
Los tacos no son premeditados. No se presentan como antesala o reflexión
gastronómica a la hora de posibilidades alimenticias, según las normas del
mediodía y de la noche. Fíjese en la orden de cinco al pastor, en la mano temblorosa
del comensal a su lado, quien admite
las ansias de un campechano sin reproches de salsa verde y una posible
gastritis. Lea el júbilo de comida de mamá, cerveza bajo el sol o arepa con
queso en una mañana sabatina. Lea esos ojos incitadores de algo más que un
gusto; relegan el hecho básico del hambre para reinventar un instante feliz,
tal vez de cinco o diez minutos, cuando usted se acerca a un puesto cualquiera
donde el olor es genuino y el taquero saca de la paila un pedazo de longaniza y otro de suadero. Con un
cuchillo de asesino en busca de fiestas precoces, corta la carne en pliegos
sobre un tronco de madera, mientras las tortillas miniatura se calientan y hay
tiempo de envolverse en la fritanga: dejar la ciudad a un lado, la ciudad donde
en cada esquina unas lucecitas brillan y retienen a la gente en casetas
blancas, “Pásele joven”.
“¿Con todo güerito?”, le dice el elocuente hombre del delantal grasoso. En una taquería siempre hay
“güeritos” y nadie deja la juventud. Y el “todo” son pedazos de cilantro y
cebolla (a veces piña) sobre la longaniza o la barbacoa envuelta en dos tortillas. Pastor, cabeza, ojos,
lengua, nada se desperdicia. Pida una orden de cinco y admire de nuevo el arte
de su preparación, el humo saliente de la paila y
la mano que le extiende el plato de plástico con su otra tanda. Aprenda a
agarrar el taco y a morder de uno de sus extremos, por el otro ve caer al plato
el envuelto líquido de la fritura. Quizá piense en una sangría o un jugo de
frutas, esos niveles “extremos” de azúcar reprimidos ante la Secretaría de Salud Federal.
El don de corbata, el jornalero de mochila, el bolero de
la plaza, la mujer de ropa deportiva, la pareja de jóvenes borrachos, el
extranjero, el campesino, el Jefe de Gobierno, el dueño de la telefonía. Nadie
come sentado. Nadie suspira por sus tacos en una mesa, con reservación previa.
Es una comunión, un gozo inicial del maíz, un pacto no premeditado.
Esa reunión improvisada alrededor de la caseta, donde hay un club de
bocas ardientes a causa del picante de las
salsas; esa orden de tres a quince pesos dependiendo de la proveniencia de la
carne, esa noche en la cual las luces esquineras llaman a calmar sus
inquietudes comilonas, esa involuntaria búsqueda de una felicidad fijada en la
taquería cerca de su trabajo o casa, no permite la soledad. Usted reconoce la hermandad humana y el futuro promisorio que lo agita pareciera una epifanía sobre dos
tortillas doradas, su altar más terrenal. “Pásele, pásele joven”.
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