Hay un oficio olvidado
por los protocolos académicos y los cursos empresariales. No tiene un título
válido en papel de buen gramaje y con sello de alguna secretaria de educación.
Los centros de investigación proponen su aparición como
una casualidad en las metodologías etnográficas. No hay universidad que lo
valide, no hay facultad en contra de las rectorías. Es, según eruditos
acartonados y negociantes plastificados, un vínculo con la deshora y los
atracos nocturnos.
Sin una finalidad
para aplausos y celebraciones en restaurantes, el errar es un anonimato de
quien desprende sus pasos en la ciudad y
no deja un hilo detrás suyo.Etiquetas
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martes, 22 de marzo de 2016
lunes, 29 de febrero de 2016
Viñeta Cachanilla
La ciudad se llama
Mexicali. No tiene edificios prepotentes ni callejones reservados. Fue hecha
como una alucinación en el desierto, alucinación de restaurantes chinos, bares
de puerta clandestina y aire acondicionado en las casas.
Más allá de su norte,
en el orbe señalado con una bandera de estrellas y barras blancas, está su
reflejo, Caléxico. Está detrás del muro final de lo inesperado en el viaje del
migrante, una negación obligada tipo "Stop, right here, don’t cross".
Pero el cachanilla va y viene entre las dos ciudades pensando en el cinema o el
buffet más cercano de pollo cantonés; y dice ‘wacha’ cuando le canta a uno de
los suyos la letra de alguna canción sierreña, y dice línea al ver el muro,
sacar el pasaporte, cambiar calle por street e ir al trabajo luego de visitar a
algún familiar.
Un cachanilla es de
Mexicali, aunque viva en Caléxico. Un cachanilla, después de aclarar su lugar
en el mapa, explica la razón de ser cachanilla. Así renueva su orgullo
cosmológico e ilustra esa planta que despunta en una flor púrpura, no muy del
Pacífico, entre montañas de piedra y molinos eólicos. No hay nada raro en ver
un grupo de jóvenes cachanilla en la cochera de cualquier casa, pisteando,
claro, dirían ellos, y poca idiosincrasia habría en sus conversaciones si no
sueltan de vez en cuando un comentario climatológico, una acotación mínima
sobre un abrigo de esquimal en el fin de año o la poca suerte del extranjero al
no vivir en un desierto en agosto.
Para los cachanillas
deambular por su ciudad es una opción aventurera, un impulso exótico. Pocas
veces hay personas habitando una esquina o un parque, pero las hay, a pesar de
las leyendas sobre quienes viven en camionetas y tienen una colección de
ventiladores. En el centro, a un costado de la catedral que vista a lo lejos
parece una iglesia western, está la Cafetería Azteca. Allí debe terminar una
tarde, en el ritual glotonero de café con leche y bísquet con mantequilla. No
hay presiones de tiempo, no hay normas gastronómicas, ni siquiera en el
significado de un hanzi adornando las paredes, aunque, ¿cómo saberlo? Y si
resulta una invitación a cenar el plato típico de Mexicali, sería un noble
gesto conseguir un par de palillos chinos y llevar salsa de soya y chile de
árbol. El cachanilla sabrá agradecerlo.
Etiquetas:
Crónica de humo.
Ubicación:
Mexicali, B.C., México
martes, 9 de febrero de 2016
Educación de los reflejos
Una persona hace muecas
frente a un espejo. El reflejo, afín al sentido común, responde con caras
iguales, y alza los brazos como su ejecutor los alza, y mueve la boca hacía un
lado y muestra la lengua de la manera esperada: pequeño divertimento al
observarse en la mañana. Pero si en algún momento ese otro yo corre hacia un
costado del espejo y desaparece, si no duplica el susto monosílabo de quien ve
el fondo vacío y enmarcado a sus espaldas, si luego retorna a su lugar y avergonzado
pide disculpas,
¿qué hacer?
Afín al sentido común,
la persona se palmeará un hombro para seguir jugando.
Etiquetas:
Cuento.
Ubicación:
Pereira, Pereira, Risaralda, Colombia
lunes, 30 de noviembre de 2015
Carta para viajar
Me
llegó una carta anónima. Los viejos estaban contentos por tan gran honor. Los colegas no dejaban de
aplaudir
mi
intachable labor. Incluso los de la competencia tuvieron un
gesto de respeto conmigo. La verdad, lo de recibir la carta no
era una buena
motivación, hasta sentí el retorno de la gastritis cuando mi señora me la
pasó con esas ansias de leerla rápido. Y no mentiré, al hacerlo me subió un frío
ártico por la columna,
pero
la familia celebraba una meta más,
y hubo
una fiesta
el fin de semana. Los primos
lejanos y las tías perdidas dejaron de lado cualquier excusa y arribaron a otra
reunión entre los nuestros, La vieja, de tanto orgullo, mandó a enmarcar la carta con la intención de mostrársela a sus
amigas, y
con los vecinos y compañeros
armamos
tremenda rumba antes de tomar
la decisión de irme, pues en realidad ese era el mensaje, un viaje otorgado a
los destacados en mi oficio.
Fue difícil creerlo. Las felicitaciones llegan con un guiño de ojo.
Tenía
miedo, nada de negarlo.
Aunque
ver a mi gente confiada en mi
desempeño, fue
el impulso
para
seguir la investigación.
Ya
sabré luego si el viaje será necesario.
Ahora les leo la carta, es corta:
“Periodista,
lo tenemos fichado, no siga metiendo sus narices en lo que no debe o
sino se va de viaje”.
Etiquetas:
Cuento.
Ubicación:
Ciudad de México, D.F., México
domingo, 15 de noviembre de 2015
A
Querida A:
Es mi última carta. Le he escrito otras. Cada una es
un intento de verla, una invitación a tomar un café. No hay nada de malo en un
café. Es una opción recurrente, dirá usted, pero la virtud del café está en el
diálogo introductorio. Hay algo en él que incita las indagatorias básicas
evadiendo los tropiezos. Uno puede meterle datos extras, puede darse el lujo de
encontrar semejanzas o jurar el préstamo de un disco de Pearl Jam o Carmelo
Torres. Además, la primera invitación es una promesa de no retardar el encuentro.
Un café no son dos, aunque sería posible cuando la charla fluye y usted
reconoce que lo recurrente no suele estar vacío y luego, eso lo decidiremos, no
viene mal una cerveza, no dos, claro.
Me dirá si acepta la invitación, Iríamos al lugarcito
pasando la calle, frente al bloque de departamentos donde vivimos. Seguro lo
habrá visto. A veces, cuando llego del trabajo, la he encontrado allí, leyendo
o haciendo tiempo, bueno, en una cafetería es lo mismo. No la vigilo, no piense
eso, por favor. Fue una casualidad el verla por una de las ventanas que dan a
la esquina. Usted se sentó cerca de una y observó algo en la calle por la cual
pasé. El lugar lo atiende un tipo sudamericano, de Ecuador o Venezuela o
Colombia. Para mí todos son iguales, sus banderas son iguales. El ambiente por
lo menos no lo mezclan con fusiones de jazz. ¡Ah! la gente pensando en saxofón
y capuchino.
Cómo quiero saber cosas suyas, A, cómo quiero
encontrar en mi biblioteca un ejemplar de su novela favorita. Cada noche que
baje a mi departamento y decida quedarse (aunque será difícil convencerla,
usted pensaría en lo absurdo de dormir en otro lugar pues tiene cama propia y
colchón inmejorable) podría narrarle un capítulo mientras se deja llevar por
las palabras, observando el techo,
descalza, recostada en el sillón que acabo de comprar. Quizá piense en algunas
frituras y unos cigarrillos y la posibilidad de avanzar otros dos o tres
capítulos. Perdóneme, tengo la insana costumbre de no fumar, y en mis gavetas
sólo hay latas de atún y sopa instantánea, y tomo cerveza, el vino me da
jaqueca y es tonto beberlo si no es de caja, o si desconocemos lo dulce y
semidulce. Y novela pero no poemas o cuentos pues…Perdóneme de nuevo. A veces
no dejo espacio para sus gustos. Usted dirá si vino o cerveza o café. Usted
dirá si cambio el colchón de mi cama.
La nombré A. Me hace subir, literal. Ya le expliqué
mis razones en otra carta. Intenté saber su nombre, pero al no preguntarlo de
manera directa no hay un permiso de saludos en el elevador o de ayuda con las
bolsas del mercado, momentos simples de películas con Tom Hanks. Sin embargo lo
intenté: Miré el número de la puerta de su departamento y en el buzón de correo
del lobby busqué el nombre. Usted no tiene cara de ‘Josefina’, ha de ser la
casera. Investigué con el portero viejo de la noche, él lo sabe todo. Por eso
esperé un día, en la cafetería. La vi doblar la esquina y entrar en el
edificio. Luego yo arribé, alarmado, a la señorita se le había caído el celular
en la calle y entregarlo era una obligación vecinal ¡Claro! es molesto hacerlo
desconociendo el nombre del propietario. “Ah caray”, dijo el portero, y así lo
supe: no era la dueña, no cargaba con uno.
No había duda en ese “Ah caray”, mucho menos en el regaño posterior del
viejo, algo paternal.
Entonces es A, el inicio de mi día. ¿Le conté sobre la
primera vez que la vi? quizá, aunque importa poco. Cada vez fue una primera vez
y ahora soy una balada de radio para planchar. Retomo: La letra inicial del
alfabeto no es la M o la J, y aunque no
nos guste saber que antes de esa vocal no hay nada, ahí está, ahí estamos
pronunciándola. Además, su piso no podría ser otro aparte del último, la uno de
arriba hacia abajo; su sonido es ascendente, nunca aterriza, nunca se estrella
en picada con la punta inferior izquierda de B, ese señor de fiestas y gritos,
su vecino. Lo odia ¿no? yo lo hago, pero usted no es de estar encerrada. En
realidad la vi poco, y créame, lo intenté muchas veces. No la perseguí hasta su
trabajo, o donde vaya. Siempre llegaba sola, como la A en su vuelo, como el
departamento en lo más alto, caminando por esta ciudad sin proporciones.
Alguien cuidándola es exagerado, incluso, molesto. Lo mío era la A del edificio, no quería
enterarme de sus consonantes.
¿Escribir su nombre habría sido importante? Si en vez
de A fuera Juana, y claro, puse “Querida A”, un poco descortés sólo escribir
“A”, o “Diana” o “Para A” o “Para Ilse”. Las guías románticas proponen
admiración, no tanto como “Adorada A”, eso ya es dar por sentado una
correspondencia, o “Mi Diosa Coroná” siguiendo las pistas de la canción de B.
Que odio le cargo. Debe ser amigo del tipo de la cafetería. Pero no importa su
nombre, A, aunque me hubiera gustado tocar su puerta y saber que las cartas no
le cayeron mal. Digamos: me invita a pasar, destapa un par de cervezas y no me
muestra su cédula para erradicar a A. Yo le señalo la cafetería por la ventana
de su departamento. “No se alarme”, digo. Usted sonríe, toma el teléfono,
marca, pide pizza, eso pasa en las películas, ya sin Tom. Así, noche tras noche, subimos y bajamos escaleras
¿Qué lee? “No importa”, dice, enciende
un cigarrillo, se tira en un sofá, no pone música, no pasaremos de dormir uno
al lado del otro, indaga su biblioteca, repite “No importa”, da un chupón del
pitillo y mira cómo desaparecen las bolitas de humo sobre su frente.
El café, mi departamento, el suyo, la confianza de
tener su novela favorita en mi mesa de noche, ya no en la biblioteca. Aunque
muy poco la veo, y al hacerlo le dedico una carta. Las pego en su puerta, en la
madrugada. Sé que tiene conocimiento de ellas, sé que no las lee, sé que no ha
denunciado un abuso. Cuando pensaba en escribir ésta nos encontramos. Fue en el
elevador. Usted dijo “Buenos días”, no le contesté. Preguntó por la cafetería,
no le contesté. Se quedó callada. Esperó que se abriera la puerta y en el lobby
salió sin mirar hacia atrás.
¿Por qué me habló? ¿Por qué me hizo saber sobre su
respiración, sobre sus ojos enmarcados por líneas gruesas, algo egipcios? ¿Por
qué me sonrió y enseñó sus dientes de conejito? ¿Por qué me dejó detallar el
movimiento de sus piernas, esos signos de admiración? No pude nombrarla. Y
afuera estaba quién ahora puede prestarle discos de Pearl Jam y Carmelo Torres
y acompañarla por un café mientras discuten el capítulo de alguna novela. Usted
leerá esta carta, no hay duda, no pregunte la razón de saberlo. La dejo pegada
en la siempre puerta de A. Yo lanzaré bolitas de humo sin saber cómo hacerlo, y
sentiré que el olor a quemado no es una cosa oxidada de las historias trágicas.
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Cuento.
Ubicación:
Ciudad de México, D.F., México
domingo, 18 de octubre de 2015
Cuadernillo para dibujar árboles
Pamen dibuja árboles. Aquellos que pierden hojas en las batallas contra el viento llenan su cuadernillo. Ella observa
caer esas barquitas verdes como si se hundieran
en el mar, y no vaticina
un final de
pisotones y sonidos crujientes cuando amantes o asesinos deambulan en los
parques.
Son los troncos altos, de ramificaciones enredadas e
incipientes varitas en despunte
las apariencias
preferidas.
Ents desnudos en sus
trazos de carboncillo. Los pinta en la tarde, pues parecen encorvarse y recoger las hojas postradas
alrededor, amontonadas día tras día. Pamen admira esos intentos por tomar
algunas y
pegarlas a las
ramas, aunque le
entristece saberlos lastimados al agacharse. Es una aflicción solitaria, una abertura en la madera, la lejanía de cigarras
amantes de
pinos
robustos, la ausencia de nidos en las
copas.
Es la razón para no abandonarlos. Con los retratos intenta hallarles un espacio
digno en los paisajes y la filmografía mexicana. Quiere aplaudir sus cuerpos esbeltos,
resueltos a dejar de lado la opulencia floral y soleada. Adempas, cabe la posibilidad de que algún
renombrado cineasta de terror descubra,
a través del
azar, no hay otra manera, el
cuadernillo de árboles dibujados por Pamen, y decida, mientras lo hojea y asiente,
honrarlos con varias tomas
de
su reciente proyecto,
hechas
en el parque donde habitan. Lo
invadirá
de zombies o mutantes consolados
al encontrar un lugar donde dormir.
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Cuento.
Ubicación:
Ciudad de México, D.F., México
lunes, 21 de septiembre de 2015
Señora Aura
De niño pasé algún tiempo en Cali. Mi primer viaje solitario en bus
intermuncipal lo hice a los doce años. Tres horas y media de línea recta y
colinas infladas como levadura al tomar la forma de un pan. Salí tarde de
Pereira. No recuerdo el tiempo del reloj, pero aún tengo la imagen de mis
padres en la terminal cuando el bus se alejó y yo, buscando lugar cerca de una
ventana, los veía en la acera como estatuas, en espera, quizá, del paso por la
caseta de salida, una forma de asegurar que el viaje sería el mejor.
Llegué en la noche a
Cali. Dos rostros sin referente en mi imaginario familiar se acercaron a la
ventana del bus por la cual miré una ciudad mítica, donde la salsa es un credo
y el calor un abrazo continuo. Los rostros eran los Marios: Mario, mi primo, un
muchacho delgado que los fines de semana pasaba su tiempo por el Parque del
Avión y, si no fallo en nostalgia, tenía un uniforme tipo agente del INPEC.
Estudió en Santa Librada, estudió en un poema para un adiós. Quizá es uno de
los últimos colombianos que perdió un año de colegio; ya nadie lo pierde.
El otro Mario es mi
tío, un hombre que al hacer alguna tarea doméstica ponía cara de guardia de
bar. Alguna vez lo acompañé en su tiempo de boleros. Al regresar de su trabajo,
ponía a rodar un disco en el equipo de sonido y cantaba con voz baja, recostado
en el sillón de una sala amplia. Era la casa donde el calor se desvanecía, una
casa de rejas en el barrio La Merced, la Tercera Norte, mi lugar caleño
favorito. Todavía lo veo regalándole mil pesos a un joven perdido cerca del
Pascual porque no tenía completo el pasaje de bus “Uno no sabe cuándo necesita
pedir ayuda”. Justificó.
Ellos me llevaron a ese
hogar horizontal. Viene la imagen de un Renault 4 azul, no estoy seguro, pero
con los Marios llegué a La Merced, al Jardín Los Pitufos. Conocí también a
Daniel, mi otro primo, un niño con la forma de una guadua, con un corte de
cabello tipo hongo que ponía en evidencia la herencia de globo cefálico de los
Vargas, mi primer apellido. Un niño de energía pura donde no cabía la palabra
sedentarismo.
Y Patricia, mi tía
nueva. Para ella la palabra bailar no se dice si no hay compás y vuelta y
baldosa vibrante. Nadie niega, ni ella misma, su temperamento, ni como me hizo
sentir en mi propio hogar con cariño y regaños desbordados y parejos sin
obedecer ramas genealógicas o parentescos sanguíneos. Todos éramos culpables y
yo no era sólo el primo de visita.
Entre ellos (Camila aún
no llegaba) había una mujer clara, una reina silenciosa alejada de su orbe,
hecha de nostalgia perdida, intentando sostener su mirada oriental sobre una
ciudad que se revienta en fiesta. La señora Aura no es etérea, no camina sobre
nubes. Sus pies son delgados, aunque sus pasos se sienten en la casa de La
Merced. Sus cabellos blancos parecen hilos finos tejidos en las noches por ella
misma. Su sonrisa no es continua, ni ancha, y cuando la regala no es en vano.
La señora Aura es una
parte vital de ese Cali mío. Es un vestido con estampado de flores, una camisa
de mangas cortas y el llamado a almorzar. La he escuchado en sus cantos de fe
mientras cocina, la única mujer que me ha dicho Gustavito. Su voz es mi más
vivo recuerdo, algo pausada, de abuela y madre, despertando cada rincón de la
casa y es cariño y pan y chocolate mañanero. He sido parte de su caravana de
carritos metálico y bolsas de tela, junto con mi tío Mario, el guía de los
nómadas frutales, que en las primeras horas
domingueras busca los mercados de pregoneros y de intercambio. Mi
recompensa, las arepas de queso en una canastita al desayuno, el azúcar moreno junto
al café, una mirada de asombro cuando quebré el cristal de la lámpara de
castillo del comedor.
Me llega un sábado de
junio a mis doce años, tres de la tarde, la esquina de un barrio en Cali, la
espera de un bus junto a la señora Aura. Creo haber mirado su rostro. Ahora
puedo imaginar: ella sostiene la figura de un profeta fatigado sin poder
develar el futuro. Observa con intensidad hacia una calle. Una imagen, tal vez,
habrá revivido cierto encuentro, descubrimiento de niña, anhelo en sus manos no
concretado. Luego relaja el rostro, un adiós pronunciado para sanar… Señora
Aura…Allí tomamos el bus hacia La Merced, allí desembocamos en la Tercera Norte
y desde ese día seremos esa ruta hecha siempre de ocasos.
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