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martes, 1 de mayo de 2012

Botella al mar

Para el Nacho que anda en la Isla
Encontré una botella en la playa. En su interior había un papel donde alguien escribió un mensaje de auxilio, al parecer. Sólo pude recuperar las siguientes oraciones:
“…la recogí del mar, en el puerto de Veracruz o Buenaventura, no recuerdo. Fue oportuno guardarla. Ahora me es útil… el papel ya fue utilizado por otro. No se ve bien, Aprovecharé un espacio en blanco… Pido ayuda. Alguien la recogerá y leerá... vendrán por mi”. 

Ahora mejor la suelto en su naufragio. Ojalá sea otra vez hallada.

viernes, 20 de abril de 2012

Aprendiendo a leer


Mira, escribo Libélula en mi libreta y las alitas rozan tu nariz. Suelto una coma y el grupo de ocho letras frota sus patas de tinta contra la madera de la mesita de noche. Al dejar caer el punto final, la invocación vuela hacia la ventana y decide olvidarnos. Es el precipicio de cosa inconclusa que te invade. Y lo sabemos, quieres otra palabra.
Pero ya distingues lo escrito en un papel, ya mamá te inscribió en un curso avanzado de lectura porque “eres grande y debes reconocer esos garabatos”. No me necesitas para juntar letra con letra y reunir un mundillo de signos, de iz-quier-da a de-re-cha. Entonces te paso mi libreta y lees Libélula y pronuncias esa palabra como se pronuncia un conjuro: anhelo de algo cruzando la habitación, de alitas rozando la nariz y descanso sobre la mesita de noche, sin salida por la ventana ni precipicio de línea y punto.
Esperamos. Lees de nuevo. Repites. Otra vez… Quizá falta mejorar la dicción.

martes, 10 de abril de 2012

Isabel y los planetas

Recordé a Isabel y su overol de planetas. De niña me decía, al observar el cielo desde el patio de una casa en Manizales, que su prenda favorita estaba hecha con fragmentos de cuerpos celestes.
=Cuando caen yo los recojo y los vuelvo un overol. =aseguraba sin importarle mi escepticismo ante sus afirmaciones de sastre excéntrico. Quizá en camisas sería viable, pero en aquellos pantalones desajustados el tiempo dejaría un conjunto de ripios. Ni un grano de Marte o aro de Saturno saldrían a relucir.
He tenido noticias de Isabel, por eso la recordé. Su nombre, me aseguraron, tenía la etiqueta de ‘Creadora gastronómica’ en un restaurante pereirano bien reseñado en el voz a voz y la prensa local. Quise felicitarla al volver a Colombia. La llamé a su trabajo, el número telefónico no era un misterio, y quedé en verla en la hora de cierre. Al llegar, la administradora me dijo que “El Chef” subía a la azotea antes de marcharse. Allí la encontré, sentada en un taburete, observaba el cielo y formaba con sus manos una especie de recipiente. Ya había visto esa posición. Isabel anhelaba tejer un overol nuevo, combinar piedras de Venus con cráteres de Mercurio y luego, al vestirlo, moverse sin la represión de las tallas terrestres, donde los números definen la comodidad. El anterior le quedaba pequeño y de repente empezó a extinguirse.
=Se deshila solo =me dijo.
Necesitaba uno ajustado a su estatura y edad de ser chef en un restaurante. Había esperado mucho tiempo para hacerlo, y le pesaba, marcaba los años entre dos noches: una en el patio de cierta casa manizalita, otra, en la azotea de un restaurante pereirano.

domingo, 1 de abril de 2012

Una exposición de Botero

Pamen me entregó la cámara fotográfica. La dejó en mis manos, dentro de una bolsa.
Llegué en metro a la estación Allende y caminé rumbo al palacio de Bellas Artes. En la plazoleta, frente al palacio de tantas postales turísticas sobre Ciudad de México, cinco estatuas oscuras se engalanaban en su volumen corporal. Los “Botero” no me conmueven, pero al observarlos sentí los adioses que nunca se olvidan. Saqué la cámara y escuché el clic del interruptor, el parpadeo descarado sobre aquellas mujeres y hombres de bronce que levantaban sus rostros hacia los volcanes de la ciudad palimpsesta.
Me creí un intérprete, me sentí hecho del origen.
Mi última foto fue una panorámica de la noche sobre Bellas Artes. Luego corrí en busca de Pamen. Crucé la calle de la Alameda y subí hacia la estación Hidalgo. No me fijé en el perro con forma de globo acostado en el camino y tropecé. Golpeé a la señora en la venta de periódicos que al tomar aire desprendía los botones de su vestido. No me fijé en el pisotón que le propiné a un niño de cachetes llenos de helio, ni en el grupo de son jarocho al cual caí de rodillas y que confundí con un equipo de sumo.
–Fue mi culpa –les dije al escucharlos jadear–. Aún no sé coordinar mis pies de elefante..

jueves, 22 de marzo de 2012

Imagen para fotografía


Encuentro una fotografía en un bolsillo del pantalón. La observo: estoy de espaldas y visto un abrigo. Es mediodía. Estoy frente a la estatua del Caballito en Reforma. En mi mano derecha tengo un papel con una imagen que he acercado a mis ojos. Intento descifrar su contenido, pero no alcanzo a discernir. Trato de tapar la luz del sol, levanto el brazo izquierdo sobre mi rostro para hacerme sombra. No miro la estatua del Caballito. Me enfoco en la foto que ahora acerco a mis ojos.

jueves, 8 de marzo de 2012

Mensaje para responder

En la estación Hidalgo escribí una respuesta. La escribí porque debía contestar, acercarme a esa pared algo sucia, sacar mi lápiz labial y ensayar un “Yo puedo leerte. Att: Pamen.” debajo de aquellas palabras hechas con tiza verde. Ni modo, bajé del metro y era ineludible hacerlo, darle una oportunidad al mensaje, decirle que había otro garabateado a su lado, con igual letra chueca, seguido de miradas atentas alrededor. 
He vuelto a pasar, aún están escritos. Es magnifica la falta de ética de las aseadoras del metro. Aunque mañana lo borrarán, supongo, desaparecerán los movimientos nerviosos, los colores, las líneas cortadas en lo áspero de la superficie. Por lo menos lo agradeció. La tiza con la cual escribió, que sostuvo entre sus dedos índice y pulgar, la dejó orillada a la pared, bajo los mensajes, estoy segura. Es mi regalo, mi recuerdo de un día de diálogo. Nadie más lo ve, yo lo sé al leer su respuesta a mi respuesta. La ha dejado para conocernos, para sonreírle a una mujer que pasó a mi lado y tapó su boca con una mano al verme, antes de entrar al metro. En el dedo índice y pulgar tenía una mancha de algún polvo verde.

martes, 6 de diciembre de 2011

Lógica de los lectores

Los lectores recuerdan que “todo lo publicado en un periódico es verdad”. Ninguno desmiente la frase; ninguno, siquiera, dice “embuste”. Y en realidad, quién haría oposición si hasta ahora tal combinación de ocho palabras es lo único no registrado por la prensa en sus ediciones.