la entrada de la empresa. Llegó luego de un choque con un auto que lo lanzó con fuerza contra el vidrio de una tienda departamental. Se cortó la garganta.
Lo vi cruzar la calle y dirigirse hacia banco. Lo reconozco, esa manera de matar no era para alguien de mi categoría, pero  a fuerza de tanto rebajarme entre los socios,  fue la muerte más humillante que le imagino. Quería algo dulce, igual a una última noche de hotel junto a una bella mujer, aunque esos derechos de gran ejecutivo no le interesan. Como recuerdo el día, me quitó mi lugar, mi parte en la empresa, un golpe certero, “falta de visión y exceso de bacanales”, me dijo por escrito. Lo preparó todo y sin alguna comprensión o dinero de por medio eliminó mi estatus. La junta, de acuerdo todos, más dinero para ellos y yo un memorándum donde decían adiós sin escrúpulos. Nadie me daría trabajo, estoy perdido. Por eso lo esperé, no me importó nada, lo esperé y apreté el acelerador, le eché mi auto encima para reventarlo contra este mundo, dejarlo seco y en el olvido, como yo.

Al salir se le adelantó a unas cuantas personas con ese afán misógino. Debí acelerar, debí acelerar, debí dejar de insistir con el freno, lo quería ver sin vida, pero sólo le presté atención al señor que se le acercó cuando salió del banco. Algo le dijo, algo le clavó en el cuerpo porque se desmoronó de inmediato.

Como odio pensar al esperar en los bancos. Esta manía de un cliente en revisar su día mientras aguarda la transacción. En la mañana mi esposa sirvió el café y estuvo a mi lado mientras lo bebía. Luego llego a la empresa y saber que uno de los socios no se presentó tras la junta anterior. Papeles, borradores, nómina, no tener a una persona de confianza y estar atento a ese joven que no para de vigilarme, lo voy a despedir. Eso ha pasado, eso me importa, los actos directos, no sus derivaciones o mensajes escondidos. Acá se demoran. Esperaré por mi estúpido interés de cobrar la nómina y ser yo quien la pague. Soy duro, quizá cruel, aunque justo. Y me gusta. Siento seducción por ser áspero y ostentar mis decisiones, que silla tan incómoda. Me reprochan, pero nadie tiene un significado valioso para sentirme mal. Somos, es simple, útiles o no. Nos manipulamos para mejorar. Mi esposa, quizá ella podría tener consideración. Está junto a mí, me sirve el café. Quizá ella, en casa, aburrida, resignada, sin hijos, ni un intento tan siquiera. Ya viene la mujer que me atiende con cara de apenada, me entrega el dinero; no me gusta esperar tanto. No me gusta hacer retrospectiva, me hace débil, pensar en otros junto con mis penas. Lo seguro es que ellos lo harán, me suponen, me imaginan. Afuera de este lugar están sus ideas y pensamientos, agotan mi nombre, nuestras relaciones. Creen que les hago la vida imposible. No sé cuánto miedo tendrán.