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jueves, 2 de agosto de 2012

Introducción del 'Manual para hacer armas'

Al adquirir este manual, usted tiene la alternativa de crear su propia arma de fuego. Es sencillo. Le daremos una serie de indicaciones sobre la fabricación de su Colt o Smith and Wesson en el garaje o en la sala de su casa. Si el deseo es tener mayor alcance y poder, ¡basta de preocuparse!, solo debe pagar una tarifa especial y la edición extra del presente especial llegará junto al desayuno matutino con su familia.
No lo timamos. Con los nuevos tratados de libre comercio las importaciones de productos fortalecen la confianza extranjera en nuestro país, ampliando las facilidades de compra y venta en tiendas hasta del sector armamentístico. Son precios tan bajos que ya los traficantes en barrios periféricos se ven con pocas posibilidades de desarrollo laboral en el ámbito bélico. Este es otro logro de la campaña Do ityourself promovida por el equipo de mercadotecnia, un ejemplo de responsabilidad social de tan honorable diario.

miércoles, 18 de julio de 2012

Problemas de la cordialidad

En México sería un vocho, en Colombia, un pichirilo. Lo cierto es que ni la física o la geometría de los espacios es un problema serio como sí lo es la cordialidad al introducir cinco elefantes en un auto compacto.
Digamos pichirilo, digamos que momentos así son tristes en la investigación empírica. Y aunque los interesados en acomodarse dentro del carro resultan ser generosos paquidermos, la cosa se pone color de hormiga si no dejan tanta decencia y los continuos permisos a su compañero, pues los elefantes son un despilfarro de educación ante el ceder sus lugares en el cine, en un auto o en las filas de degustaciones gratis en supermercados. Por lo que para enfrentar el “de ningún modo pase usted primero no faltaba más ¡caray cómo cree! no tiene que darme las gracias” (los elefantes no utilizan comas al hablar) es aconsejable documentarse sobre leyendas urbanas.
El animoso por ver a una quinteta de trompudos ocupando sus lugares en el pichirilo (tres atrás, dos adelante, aclaro para quienes han viajado en taxi Tsuru por Veracruz y creen que todo mamífero con licencia de conducción mete cuatro sujetos adelante) acudirá a la búsqueda de un ratón, esperando que este sea el juez, luego de convencerlo con un soborno meticuloso de fruta y queso, según las leyendas urbanas, que decida el orden de entrada. Aunque ya con uno en el interior el resto agradece la ayuda y tras un razonamiento envidiable se enumeran para ocupar lugares. Así los tiene felices en su vocho o pichirilo, haciendo una invitación al ratón para que sea parte del grupo viajero hacia Turbo o San Agustín. Pero si pretenden acomodarlo deben abrir un espacio donde el proactivo roedor esté tranquilo, sin ningún riesgo de aplastamiento, los elefantes son grandes y robustos, ellos no lo niegan. Entonces mejor pensar cómo ocupar espacios y de allí que entre risas y espaldarazos decidan bajar del auto compacto, estimulando un diálogo sobre el confort de los viajeros sin perder la compañía del nuevo integrante.

He aquí a las cordialidades repitiéndose y a un ratón aceptando la falta de buenos modales entre los suyos.

miércoles, 11 de julio de 2012

Hojas en blanco

A veces, entre las páginas de los libros, hay hojas en blanco. No están ahí cuando se busca un ejemplar solo por indagar si existe,  o para catalogarlo en la sección sobre Literatura Universal o Manuales de Supernovas de una biblioteca; no están cuando se hojean sin otro interés al de encontrar una frase. Están cuando se leen, cuando las letras pasan a ser conjuro de voz y hay personas escuchando, entusiasmadas, pensativas, meditabundas, somnolientas de tanto Doctor en Estructuralismo analizando novelas mexicanas frente a un público de cabeceos regulares. Ahí, en tal punto de premura, el experto halla las hojas, que desde hace media hora ha querido encontrar, brotando del libro y tomando posesión de cada palabra. Entonces la lectura se desprende con un hipo y hay  un joven caminando hacia un pueblo fantasma en busca de un padre, y lo recuerdan, y lo presienten, y lo creen íntimo y es eso lo que es el público cuando oye aquellos rumores de historias lejanas.
 

jueves, 28 de junio de 2012

Hechizo


Martín, en el último madero de la biblioteca, sobre una caja de zapatos, envuelto en papel celofán, encontrarás un reloj de arena. Olvida al anciano que cuidas mientras su familia aventura un paseo dominical. Ellos necesitan libertad, y tú eres el elegido para compartir el mutismo de ese patriarca ausente.
Pero olvídalo, busca el reloj. Busca una butaca en la cocina, aparta la caja de zapatos, toma esa pieza nada común fuera de una película fantástica, desenvuelve el celofán y dirígete hacia la sala donde el “vegetal”, como lo llamas, no objeta tu interés por ver en televisión el resumen futbolero.
Detalla los adornos en bronce de la estructura: el signo infinito grabado en los bordes del cristal que contiene aquellas partículas lejanas. No escuches al comentarista rabiar tras una falta dentro del área. No le prestes atención a la agitación del anciano cuando la arena llega a la boquilla y empieza a filtrarse. Quizá piensas en los días universitarios unidos a esa caída, en una novia, tal vez la primera, en la familia, en alguna discusión, en la casa, en un recuerdo de infancia. El tiempo pasa, Martín, lo sé, en él perdemos todo. Ahora intentas deletrear tu nombre mientras el desierto encapsulado lo cubre. Al descender el último grano mira el reloj sin pestañear, otórgame ese capricho, y voltéalo, reinicia su labor.
Escucha, ¿puedes?, el comentarista canta un gol. Ahora cambiaré de canal.

sábado, 16 de junio de 2012

Caja de monerías

Existe una caja sellada sobre cualquier mesa. Preguntarse por el contenido en su interior es entrar en problemas mitológicos cuando una Pandora repite en vano “la curiosidad mató al gato” y rasca su cabeza, recordando tiempos rotos al lado de Prometeo. Pero esta caja de madera, tan simple que llama la atención, no se hizo para estar cerrada. Alguien necesitado rompe sus sellos como misterio y… bueno, la sorpresa al abrirla es un fondo vacío, una paciencia muerta, una forma de gastar la imagen de objeto oculto sin querer aparecer.

Habrá pensado en una caja de monerías repleta de hojas secas, fotografías de uñas, recortes de periódicos sobre coincidencias en gazapos o cartas olvidadas que un amigo del servicio de mensajería le regala. Habrá pensado en ello y se siente decepcionado al no hallar esas prioridades. Quizá supone un doble fondo. Espera encontrar un compartimiento oculto a la vista y lógica de quien piensa en cajas y objetos conformes. Es una lástima: en esta oportunidad no asoma el atino del secreto bien guardado. Mejor dejar el lloriqueo, será posible volver a intentar en otra caja sellada y así dar con una mínima seña de esas monerías suyas fugadas. Mejor dejar el lloriqueo y continuar pronto la búsqueda, podría aparecer una persona que le reproche su irresponsabilidad al permitir monerías en la intemperie, como si fuera un agrado tenerlas cerca al ser ajenas.

martes, 5 de junio de 2012

Cae la arena del reloj en un barrio pereirano

Ponga el reloj de arena sobre una mesa fuera de la casa. Luego siéntese, mirando hacia la calle. Ahora voltee el reloj. Vea al hombre apurado, a la mujer contando arepas en la tienda esquinera, a los niños jugando fútbol en un antejardín, a la fila de parejas en la heladería. Vea al perro, al camión de la basura, a los mecánicos bostezando, al vendedor de hojalata… Una tarde cualquiera en un barrio pereirano corre mientras la arena cae, corre grano por grano y usted mueve sus dedos sobre la mesa en un galope de carrera, observa el cubo de cristal a punto de vaciarse. Debe voltear el reloj, otra vez, sin espera. Mire a las personas: presionan su pecho como si algo fuera a salirse. Sabe que están preocupados.

martes, 8 de mayo de 2012

Lógicas de Nacho en naufragio

1.
Como en buena isla hay un resguardo de papel y de botellas vacías.

2.
Antes de enviar la suya, el hombre en la isla recogió una botella en las postrimerías de la playa. En su interior había un rollo de papeles con un mensaje largo de S.O.S., firmado por más de dos millones de personas, con Nit, código postal y número de seguridad social incluidos.