Pequeños mensajes
regalados. Decirlos como salían
cuando alguien entraba
en la casa y mamá obligaba
el saludo. No corregía
nada en ellos para ver las caras de mis tíos y primos al soltárselos apenas
cruzan la puerta. De niña era
fácil hacerlo, venían
listos, pensados uno para cada uno. Y en la boca… en la boca formaban un remolino, se mezclaban las
letras por culpa de una lengua algo malvada. Al final había una combinación nueva brincando
detrás de los dientes. Me gustaba,
corría
hacia
la habitación y la escribía
en papeles rojos para que las
visitas llevaran
mis
mensajes regalados en los bolsillos, útiles en cualquier momento, cuando metían las manos en esos escondites de
monedas con llaveros y los encontraban
antes de cruzar una calle. Tal vez sonrieron al leerlos, claro, pudieron preocuparse por mi
salud mental, aunque les gustara el juego. Pero ya no me salen, no puedo
recordar. A veces, con
mis manos en los bolsillos, siento alivio de haber anticipado este olvido de
mensajes y saco este papel de color rojo que me gusta leer.
Etiquetas
- Cuento. (96)
- Postal. (29)
- Crónica de humo. (15)
- Mensaje. (4)
- Gastronomía. (3)
- Fauna. (2)
- Memoria. (2)
viernes, 28 de agosto de 2015
lunes, 10 de agosto de 2015
Pesquisas sobre los hilos número 3
Las marionetas estaban consternadas. En la última
función, las pesquisas sobre los hilos unidos a sus cuerpos corroboraron la
hipótesis planteada entre ellas: el titiritero no sabía nada de teatro, y eso que llamaba arte de la
improvisación era pura invención de otro titiritero observándolo desde arriba, entre
tantos hilos colgantes.
Etiquetas:
Cuento.
Ubicación:
Pereira, Pereira, Risaralda, Colombia
martes, 30 de junio de 2015
Cambios en el semanario
Tema preocupante para el Consejo
Editorial son
los llamados de atención de los lectores. Entre cierta correspondencia
que llegó alguna vez a la sala de
redacción, hubo cartas inquietas por la alta calidad
informativa y de redacción alcanzada en las diferentes secciones del
semanario, sobre todo la Judicial:
- ¿Saben hacer periodismo? -
- ¿No es demasiado
real? -
- Falta color en la titulación -
- ¿Se acabaron las
fotografías sin pixelar? -
- Triste no dejar
temita especulatorio.
–
Fueron algunas de las
críticas leídas por el Director de Información en
la reunión matutina junto a los Editores y Jefes.
El Consejo Editorial reconoció entonces el origen del
problema.
De
inmediato despidió
a los “certeros periodistas y
comprometidos correctores de estilo” (Las comillas no son ironía) y los reemplazó con reporteros
más ajustables a los intereses del lector. Además, designó a un grupo capacitado en
diseño como el administror de los contenidos.
En el ejemplar de la siguiente semana fue ampliado el espacio de la sección Judicial. Las fotografías que ilustraban los hechos policíacos
predominaban por la
“alta calidad de la imagen,
full color, y
las infografías muy bien datiadas”, como diría orgulloso el Editor en
Jefe del nuevo equipo; quien en una columna no reparó en elogios hacia la nueva cara del
informativo, sólo
para “lektores cerios que no se andam con minuciaz.”
Etiquetas:
Cuento.
Ubicación:
Córdoba, Ver., México
miércoles, 24 de junio de 2015
Buen oficio
–No es nada raro –dijo el Director de información en
un foro universitario sobre periodismo– que en otros medios impresos reconozcan
el compromiso de nuestros reporteros gráficos. Es el rigor de la imagen real,
su contexto verídico y el respeto por los hechos la validación ética para ser
un referente de excelencia profesional. Así se demostró en un caso reciente: la
cabeza de un decapitado, en las afueras de la ciudad, rodó dos o tres metros
del lugar donde fue encontrada cuando uno de nuestros fotógrafos iba a capturar
la imagen del cadáver. Al colega le tocó, con todo el rigor impuesto ante los
retos reporteriles, coger y reubicar la cabeza como la encontró al llegar a la
escena del crimen. Así obtuvimos la imagen de la portada, prueba del buen
oficio.
Etiquetas:
Cuento.
Ubicación:
Córdoba, Ver., México
lunes, 25 de mayo de 2015
Noemí y los pixeles
Noemí escribe un mensaje: Nos miramos en la plaza Martí, saliendo de
Hidalgo. Yo soy el destinatario. Leo sus palabras en el buzón de textos de mi
celular. Es una intención de vernos creada por números en los botones de una
pantalla de luces y cortos de energía unidos igual a cadenas genéticas,
formando una N, una O, una S, para así imaginar un metro Hidalgo, una plaza
Martí donde Noemí y yo nos miraremos, no otros lados, no otras miradas, viajando
por el espacio decodificado, siguiendo una ruta de señales invisibles, entre
las ventas de tacos y las dependencias sanitarias, entre los taxis vinotinto
estacionados en Eje Central, entre los edificios viejos y agrietados, entre las
encrucijadas de calles llenas de personas bajo el sol.
Noemí escribe el mensaje. Guarda el
celular en un morral para jubilar. Alza la cabeza, intenta mirar sobre la
montura de sus lentes y entrelaza los brazos mientras piensa, mientras la imagino
cuando veo mi caja telefónica, sus botones de luces y cortos de energía
vibrando, su sonido de pájaro dormido en una mano, y leo Miramos, Martí, Hidalgo. Noemí tiene el cabello recogido, aunque un
mechón de pelo, detrás de su oreja izquierda de tacita de té, cae sobre el
cuello de cisne, ese cuello de movimientos precisos que contradice su manera de
cruzar la calle en el instante de un semáforo en rojo.
Yo me apuro por culpa del mensaje. Llega
como urgencia al recorrer gran parte de una ciudad sin dominios. Es polen o
esporas, hilo dorado brotando en una idea antes hecha cifras binarias y luego
lenguaje de humanos. Veo una Noemí escriba digital, detallando el cielo e
intentando acomodar su mechón de cabello. Descubriendo que las horas son
números y hay una posibilidad de mirarnos, sin saber quién esperará a quién,
sin saber cuál de los dos bostezará primero en medio de la plaza Martí, donde
un prócer cubano de bronce vigila los puestos de fritanga de La Alameda y sabe
que a su lado hay otra persona impaciente, alguien que observa los rostros
confundidos, como plastilinas de colores mezcladas, y anhela encontrar entre
ellos ese inicio de día saliendo del metro Hidalgo.
Etiquetas:
Cuento.
Ubicación:
Ciudad de México, D.F., México
jueves, 30 de abril de 2015
Pacto de raíz
Martín sostuvo
la moneda con sus dedos índice y pulgar. Extendió el brazo y giró su cuerpo dándole
la espalda a la ventana. La luz que entraba en la habitación iluminó el grabado
de la mujer guerrera, los caballos alados en un trote por el cielo, el sol
desprendido de su centro, abarcando el contorno entero del círculo metálico
donde existía.
-Es tuya –dijo el abuelo–. Alguien me la dio hace muchos años. Ahora te la entrego.
Martín se
sintió como un recuerdo, no como el heredero de un objeto alejado de su origen,
aunque eso no mitigó su responsabilidad: debía buscarle un refugio hasta que
llegara su turno de entregarla. Imaginó innumerables abuelos y nietos pasando
de mano en mano a esa mujer guerrera, imaginó tantos dedos tocándola,
gastándola, eliminando así la posibilidad de continuar ese largo impulso
sanguíneo, la existencia del peso en el cuerpo sugiriendo un encuentro similar.
-No la olvides...
–murmuró el abuelo–. El sonido de un claxon entró en la habitación,
desvaneciendo esa súplica final. No pudo abrazarlo, no pudo jurarle que no
habría forma de olvidarla, entonces la guardó en una caja escondida detrás del clóset,
donde escribió el nombre del poseedor anterior. Se acomodó la corbata y el saco
y bajó. Sus padres esperaban silenciosos dentro del auto.
No la olvides, recordó las palabras mientras la ciudad quedaba atrás y un paisaje de
árboles se imponía. No la olvides,
presintió el miedo por algo roto. Pero la sabía segura, alejada de otra
intención aparte de ser entregada en su momento, y se llenó de un pacto de
raíz, de soporte familiar, un legado para ser más que hijo o abuelo o padre o
nieto. “No la olvides” se dijo y decidió mejorar el escondite tan pronto su
madre dejase de llorar y tuviera la oportunidad de despedirse, después de leer
el epitafio y llevar las primeras flores.
Etiquetas:
Cuento.
Ubicación:
Pereira, Pereira, Risaralda, Colombia
miércoles, 15 de abril de 2015
REC
Mi
abuela no desprendió la mirada de la lucecita roja.
=Son
botones y brillos diciendo qué hacer -dijo para tragarse el disgusto por un
paso más de la tecnología.
–Es
la cámara –resalté, tratando de restarle interés al tema.
–¡Ah!, el aparatejo.
El “aparatejo” lo traía conmigo
pensando hacer un video con la abuela. Una idea tipo documental para la
familia, donde registraría el inicio de árbol genealógico. Sería la memoria de
esa mujer con algo de Homero y juglar vallenato recorriendo el mundo. Así que
en una de las muchas visitas anteriores le propuse filmarla y ella supuso un
augurio: “Por
qué tenerme en una pantalla si aún puedo despertar”. Pero el día que no
desprendió la mirada de la lucecita roja calló sus maldiciones y dejó correr su
voz de mañanas junto al café, se acomodó en el sillón y me observó.
–Está
bien, Luis –dijo–. No lo apagues.
La
abuela volvió al buque que alguna vez admiró en Buenaventura. Yo apreté REC.
Etiquetas:
Cuento.
Ubicación:
Ciudad de México, D.F., México
Suscribirse a:
Entradas (Atom)