Etiquetas

lunes, 7 de mayo de 2018

Historia de libreros: El nuevo libro



La librería estaba frente al Coliseo menor, sobre la Carrera cuarta. Se reconocía por su fachada amarilla y la motocicleta de “Servicio a domicilio” estacionada a un costado de la entrada.
La librería se inauguró en 1974, cuando un joven Gustavo Orrego buscó un espacio en Pereira donde sus contemporáneos encontraran lecturas sobre un “momento universal”. En las calles de la ciudad se escuchaba la palabra revolución, y las bibliotecas personales de ladrillo y madera se llenaban con las obras de Marx, Engels, Lenin, Mao Zedong y Jorge Salamea.
El nuevo libro era la novedad en los tiempos de auge de las librerías “pioneras”: La Nogal, en la cuadra del Palacio Municipal, la Rego, cerca de la Catedral, y la Quimbaya, visitada en algún momento por Gonzalo Arango y Germán Arciniegas.
35 años después, en 2009, la palabra novedad se transformó en un “aquí estamos”. Esa era la frase de un Gustavo canoso, que sólo vestía de blanco, cuando caminaba entre las paredes y mesas de libros, La guía eran las flechas colgadas en el techo. Pasaban de la psicología a la literatura, y las ediciones de lujo del Canto general, Hojas de hierba y El Quijote debieron compartir lugar con las económicas de filosofía, las cartillas para colorear, los textos de colegio y los títulos esotéricos y religiosos.
Pero el “aquí estamos” dejó de repetirse, y frente al Coliseo mayor, sobre la carrera cuarta, la novedad de Gustavo de los años setenta dio lugar a otra: Librería nueva época. Por lo menos eso dice el cartel de la entrada al leerlo en este presente.

martes, 17 de abril de 2018

¿Por qué canta Raúl?


Raúl Candelario sube a la tarima y el grupo Radio Guacamaya hace sonar las jaranas.
Frente a él está el público, son unos cuantos necesitados de son jarocho reunidos esa noche de marzo en el bar tijuanense La Antigua Bodega de Papel,
“Venga, venga”, le grita una mujer desde una de las mesas del bar al verlo acercarse al micrófono.
“El viaje de la vida me trajo a la frontera, a California. Vengo de versadores, de bailadores, y a través de la música reviví a mis muertos”.
Su voz es la del mexicano que ha buscado un lugar en el otro lado, también llamado Estados Unidos: cuando pronuncia la “jota”, parece arrastrarla hasta el punto de convertirla en una “ge”.
"Siempre traigo mi jarana, en mis versos soy sincero, en el norte o en el sur siempre canto lo que quiero".
Raúl luce un sombrero de cuatro pedradas de palma de jipi, un símbolo del campesino veracruzano. Él es uno de esos hombres y mujeres cercanos al río Papaloapan hechos “de noche, de cocuyos, de mañanas en torcazas”.
Él es, también, “un cenzontle de sabana”, “un vaquero”, “un pescador en tiempo de agua”. Es quien nació “entre el llano y la sabana, entre ríos y lagunas, loros y caña”.
Así canta su vida Raúl mientras las jaranas de Radio Guacamaya suenan. Cuando baje de la tarima, beberá una cerveza Tecate y le pedirá a los músicos el son El Cascabel.


sábado, 7 de abril de 2018

Historia de un librero en Pereira

Un hombre le vendió a Duván su bliblioteca personal porque los “ángeles” se lo ordenaron en un sueño. Esa colección terminó distribuida en los anaqueles de la Librería Mito.
En casas del centro de Pereira iniciaba la búsqueda de libros. Eran ejemplares exhibidos en una ventana, apilados en un rincón o amontonados sobre una mesa donde parecían montañas de una maqueta cuyo tema pudo ser un paisaje rocoso. A las librerías llegaron novelas con dedicatorias escritas en las portadas o anotaciones hechas en los márgenes de sus páginas. La Mito fue parte de esa ruta lectora de universitarios y románticos del papel amarillo, y Duván, un joven sacado de algún concierto de Sui Generis, se convirtió en su librero.
La Mito inició en 2006, en la casa esquinera de la carrera 5 con calle 26. Duván ofrecía obras literarias de Oveja Negra y Seix Barral, enciclopedias incompletas, ediciones viejas de Selecciones y El Malpensante y folletos para aprender a tejer. Su oficio radicaba en el copyleft, decía, en la distribución libre del conocimiento. Por ello sugería acercarse a autores como Raúl Gómez Jattin, Pablo Neruda o Julio Cortázar a través de audiolibros descargados de internet. También promocionaba el cine documental e “independiente”, y tenía activa una fotocopiadora sobre la cual su gata, Dotora, dormitaba.

Pero en 2009 llegó La Librería Nacional a la ciudad, luego abrió la Panamericana. Apareció un catálogo de novedades editoriales que ilusionó a los lectores pereiranos. Entonces algunas librerías del centro, como La Mito, cerraron, y sus libreros, esos estudiantes de literatura o bibliófilos veteranos, dejaron de comprar bibliotecas personales.

martes, 27 de marzo de 2018

Sones de la guacamaya y del cenzontle

Sobre la tarima del bar La antigua bodega de papel, el grupo Radio Guacamaya afina las jaranas y realiza las pruebas de voz. Los asistentes al concierto son amigos de los músicos y tienen una historia andariega en algún pueblo veracruzano.
Jorge, el guacamayo chihuahense, agradece la compañía del público a pesar de la llovizna que cae sobre Tijuana en esa noche de marzo. En la ciudad fronteriza los verbos llover y escampar resultan inusuales en las conversaciones. y la llegada de una brisa puede significar la cancelación de un partido de fútbol a punto de celebrarse en la colonia.
Pero el rasgueo de las jaranas y el punteo del requinto y la leona no esperan el vaticinio del meteorólogo. Tampoco el zapateo de la bailadora, el cascabeleo de la quijada de burro y el “ponch” del marimbol. Las tonadas de El bajalú, El cascabel y Los chiles verdes aparecen. Las voces de Ricardo, Marco, Jorge, Adriana, Nessbi y Edna se celebran con los gritos de guerra jarochos. En el bar se escuchan los “eso”, los “venga, venga”. los “juy”.
Marco, el guacamayo de Guerrero, habla de la poesía del son, la “gente sonera” narrando historias del campo sureño. También menciona el Fandango Fronterizo, la fiesta anual de los jaraneros de San Diego y Tijuana que reunidos en el muro cruzan cantos entre Estados Unidos y México.
Un versador sube a la tarima al ser llamado por Jorge. Raúl Candelario dice ser el vuelo del cenzontle que llegó a la frontera acompañado por su jarana, y para volver a sus tierras del sur sube el tono de su voz y declama: “Nací a la espalda de Los Tuxtlas, entre el llano y la sabana, entre ríos y lagunas, loros y cañas, y tal vez fue la cuna con bejuco amarrada, donde mi madre jarocha versos me cantaba.”

La bamba es el cierre. Radio Guacamaya entona el son del hasta luego en un fandango, es el final necesario del rito musical, y en el bar todos corean la misma promesa de naufragio nacida en algún lugar de Veracruz: “yo no soy marinero, por ti seré, por ti seré, por ti seré.”

jueves, 22 de marzo de 2018

Esperando las quecas


“A quince las quesadillas, joven”.
Decía la señora cuando un comensal en potencia se acercaba al comal de su puesto de garnachas, allá en la Colonia Tránsito, allá en Ciudad de México.
Con dos monedas, con casi un dólar, la señora fritaba un corte de bistec generoso y dejaba caer una tira de queso oaxaca sobre la tortilla de maíz a punto de dorarse.
”Ya se la preparo, joven”, alertaba al impaciente con su voz de pajarito mientras encendía el televisor esquinero y le pedía a su hija acomodar la antena. Por la mañana veía telenovelas, por la tarde sintonizaba los noticiarios. Nunca se quitó el mandil y exponía en un recipiente las gorditas preparadas como si fueran el orgullo de la casa.
“El jugo de naranja también a “quince, joven”.
Para la señora cualquier persona era joven. Sus clientes habituales: el grupo de mecánicos que tenía un taller al lado de su puesto de garnachas, los conductores de camiones de fletes estacionados en la calle, los habitantes de una vecindad cercana.

miércoles, 28 de febrero de 2018

Calacas


Olvidamos la mirada del hacedor, sus muecas, el sonido de sus palabras. Olvidamos su nombre, poco nos interesa esa designación caprichosa al entregar un juego de llaves o una taza de café.
Recurrimos al movimiento de sus manos. Detallamos las hendiduras de la piel, los destinos cruzados en las líneas de las palmas, los rostros de ancianos formados en las articulaciones de los dedos. En una de sus muñecas cuelga un ojo de venado. En la otra se aferra un reloj de pulsera sin manecillas. Sobre la mesa de trabajo reposan los palillos de madera y los vaciadores. Serán el trazo, el orificio, la cicatriz, la carga de la muerte en los pómulos del barro inicial, esa posibilidad del todo.
Con los pulgares hundidos aparecen las cuencas de los ojos y la profundidad del mentón. La dentadura rechaza el disimulo de la carne. Es la carcajada, quebrante del silencio en un cementerio, la burla hacia las fotografías escondidas en cajones o los retratos empolvados bajo las mantas. El hacedor moja los pinceles en las pinturas de acrílico. Por eso los bigotes revolucionarios, los tatuajes de flores, las enredaderas de plantas, las cejas unidas. Y luego las calacas esperan al doblar la esquina, apretujadas en un manel extendido cerca de un semáforo o en una tienda de recuerdos. Allí las encontramos, y sabemos cuál es la nuestra. Solo con tomarla recordamos un elote con chile y mayonesa, el recorrido por una feria, la máscara de Mil máscaras, el sonido de un violín, las décimas de un son. Cada memoria reunida en una calaca, el ofrecimiento de un punto de reencuentro cuando estemos en casa y demos forma a las manos que moldearon el barro.

jueves, 1 de febrero de 2018

Leyes físicas


El niño lanza una piedra hacia el cielo. Quiere observar el recorrido que realiza al elevarse, desaparecer de la vista y luego volver como un meteorito de fin del mundo. En el colegio, un profesor con plan de trabajo anticipado le hablará de las leyes físicas. Por lo tanto, lanzar una piedra significa lanzar una piedra. Con la instrucción el niño aprende que las piedras solo son útiles para hacer casas y caminos, pues en el cielo las normas son estrictas.