Esa noche destruyó los libros de poesía. Así la
olvidó.
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jueves, 26 de septiembre de 2013
viernes, 13 de septiembre de 2013
Fanatismo de un observador
Ha perdido la señal de
televisión. La escena de la mujer que llega a casa a cierta hora, el cotejo
futbolero de los niños al atardecer o la feria callejera con su música y saltimbanquis de fin de semana, desaparece en un
oscuro sólido de la pantalla. Se desespera, maldice en silencio, golpea el
televisor. Busca en el directorio telefónico un número. Lo digita; un operador
contesta. No saluda,
alza la voz. Hay un error con la señal, es la segunda vez. Quiero una revisión inmediata, ahora.
Deberán enviar varios
técnicos,
tengo garantía, no importa si hay
cargo nocturno, no puedo ver nada, la imagen se ha ido, ¿llueve?, un poco. Sí, la cámara está
afuera, si, prendida, si, en el balcón, yo la cubrí, no le cae agua. en un trípode, como ustedes dijeron,
acá espero, yo mismo les abro.
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Cuento.
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Mexico City, CDMX, Mexico
miércoles, 24 de julio de 2013
Un día para asesinos
Sostuve la navaja.
Crucé la avenida para cargármelo desde atrás. Ya saldría del banco y rápido se
dirigiría a la empresa. Es un tacaño y desconfiado que ni para ir por el dinero
de la paga puede encargar a otra persona. A mí, quizá, tanto le he trabajado.
Pero aún soy el “joven ayudante” a pesar de los años. Lo único en mi mente fue su imagen en la entrada. Lo
anterior, cómo lo perseguí y empuñaba la navaja hasta sacar sangre de mi mano, debía resolverse en ese momento, en ese
punto donde sentí, pude sentir, el filo entrando por un costado. Lo pensé
muerto. Tuve que imaginar
el filo abriendo
una y otra vez su carne. Lo quería
ver agonizar, pero
soy mi cuerpo paralizado cuando
él
cayó, asfixiado,
babeaba
espuma y vomitaba
un líquido café. Pedía mi ayuda.
Intentó
recordar mi nombre.
No es el mejor esposo,
por eso no habrá quién me culpe. Ayer llegó a casa y soltó su burla sobre la
cena, “mi inútil ejemplo como mujer”. Lo dijo, lo ha repetido, lo ha dicho
siempre y creo que le
gustaban
los
hombres. No se acercaba, no dormía
conmigo, no soltaba el mínimo de ternura o lástima. Así era él, sin amante,
sin su esposa. Yo lo quise, traté de comprender y aguanté. Me reprochó la falta de un hijo, me hirieron sus palabras. Por las
mañanas, antes de que partiera
al trabajo, le preparaba
su café amargo y me
largaba.
Así no le importara que lo hiciera, ya era una costumbre, aunque sin peso entre los dos. Y ese día lo hice,
me
bañé,
puse
la radio y calenté
el café. Se lo dejé
en la mesa. Aunque esta vez
quería observar cómo lo bebía. Quise despedirme de él, simple cordialidad.
Me
miró
con furia
por quedarme mientras bebía,
pero no pude destapar
el frasco del veneno.
Me llamaron de su oficina. Un empleado veterano lo encontró
malherido,
con golpes
de gravedad, tirado en la entrada de la
empresa. Llegó
luego de un choque con un auto que lo lanzó con fuerza contra el vidrio de una
tienda departamental. Se cortó
la garganta.
Lo vi cruzar la calle y
dirigirse hacia banco. Lo
reconozco, esa manera de matar no era para alguien de mi categoría,
pero a fuerza de tanto rebajarme entre
los socios, fue la muerte más humillante
que le imagino. Quería algo dulce, igual a una última noche de hotel junto a una bella mujer, aunque esos derechos de gran
ejecutivo no le interesan. Como recuerdo el día, me quitó mi lugar, mi parte en la
empresa, un golpe certero,
“falta de visión y exceso de
bacanales”, me dijo por
escrito. Lo preparó todo y sin
alguna comprensión o dinero de por medio eliminó mi estatus. La junta,
de acuerdo todos,
más dinero para ellos y yo un memorándum donde decían adiós sin escrúpulos. Nadie
me daría trabajo, estoy perdido. Por eso lo esperé, no me importó nada, lo esperé y apreté el acelerador, le eché mi auto encima para reventarlo contra este mundo, dejarlo seco y en el
olvido, como yo.
Al salir se le adelantó
a
unas cuantas personas con ese afán misógino. Debí acelerar, debí acelerar, debí dejar de insistir con el freno, lo
quería
ver sin vida, pero sólo le
presté atención al señor que se le acercó cuando
salió
del banco.
Algo le dijo, algo le clavó
en el cuerpo porque se desmoronó de inmediato.
Como odio pensar al
esperar en los bancos. Esta manía de un cliente en revisar su día mientras aguarda la transacción. En la
mañana mi esposa sirvió el café y estuvo a mi lado mientras lo bebía. Luego
llego
a la empresa y saber que uno de los socios no se presentó tras la junta
anterior. Papeles, borradores, nómina, no tener a una persona de confianza y
estar atento a ese joven que no para de vigilarme, lo voy a despedir. Eso ha
pasado, eso me importa, los actos directos, no sus derivaciones o mensajes
escondidos. Acá se demoran. Esperaré
por mi estúpido interés de cobrar la nómina y ser yo quien la pague. Soy duro, quizá
cruel, aunque justo.
Y me gusta. Siento
seducción por ser áspero y ostentar mis decisiones, que silla tan incómoda. Me reprochan, pero nadie tiene un
significado valioso para sentirme mal. Somos, es simple, útiles o no. Nos manipulamos para mejorar. Mi
esposa, quizá ella podría tener consideración. Está junto a mí, me sirve el café. Quizá ella, en casa,
aburrida, resignada, sin hijos, ni un intento tan siquiera. Ya viene la mujer
que me atiende con cara de apenada, me entrega el dinero; no me gusta esperar
tanto. No me gusta hacer retrospectiva, me hace débil, pensar en otros junto
con mis penas. Lo seguro es que ellos lo harán, me suponen, me imaginan. Afuera
de este lugar están
sus ideas y pensamientos, agotan mi nombre, nuestras relaciones. Creen que les
hago la vida imposible. No sé cuánto miedo tendrán.
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Mexico City, CDMX, Mexico
martes, 25 de junio de 2013
Crónica para fantasmas
Existen los fantasmas por la quema de registradurías.
El cuento del espíritu que no razona su estado incorpóreo es una molestia para
tener más licencia en este mundo, para recordar un nudo en la garganta o un
ardor en el pecho mientras se yerra igual a una bolsa de plástico a merced del
viento.
Imagine al país con un porcentaje considerable de
entes en activa levitación después de abandonar sus cuerpos. Podría encontrar
uno que otro frente al ventanal o sentado en el inodoro de su casa. Ellos
continuarían sus labores diarias, y recorrerían iglesias de barrio o centros de
billar pensando en sus hogares. Tanta pena inconclusa plantea el desborde
poblacional de muchos individuos traslúcidos, y tanto deambular sería un rasgo
compartido. No hay otra patraña semejante. La cualidad fantasmal es pragmática.
Mi hipótesis, que negarán sacerdotes y clarividentes,
son las registradurías quemadas. Yo sí soy un fantasma. Tengo una ciudadanía,
tengo una fecha y un lugar de origen, tengo un crédito financiero y participo
en las elecciones presidenciales. Lo sé. Alguien con un perfil de papeleo no
debería acreditarse ser un fantasma, pero nací un 31 de diciembre y en las fotos
grupales de la familia me ubico en los costados, detrás del primo más alto y
con el mismo corte de cabello desde la pubertad. Eso propone algunas dudas.
La firma y el Permiso de identidad validan la
suposición. Firmo como escribo mis nombres y apellidos. Lo admito, fallé en el
trazo de garabatos elegantes, tomé el camino corto de la caligrafía y las
personas miran mis letras como si se fueran a caer. Entre mis conocidos, los
del último día del año ostentan una referencia de tinta acorde a esa estética
espectral. Luego está el Permiso. Somos minoría quienes lo poseemos. El
documento autoriza la existencia en un territorio aunque no haya actas de
nacimiento, las cuales aún se redactan. Hemos remitido cartas de inconformidad
por la demora en la materialización de los trámites, pero las dependencias
gubernamentales las anulan cuando advierten errores en las rúbricas de sus
respaldantes.
¿Cómo hallé a los verdaderos fantasmas?, bueno, en
redes sociales es fácil saber cronologías y certidumbres. En los retratos, por
ejemplo, parecemos convocar una nube gris sobre la cabeza. En reuniones o
fiestas nos dicen “Usted es igualito a un amigo”. Hemos inaugurado un concurso
donde decidimos quién tiene el aspecto de un fabricante de cajas, y para
celebrar un gol de la Selección Colombia recurrimos a un estrechón de manos
mientras murmuramos, solo murmuramos, “gol”.
Alguien, en un foro virtual de bienvenida a la
comunidad, dijo que al visitar su ciudad le revelaron la noticia del incendio
en el depósito de la registraduría civil. Ya recibió el Permiso, y gracias a
sus vales hipotecarios recuerda el diseño de su firma. Ningún miembro tomó en
serio el comentario. Ninguno, a pesar de las coincidencias, hizo eco de las
inquietudes. Los cursos de grafología y la vindicación de cumpleaños
decembrinos sostienen nuestro activismo social.
Decidí entonces viajar al pueblo donde pasé la
infancia. En la hemeroteca municipal corroboré la sospecha: la registraduría se
había incendiado poco después de mi certificación notarial, y aquellos habitantes
del 31 de diciembre fundaron un club de deportes de mesa y “errantería barrial” llamado ‘La bolsa de
plástico’. Los visité, nos impusimos fotografiar el encuentro. Mi gente es
monosílaba, ejercita una dicción con nulo interés en las vocales y ha obtenido
un espacio en la radio local. Su extensa programación musical de Kenny G podría
entrar en el libro Guinness, se dice en el pueblo.
Aquí esperaré el acta de nacimiento. Es un hogar y
nadie olvida mi pastel y sus velitas. Además, ya soy miembro del club. Pero
ahora la situación ha adquirido un matiz de leyenda urbana: algunos de los míos
dicen que desaparecemos por desconocer el arte de imprimir la huella dactilar
en documentos burocráticos. Sin embargo, aún elegimos alcaldes y presidentes, a
pesar de no ir a las temporadas de votación. Es fácil nuestro garabato.
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Cuento.
Ubicación:
Ciudad de México, CDMX, México
jueves, 9 de mayo de 2013
Calle Francisco I. Madero
Imagine la calle Francisco I.
Madero. Piense en
media
hora de caminata recta
sobre el nombre de un
revolucionario mexicano. Suponga un atardecer sabatino lleno de
protestas, restaurantes, cantinas, discotecas, museos, joyerías, músicos y estatuas humanas.
Puede estar tranquilo,
no
hay que analizar tanta simbología de semáforo y la falta de espacio en andenes
es un ayer con tachones de lápiz.
Viaja desde el Zócalo y
quiere alcanzar
el
faro que indica el final
de la calle Madero. La
Torre Latinoamericana se
levanta
con afán sobre Ciudad de México.
Al observarla recobra sus tiempos de rascacielo inalcanzable en la década de
los cincuenta . Caminar es la sentencia, el amuleto de suerte para
encontrar abierto el corredor-arteria. Usted se deleita, siente el sabor de una fruta o el inicio
de un bolero cuando el
divagar lo lleva a las fugas del turismo trivial, los escenarios de antesala: tapete semejante a una lengua
saliendo de la boca-babel hiperurbana,
extendida
en una bienvenida pop.
Jack Sparrow debate con Batman y Ironman, los
Na´vi ostentan su esplendor azul y
acento chilango, el
luchador aceitado es invadido
por extranjeras y oriundas urgidas de fotos y testificación de su abdomen, el Gato en el Sombrero rasta ni con gotas disimula su irritación ocular, el Capitán América
saborea
unos tacos de canasta, las calaveras predicen el mal augurio, el guerrero azteca parece una escultura dorada,
el Master Chief de los Spartan
lidera a los
depredadores y aliens, el
judío reclama
memoria por el Holocausto, la Catrina modela su elegancia lúgubre.
Escucha la voz de un
tenor animando la calle desde el balcón de una tienda musical, cerca del Museo con apellido Monsiváis. Los
sonidos de una banda de Jazz sorprenden desde un callejón saliente, pegado a un
edificio colonial que debió
ser el hogar de un conquistador español y ahora es un restaurante de
cualquier empresario mexicano. Alguien
improvisa la coreografía de Thriller, y un acordeón-mariachi acompaña el
pregón lejano de evangélicos maratónicos en su oda a dios o el discurso de
ateos empotrados en su odio contra El Vaticano.
Escucha, con acierto de
banda sonora en su recorrido, la melodía del organillo, la caja musical decimonónica
a la cual un
hombre le da cuerda mientras resulta ‘La llorona’ o ‘el Jarabe Tapatío’. Quiere entonces tocar los muros firmes de
edificaciones viejas con sus baldosas de azulejo en la fachada. Ve revolotear a las personas
en la calle, perdidas entre
prodigios, buscan restaurantes o bares o alguna iglesia antigua para
fotografiar. Un guía turístico relata historias a un grupo de jóvenes y señores
altos y blancos, los centros joyeros prometen diamantes para compromisos de
matrimonio, las ventanas de las edificaciones son objetos y pensamientos ocultos
y en un antejardín hay una exposición de esculturas amorfas, de Día de muertos
o de honra a Fuentes, Monsiváis y Chavela Vargas, con imágenes justas en escala de
gris y frases
memorables.
Ya está al lado de la
Torre Latinoamericana. Recuerda
la sugerencia de alguien sobre el mirador en su piso 45. Usted sube, se atreve a contemplar la panorámica. Observa el Palacio
de Bellas Artes y el caos
del
Eje Central Lázaro Cárdenas,
esa
avenida de gran urbe donde se amotinan personas en semáforos, taxis vinotinto y
buses ecológicos. Luego admira
el deambular de la
Calle Madero. La
caminata
fue larga,
y el hambre son
las enchiladas de un restaurante cercano. Piensa en tomar una cerveza al atravesar un
callejón que lo lleva
al Café Tacuba, tal vez
la suerte de nombres revolucionarios
lo encause hacia
la
cantina donde Francisco Villa podría haber brindado por su Ejército del Norte. Eso lo imagina desde la Torre, cuando la noche decanta sobre las personas en busca de las mezcalerías aledañas mientras entonan alguna
canción.
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Postal.
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Ciudad de México, CDMX, México
miércoles, 17 de abril de 2013
No hay nada, solo agua
–Debes venir –dijo al despertarme.
De su cabello caían gotas que reventaban
en el suelo. Entró en la habitación en aquel estado de olvido bajo la lluvia.
La tomé del brazo, la sequé con afán, cambié sus prendas por otras muy amplias
para su estatura. Quise animarla, y le ajusté en su cabeza una diadema en forma
de gerbera azul, presente de mamá en mis primeros años de vida.
–Debes venir. Te quiero mostrar algo–insistió.
–Ya iremos. Sécate y abrígate.
La pobre escurría su color por el agua,
pero la dejé renovada frente a un tazón de chocolate, no miento y soy
dramática. Supongo que extrañaría a sus padres. No sabía la dirección de su
casa o quién respondía por ella en el pueblo. La conocí por casualidad, en el
bosque. Venía a visitarme en ocasiones. Siempre me encontraba dormida.
–Anima
un poco el color –dije, y ajusté la diadema en su cabeza-. Es mejor estar aquí
dentro.
–Pero debes venir. Te mostraré algo.
–No ves cómo te mojaste, con ese diluvio
afuera. Vas a enfermarte.
–No está lloviendo –agarró mi brazo con
firmeza y me condujo hacia el antejardín. Su
mano seguía fría.
Al salir el sol nos abrazó.
–Es por allí –señaló un camino de casas
viejas–. Subimos una colina y entramos a una plaza que no recordaba
–No te alejes tanto.
–No –respondió–. Ya casi llegamos.
En medio de la plaza había un pozo.
Sabía que en pueblos de la sierra no hay acueducto, por ello se busca otra
manera de extraer el agua de las montañas.
–Ahí es.
Antes de llegar la agarré de los brazos,
presionándolos contra su cuerpo.
–Qué te pasa, por qué vienes sin permiso
–intenté regañarla, mirándola de frente.
–Debes venir –gritó. Trató de soltarse.
Al lograrlo corrió hacia el pozo y se agarró de los bordes–. Mira.
También me agarré. Traté de alargar el
cuello para observar el fondo del pozo. Un recuerdo de infancia quizá rozó mi
memoria. Ella se dejó ir en su abstracción sobre el agua retenida, tan oscura.
Noté que la diadema en forma de gerbera no le gustó, intentó quitársela. La
observé por un rato y el desagrado hacia mi descuido se me hizo nudo en la
garganta. Maldije a sus padres.
–Mira –insistió–. Quería regalártela ¿La
ves?
–No hay nada, solo agua –le dije, pero en
el fondo había un cuerpo. Era de una mujer joven–. No intentes meterte otra
vez.
No respondió. Pensé en avisar a las
personas del lugar para sacar el cadáver. Parecía llevar un buen tiempo ahí,
flotando, como en un sueño. Pobre de la familia. Su piel se desvanecía. Solo
hubo un destello de color: su cabello se movió y pude ver la cabeza, el rostro,
la diadema en forma de gerbera azul.
viernes, 15 de marzo de 2013
Olvidos
Padezco el olvido. Me pierdo entre edificios y
estaciones del metro. No recuerdo calles o puestos de comida rápida. A veces no
llego a casa y busco un hotel para pasar la noche. También sufro con las cifras
telefónicas. Es difícil contactar a mi novia cuando me atrapa este
desconcierto, y ahí estoy, en medio de una manifestación de trabajadores mal
pagados, intentando reconocer el celular, adivinando una numeración y un
abecedario que no es el de la escuela.
En algún evento conocí a una colega que equivoca los
sonidos. Al oír una voz aflautada piensa en el motor de un Nissan Tsuru modelo
98. Por el problema ha terminado en el aeropuerto en vez de la imprenta donde
trabaja. Su familia le regaló un reproductor de MP3 cargado de audios básicos
para evitarle confusiones. Así busca la referencia sonora necesaria. Puede
demorar en hallarla, pero desiste en tararear Tiahuanaco al sintonizar la radio
en la transmisión de un partido amistoso entre Guyana y Barbados.
Mi padecimiento es sencillo, dice ella, comparado con
el suyo. Me aconsejó anotar en papeles los números, nombres y direcciones
importantes. Aunque yo no le confié toda la verdad. Lo mío es complicado. Si
olvido es porque confundo. Una letra puede ser otra, la Z, una E, el número 4567,
un 3. Quizá es una deficiencia visual. En ocasiones me hago el ciego y le pido
ayuda a cualquier persona. Entonces, escuchando, Bolívar es en realidad Allende
y Pereira es Ciudad de México. Así desaparece el sentimiento de abandono, y por
una acción de lo posible llego a casa y le escribo a mamá. Le cuento cómo me ha
ido en el trabajo antes de iniciar las correcciones de los manuscritos.
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