Recordé a Isabel y su overol de planetas. De niña me
decía, al observar el cielo desde el patio de una casa en Manizales, que su
prenda favorita estaba hecha con fragmentos de cuerpos celestes.
=Cuando caen yo los recojo y los vuelvo un overol.
=aseguraba sin importarle mi escepticismo ante sus afirmaciones de sastre
excéntrico. Quizá en camisas sería viable, pero en aquellos pantalones
desajustados el tiempo dejaría un conjunto de ripios. Ni un grano de Marte o
aro de Saturno saldrían a relucir.
He tenido noticias de Isabel, por eso la recordé. Su
nombre, me aseguraron, tenía la etiqueta de ‘Creadora gastronómica’ en un
restaurante pereirano bien reseñado en el voz a voz y la prensa local. Quise
felicitarla al volver a Colombia. La llamé a su trabajo, el número telefónico
no era un misterio, y quedé en verla en la hora de cierre. Al llegar, la
administradora me dijo que “El Chef” subía a la azotea antes de marcharse. Allí
la encontré, sentada en un taburete, observaba el cielo y formaba con sus manos
una especie de recipiente. Ya había visto esa posición. Isabel anhelaba tejer
un overol nuevo, combinar piedras de Venus con cráteres de Mercurio y luego, al
vestirlo, moverse sin la represión de las tallas terrestres, donde los números
definen la comodidad. El anterior le quedaba pequeño y de repente empezó a
extinguirse.
=Se deshila solo =me dijo.
Necesitaba uno ajustado a su estatura y edad de
ser chef en un restaurante. Había esperado mucho tiempo para hacerlo, y le
pesaba, marcaba los años entre dos noches: una en el patio de cierta casa
manizalita, otra, en la azotea de un restaurante pereirano.