Etiquetas

miércoles, 17 de abril de 2013

No hay nada, solo agua

–Debes venir –­­dijo al despertarme.
De su cabello caían gotas que reventaban en el suelo. Entró en la habitación en aquel estado de olvido bajo la lluvia. La tomé del brazo, la sequé con afán, cambié sus prendas por otras muy amplias para su estatura. Quise animarla, y le ajusté en su cabeza una diadema en forma de gerbera azul, presente de mamá en mis primeros años de vida. 
–Debes venir. Te quiero mostrar algo–insistió.
–Ya iremos. Sécate y abrígate.
La pobre escurría su color por el agua, pero la dejé renovada frente a un tazón de chocolate, no miento y soy dramática. Supongo que extrañaría a sus padres. No sabía la dirección de su casa o quién respondía por ella en el pueblo. La conocí por casualidad, en el bosque. Venía a visitarme en ocasiones. Siempre me encontraba dormida.
 –Anima un poco el color –dije, y ajusté la diadema en su cabeza-. Es mejor estar aquí dentro.
–Pero debes venir. Te mostraré algo.
–No ves cómo te mojaste, con ese diluvio afuera. Vas a enfermarte.
–No está lloviendo –agarró mi brazo con firmeza y me condujo hacia el antejardín. Su  mano seguía fría.
Al salir el sol nos abrazó.
–Es por allí –señaló un camino de casas viejas–. Subimos una colina y entramos a una plaza que no recordaba
–No te alejes tanto.
–No –respondió–. Ya casi llegamos.
En medio de la plaza había un pozo. Sabía que en pueblos de la sierra no hay acueducto, por ello se busca otra manera de extraer el agua de las montañas.
–Ahí es.
Antes de llegar la agarré de los brazos, presionándolos contra su cuerpo.
–Qué te pasa, por qué vienes sin permiso –intenté regañarla, mirándola de frente.
–Debes venir –gritó. Trató de soltarse. Al lograrlo corrió hacia el pozo y se agarró de los bordes–. Mira.
También me agarré. Traté de alargar el cuello para observar el fondo del pozo. Un recuerdo de infancia quizá rozó mi memoria. Ella se dejó ir en su abstracción sobre el agua retenida, tan oscura. Noté que la diadema en forma de gerbera no le gustó, intentó quitársela. La observé por un rato y el desagrado hacia mi descuido se me hizo nudo en la garganta. Maldije a sus padres.
–Mira –insistió–. Quería regalártela ¿La ves?
–No hay nada, solo agua –le dije, pero en el fondo había un cuerpo. Era de una mujer joven–. No intentes meterte otra vez.

No respondió. Pensé en avisar a las personas del lugar para sacar el cadáver. Parecía llevar un buen tiempo ahí, flotando, como en un sueño. Pobre de la familia. Su piel se desvanecía. Solo hubo un destello de color: su cabello se movió y pude ver la cabeza, el rostro, la diadema en forma de gerbera azul.

viernes, 15 de marzo de 2013

Olvidos


Padezco el olvido. Me pierdo entre edificios y estaciones del metro. No recuerdo calles o puestos de comida rápida. A veces no llego a casa y busco un hotel para pasar la noche. También sufro con las cifras telefónicas. Es difícil contactar a mi novia cuando me atrapa este desconcierto, y ahí estoy, en medio de una manifestación de trabajadores mal pagados, intentando reconocer el celular, adivinando una numeración y un abecedario que no es el de la escuela.
En algún evento conocí a una colega que equivoca los sonidos. Al oír una voz aflautada piensa en el motor de un Nissan Tsuru modelo 98. Por el problema ha terminado en el aeropuerto en vez de la imprenta donde trabaja. Su familia le regaló un reproductor de MP3 cargado de audios básicos para evitarle confusiones. Así busca la referencia sonora necesaria. Puede demorar en hallarla, pero desiste en tararear Tiahuanaco al sintonizar la radio en la transmisión de un partido amistoso entre Guyana y Barbados.
Mi padecimiento es sencillo, dice ella, comparado con el suyo. Me aconsejó anotar en papeles los números, nombres y direcciones importantes. Aunque yo no le confié toda la verdad. Lo mío es complicado. Si olvido es porque confundo. Una letra puede ser otra, la Z, una E, el número 4567, un 3. Quizá es una deficiencia visual. En ocasiones me hago el ciego y le pido ayuda a cualquier persona. Entonces, escuchando, Bolívar es en realidad Allende y Pereira es Ciudad de México. Así desaparece el sentimiento de abandono, y por una acción de lo posible llego a casa y le escribo a mamá. Le cuento cómo me ha ido en el trabajo antes de iniciar las correcciones de los manuscritos.

viernes, 15 de febrero de 2013

Donde todos crecimos




Es una casona de fachada blanca y azul. Tiene espejos publicitarios de cerveza, mensajes de igualdad racial y laboral e indicaciones para las personas gustosas de fumarolas de dosis mínima exagerada. También hay recortes de periódicos locales con crónicas sobre su fama de bar, o taberna, o fuente de soda, o fonda, catálogo recíproco a la edad del cliente bebedor. De las bocinas pegadas en las paredes sale una suerte de tango o bolero, antes, con el sonido de aguacero al raspar la aguja el vinil; ahora, con la limpieza de lo digital al leer el laser los discos compactos. Su nombre y símbolo, dibujado en la entrada, es el ave que sostiene en su cola de abanico la mitad de los ojos de Argos.
A la casona se llega sin excusas y sin hora. Los pensionados agarran sombrero y borrachera e intercambian lugares con los invasores universitarios. Habrá que buscar sillas, no tomar mesa cerca de los baños sin censura y brindar con la otra ronda de frías. Entran los conocidos de infancia y se saludan de esquina a esquina. Entra la pareja de jóvenes enamorados, viven la felicidad de no tener dinero suficiente, entran mujeres en combos pequeños y un solitario les envía una dotación de cerveza. Quienes reparten la alegría o la pena embotellada, reciben a los bebedores con un plato de salchichón ahumado y limón: "Jhon, 1000 de cordero".
Y afuera está la pared blanca de la fumarola, el color de la bilis y los malos amores quedan en los andenes, y un cumplidor de horarios llama desde la venta de minutos a celular porque nadie avisa que llegará tarde.
Un viajero andino le escribió una crónica-adivinanza a la casona, donde vampiros periféricos arriman cada noche. Algunos siguen escondiendo en sus mochilas las botellas de Póker antes de pedir la cuenta, y una generación antigua toma fotografías de sus sillas y mesas: anhela regresar mientras está lejos de su ciudad y bebe y recuerda y abraza a quien vea.

jueves, 17 de enero de 2013

Fotografía 1

De aquí a lo que venga en el blog algunas postales para compartir

En el bar ‘La Urbana’, al llegar a una esquina pereirana llamada ‘Sexta con 22’, y sentir bajo los pies el crujir cinematográfico de los escalones gastados, entrada a casona que se antoja inglesa (aunque no lo sea ni parezca), me despego del aliento innato del nevado recorriendo aquella calle estrecha y recta, contenida en Transporte Masivo, focos de luz sueltos y fiesta.
En su interior, doblo hacia la derecha y paso la biblioteca de nuestras presunciones mínimas y decoración al azar. Llego a la sala con mesas de cantina y un sofá perpetuo. El suelo de madera suena con el tono de las escaleras. Bajo su añejamiento vive un hombre solitario, dueño de un tanque de gas que deja un hilo de olor en el bar al filtrarse por las hendiduras del piso. Los rayos de sol cruzan las ventanas, caen sobre las paredes del interior y parecen abrir portales. Hay unas cuantas fotografías de gente  gustosa de jugar con las palabras. Hay carteles para significar ‘La Urbana’, hay un Chaplin de maqueta gracias a Molina y hecho por Carlos.

Se me antoja una tarde en el bar; en el inicio del devenir entre cervezas, café y charlas de comensales. Fifo inventa con las botellas de licores y presume piruetas en la coctelera detrás de la barra. El Paisa asoma una bienvenida en hipo cuando ejerzo la alegría rutinaria: saludo, paso la puertita de la barra y llego al corredor que desemboca en la cocina, con sus paredes de acrílico blanco y frío enterrado. Encuentro a Molina y Miguel habituados a mirar sin decir nada en la llamada “Oficina”, de mesa maderera improvisada y proyectos de mercadeo e investigación de la revista apilados en una esquina, cerca de las cajas de Costeña y el contenedor de hielo. Hay una hamaca donde Mariel duerme. Detrás suyo, en la última pared, antes del patio con su botadero de proyectores de cinema, está la fotografía, el génesis de un viaje como imagen mía en el bar ‘La Urbana’, nuestra memoria de lenguaje, está allí, es una mirada lejana de tonos grises del Zócalo de Ciudad de México obsequiada por Luisa, quien la trajo en forma de afiche sin hablar de anhelos. Es un agujero por donde viajo para caer sobre sus plataformas labradas en huelgas y festivales, y hallo un color de antaño, y me asombro al cruzar con Pamen la calle 'Tres de Febrero' cuando veo abrirse el ombligo de la luna con su bandera maltratada. Imagino que allá en Pereira aún cruzamos los recuerdos.

lunes, 10 de diciembre de 2012

Nota para noviembre

Despierto. La flor de muerto cubre el piso. Debo levantarme para sentir en mis pies esa superficie de cosquilleos. Hace tiempo no tenía un sueño tan profundo, y el abrir los ojos es un sobrepeso en los huesos, una falta el movimiento. No me siento cansado, solo es una vaguedad diluida poco a poco, caminando, siguiendo el olor húmedo de la flor, el tapete amarillo creciendo en cada esquina. Pensé en una ilusión: en cualquier momento volvería a mi realidad, caería como una roca en un precipicio infinito.
La casa no cambia. Veo entrar a mis hermanos en las habitaciones, escondiéndose, saludándome, invitando al juego de calacas que inventamos. Veo a mi madre, joven, tomando de la mano a sus hijos, obligándolos a buscar lugar en la mesa. Con sus palabras de cocinera me invita a pasar. Mi padre, de mostacho tímido, en la cabecera del comedor. En frente suyo, el olor a chocolate y el pan de muerto aparecen. No hubo tiempo de espera. Cada uno busca la calidez de la bebida bajando por el cuerpo, esponjando la alegría con el pan, llenando los labios de azúcar, lamiendo los bigotes y anhelando repetir. Están satisfechos. Me recuerdan, lo sé. Mamá es quien me guía hacia la ofrenda.
Las fotografías no se gastan, aún consiguen el efecto de recobrar el pasado, cada rasgo familiar en medio del papel maché y las calaveras dulces. Veo el sombrero de juglares que un náufrago sureño me entregó cuando pisó la costa, mis monas de futbol, los cómics de superhéroes del gabacho; mi máscara de Octagón, un libro sin abrir. Es triste volver solo en noviembre. Los míos lo supone: lo reflejo en el rostro.

Hay también un retrato de los abuelos. Los esperamos para la cena.

viernes, 23 de noviembre de 2012

Una flor para la abuela Rosa

Le he llevado una flor a Rosa. Hoy tampoco salió. Quizá un día de estos pueda pasar una tarde junto a ella.

Le he dejado la flor a Rosa. Estará marchita al volver, como las anteriores.

martes, 13 de noviembre de 2012

Armero

Un recuerdo, mi manera de estar cerca del lugar donde nací. 

Despierto en un sillón, en la casa de mis abuelos. Recuerdo sus nombres al escucharlos darme la suerte. Me despiden con una mano al aire, me desean buen viaje en un día de Armero; calor y polvo y dominó cerca de la plaza bajo la sombra. Allí, donde quise crecer, donde mi familia bromea o sale en la noche en busca de un bailable. Es mi último día con ellos.  Son mis 27 años, los 27 de mi Armero que imagino en esta nota. Cada palabra es un intento de invocación sin tantas cruces y soledad.